Mi abuela tenía una canario en una jaula
Y un gato atigrado anaranjado.
El gato, de vez en cuando
Intentaba cazar al canario
Pero la jaula se lo impedía.
Me pienso como ese gato
Que intenta cazar al poema
Y la jaula de las palabras se lo impide.
El mejor psiquiatra que tuve
No me medicó
No me hizo
Dibujar un hombre bajo la lluvia
Una casa
Un árbol
No me hizo una lobotomía
O terapia de electroshock.
Me dijo que cuando tenga ansiedad, pánico
O me crea superior al resto
Vaya a caminar por el cementerio.
Y tuvo razón
Nunca más tomé medicación
O cosa que se le parezca.
Como un libro
Camino leyendo tumbas y epitafios
Respiro y dejo de respirar
Camino y dejo de caminar
Leo y dejo de leer.
Cierto día, un docto varón ilustrado en la leyes y la filosofía, se presentó en la ranchada para, dijo él, buscar el origen de la pobreza.
Se sentó con nosotros; tomó mate, comió guisos y faldas, fumó porro y tomó vino. Nos acompañó al semáforo a buscar la moneda. Fue hasta la villa a ver como vendíamos el cartón, se sentó con nosotros en los comedores y en las filas de la panaderías para buscar el pan.
Un día se puso a hablar del mundo de la gente de bien. Habló de Izquierda y Derecha. Citó a Kant, Heidegger, al Ser y el tiempo, a Marx. Dijo: mercancía, plusvalía, distribución de la riqueza.
El docto varón
Buscaba el origen de la pobreza
Y lo buscaba de manera pobre
Y no se daba cuenta de la pobreza
Que había en sus pobres argumentos.
Chauchesco, que hasta ahora, no había hablado, solo lo había escuchado le preguntó:
(Antes tomó un trago de vino)
Mijo
Esas ideas, de las que habla, son realizables?
El docto varón respondió que sí, sin dudar
Y, ¿por qué no se realizan? Replicó Chauchesco
El docto varón se quedó pensado
Porque no son realizables, dijo Chauchesco empinando la caja de Termidor.
Sabrán que supe resistir
Y resistir muchas veces
No tiene que ver con la fuerza
El sacrificio o el éxito material.
Yo resistí
Al deseo profundo de autodestrucción
Que viene dosificado
En gotas amargas
Que secan la garganta
Y las palabras se petrifican.
En comprimidos
Que no curaron ninguna
De mis patologías.
En ese dulce alcohol
Que fue el bálsamo en los años
En que el dolor no encontraba
La palabra dolor.
En esas toneladas de nubes narcóticas
Que decían que provenían de los dioses
Y en realidad provenían de los demonios.
Yo resistí a la abstinencia
Resistí escribiendo
Y encontré el sentido a las palabras
Y supe que no debía anestesiar a mis palabras
Y mis palabras aprendieron a resistir
Y resistiendo
Mi deseo profundo de autodestrucción
Se fue transformando.
Ahora la palabra dolor
Le corresponde al dolor
Y duele porque tiene que doler.
Sabrán que supe resistir
Sabrán que al final
Encontré el sentido de todas las palabras.
Pasan las horas
Que devora el tiempo.
El tiempo muere
Para que las horas vivan.
Vivo entre las horas del tiempo
Tic toc tic toc.
La amenaza es real
A cada paso, cada segundo
Cada sombra que vive
En los pasillos oscuros del alma.
Los conocí a todos
Nunca tuve miedo
O creía no tenerlo
Así y todo nada me detuvo
En ese búsqueda desesperada
En donde era arrastrado por mis propias sombras
Y me hacían mentir, lastimar, mendigar
Vivir bajo esa frazada calentita llamada autocompasión.
Pero todo era mentira
Podía entrar a cualquier lugar peligroso, oscuro
En donde la vida vale menos que una bala
En donde te tiran por el placer de verte volar:
El lugar mas oscuro y peligroso
El lugar al que mas miedo tuve
Fue a mis propios pasillos oscuros.
Y tuve miedo porque sabía que en alguna esquina
El dolor al que siempre escapé
Y que anestesié
La vergüenza que hizo que nunca pudiera confiar en mí
Me estaba esperando intacta.
Los pasillos mas peligrosos viven dentro de mí.
Un arco iris
Se filtra por mis ojos.
Se filtra cuando te escucho decir:
Arco iris.
Y de repente todo estalla
El color de los barriletes
Que remonté en Quilmes
La sangre que brotó de mi cabeza
Cuando caí por la escalera
El color del tabaco que masticaba mi abuela
El guardapolvos de la chica que me enamoré
Y nunca se enteró
El color de tu sonrisa mientras lees este poema
Las tardes color cielo de la adolescencia
El negro de las noches oscuras
De dolor y desesperación
Que espero que nunca conozcas
Y si las conocés
Sabés que hay alguien que está para ayudarte
El abrazo que me dio mi padre
Cuando volví a casa
( Si hay un color para esa sensación no dejes de avisarme)
La mañana que se apagó mamá
Todos los colores perdieron su intensidad
El recuerdo de mis amigos que ya no están
Y el recuerdo de sus colores
Ya me están esperando del otro lado del Leteo
El color del café que tomo
Y el color de la plaza que trato de apresar
En estas palabras
(Por eso me siento mirando a la plaza)
El color de la melancolía que forma este arco iris
Que está formado por recuerdos
Sensaciones y personas.
Lo veo venir a lo lejos
Levantando polvos
Y chapitas de cerveza
La remera atada a la cabeza
Para que no explote.
Lo veo venir a lo lejos
El pecho en cueros
Bramando lanzas Tobas
Que astillan la carne y los huesos.
Lo veo venir a lo lejos
Y se sabe que ha boxeado
Con 4 o 5
Y no lo han podido voltear
Nunca lo han podido voltear.
Lo veo venir a lo lejos
Los orificios nasales colorados
Los ojos colorados
El polvo inca quemando el tabique
De la nariz.
Lo veo venir a lo lejos
Dejando otra noche sin dormir
Otra noche que se rindió
No así él.
Lo veo venir a lo lejos
La bicicleta rechina
Le hace falta aceite
Pero a él le hace falta una cerveza.
La vagancia lo ve venir a lo lejos
Saben que salió bien empilchado
El viernes
Pero ya es domingo
Y ya está mostrando la hilacha
Todos levantan las bolsas
Y la botellas
¡Vení Hilacha! ¡Tomate un trago!
Hoy es domingo
Es primavera.
Llevo un ramo de flores negras
Que son del color de mi corazón.
Y en mi corazón también es primavera
Pero es una primavera distinta
Trae el color y el dolor de la muerte.
Será por eso que llevo este ramo
Como si fuera una bandera.
¡Mi corazón es negro!
Negro como el blues, el tango
El candombe
Como estas espinas incrustadas
En todos sus lados
Que son negras como el carbón.
Todo es negro en esta primavera
Hasta mis versos
Hasta mi bandera.
Hay luces oscuras
Hay luces claras
Hay luces de colores
Hay luces opacas
Hay luces silenciosas
Hay luces ruidosas
Hay luces escondidas
Hay luces a mi alrededor
Hay luces con nombres
Hay luces anónimas
Hay luces por todos por todos lados
Hay luces que no encuentro
Hay luces con frío
Hay luces con calor
Hay luces y luces
Hay tantas luces que producen oscuridad
Hay una oscuridad luminosa
Que ilumina mi oscuridad.
Carteles de neón
Luces titilando en la esquina
El semáforo retrasa al destino.
Hay corazones bombeando mal
Por alguna obstrucción en las arterias
O carótidas.
Muchos de esos corazones
Mañana no bombearán.
Puede que el mío sea uno de ellos.
Puede que mañana deje de titilar
Pierda su luz de neón
Deje de bombear
Puede que el semáforo de la vida
Me de otra oportunidad.
Hay abismos dulces como la miel
Hay mieles profundas como abismos
Hay abismos que no saben mirar
Por lo cual yo no los miro
Ni me miran
Hay dolores dulces como la miel
Esos dolores son mis favoritos
También los amargos
Los agónicos
Los lentos, los rápidos.
Hay un dolor en el abismo
Que hace que mi vacío se sienta pequeño
O quizás al revés:
El abismo se siente pequeño
En mi vacío interior.
Dos hombres caminan la ciudad
Las provincias
Las naciones.
Llevan camisa blanca y un libro
En sus manos.
Caminan con la convicción
De esos hombres que construyeron
Las catedrales medievales.
Hombres que no tenían opinión.
Y con esa convicción
Han construido otra catedral moderna.
Ahora me pregunto
Yo, que he caminado
Bajo la convicción
De la religión de la adicción
¿Cuántas catedrales habré construido?
“Pero a los ciegos no les gustan los sordos
Y un corazón no se endurece porque sí”
La hija del
fletero, Patricio Rey
La primera vez no le dio importancia. Tomó la
tarjeta y ni siquiera miró el nombre. La desolación no lo dejaba conectar con
nada ni con nadie. La casa era linda, amplia, con muchos ventanales. La agente
inmobiliaria recorría la casa, él la seguía y trataba de escucharla. Luego de
la segunda recorrida por la casa se dio cuenta porque el precio era bajo: los
ventanales estaban mal orientados. El que diseñó la propiedad no había tenido
en cuenta el recorrido del sol, por lo cual la iluminación era pobre (a pesar
de los grandes ventanales) y la humedad en el ambiente lo confirmaba. Vio que
la humedad subía por algunas paredes y supo que también había problemas en la
capa aisladora. La agente seguía con la recorrida mientras él hacía un esfuerzo
por escucharla. Ni siquiera la belleza de la agente lo sacaba de su
ensimismamiento.
Mientras ella le hablaba de la casa y de las facilidades para adquirirla, sus
pensamientos estaban en otro lugar. Creyó mejor construir su propia casa, a su
manera, a su estilo. Pensaba, mientras ella hablaba y le sonreía, en hacer una
casa estilo Le Corbusier: minimalista, de trazos gruesos y rígidos, con
ventanales como los de la casa visitada pero bien orientados hacia el sol.
También pensó en algo estilo Bauhaus. Le gustaba la casa que MiesVan der Rohe le había hecho a la
doctora Edith Farnsworth en Estados
Unidos. Sus pensamientos estaban entre Le Corbusier y Bauhaus. Ella lo acompañó
hasta la puerta. Se despidieron. Ella se fue en su auto, él esperó un taxi.
Mientras esperaba miró la tarjeta: Inés Suárez, agente inmobiliaria.
***
Había pasado un
año. Todavía despertaba sobresaltado, apretando las manos, creyendo que
apretaba sus manos, creyendo que estaba sentado a su lado buscando que mejore.
Para él el tiempo no había pasado. Todo se había detenido en las quimioterapias,
las recaídas, las internaciones; a veces una semana, a veces meses. Aunque se
daba cuenta de que el tiempo se acababa no se rendía a la esperanza de la
mejora.
Los últimos meses habían sido años de días
muy largos. Los médicos se habían resignado a que no la dejaría por nada del
mundo. Siempre se había sentido afortunado por el ángel que Dios le había
puesto en su vida para que su vida tuviera un sentido, un propósito. Ahora no
sabía qué sentir cuando pensaba en Dios y por todo lo que ella estaba pasando.
Así y todo el amor lo mantuvo firme hasta el día en que tuvieron que dormirla. Si
hubiera una ley que le permitiera que lo duerman al lado de ella, esa hubiera
sido una buena ley y él hubiera acudido a esa ley para que al dejar este mundo
supiera que la justicia podría llegar a ser algo justo. Pero no: ella se durmió
y él tuvo que convivir con la angustia, el vacío y la desolación de una
existencia despierta.
***
Ella no le dio importancia la primera vez. La
visita a la casa fue una más entre tantas casas que visitaba con clientes. Pero
había notado en él algo de sombras, de melancolía, de aislamiento. Por lo
general los hombres solos que buscaban casa siempre se le insinuaban, a veces
de manera sutil, otras no tanto. Esa primera visita a la casa de los ventanales
mal orientados y con humedad él casi no habló. Ni siquiera la miró. Eso la hizo
sentir diferente ya que siempre era objeto de miradas, de deseo, de esas
sutilezas que todos los hombres que la rodeaban competían por su atención. Ella
había desarrollado ciertos artilugios que mantenía a raya a los hombres que
ella no quería que estuvieran cerca de sus emociones, de su lado más íntimo, de
su corazón.
Creyó que después de esa primera visita ya
no lo volvería a ver. Pero a veces lo que uno cree no es lo que pasa en la
realidad.
Revisando el diario vio su nombre en la sección
de artes y espectáculos. Supo que era poeta y que presentaría su próximo libro
en el salón blanco de la municipalidad. Mientras leía la nota la asaltaron los
recuerdos de la niñez y la juventud. El ritmo voraz de la vida y el trabajo la
habían alejado de las letras, del arte, del espectáculo. A veces pasaba días
enteros hablando con clientes, visitando propiedades, haciendo tramites en
todas las oficinas burocráticas. Almorzaba parada a lado de la fuente que
estaba en el patio de luz de la oficina. Llegaba tarde a todos lados. Una o dos
veces por semana se encerraba en el baño de la oficina a llorar y después salía
esplendida como una gladiadora romana. Cuando vio que su cliente silencioso de
sombras se dedicaba a la poesía una pequeña pulsión empezó a crecer en ella.
Había tenido una relación intensa con la
poesía en el pasado. De niña su madre le hizo leer a Alfonsina Storni y su
mundo cambió para siempre. Cuando empezó la secundaria una compañera le
recomendó a Alejandra Pizarnik. Fueron años de fiebre para ella. Llenaba
cuadernos y cuadernos con versos de todo tipo. Vivía, soñaba y respiraba
poesía.
En quinto año conoció al amor de su vida.
Supo que era el amor de su vida después de unas cuantas clases. El profesor de
literatura de ese año le había enseñado sobre las vanguardias. A ella le
fascinó el formalismo ruso. Le fascinó como él recitaba los poemas de
Mayakovsky. Su mundo adolescente voló por los aires con el poema Amor. Mientras
el profesor lo recitaba e iba recorriendo la clase con la mirada, y cuando la
mirada de él pasaba por su mirada, ella creía que ese poema tan hermoso él lo
había escogido para ella. Porque ella pensaba y estaba convencida de que él
también la amaba y esperaba a las clases para verla. Que los poemas de amor que
seleccionaba eran para ella. Porque ella hermosa y le gustaban los animales,
como en el poema. Porque ella era el centro de atención de su clase, de su
escuela, del barrio, de sus primos, hasta de los amigos de su padre. Soñaba con
el día en que él le declaraba su amor, que la tomaba en algún lugar secreto de
la escuela y la hacía mujer. Pero el sueño de la adolescente se hizo añicos y
la realidad le mostró a su profesor paseando por el parque con otro hombre. Los
siguió y vio cómo se besaban a escondidas de las miradas prejuiciosas. Ese día
sí se hizo mujer porque la adolescencia había terminado y el dolor y la
desilusión le habían mostrado que no todo era como en la ficción. A veces lo
que uno cree no pasa en la realidad.
***
Le llamó la
atención descubrirla entre el público.
La presentación del libro había sido emotiva para él y ya no esperaba más
emociones por el resto de la noche, de los días, de la vida. Ella se acercó
para que le firme el libro. Mientras lo firmaba ella le preguntó por qué el
título del libro: No soy el amor de nadie. Se miraron y sonrieron. Había
ocurrido un milagro. Él había sonreído y por un momento las sombras habían
desaparecido de su espíritu dando paso a algo de luz. Las ventanas de su
corazón también estaban mal orientadas. Fueron por un café y le contó sobre el
título del libro.
***
Al principio
todo funcionó de maravilla. Parecía como si los dos hubieran empezado a vivir
como si fuera la primera vez. Las salidas, las tardes, los paseos, la
intimidad, todo se ejercía con tierna ferocidad. Habían construido una casa
estilo Le Corbusier. Habían pactado que si algún día todo terminaba, ese final
tendría que ser amistoso. Las carreras de los dos fueron creciendo
exponencialmente: eran un binomio perfecto. Sus publicaciones se empezaron a
traducir en otros idiomas. Llegaban propuestas para conferencias, charlas en
otras ciudades y en otros países. Ella había dejado la agencia para la que
había trabajado tantos años y abrió su propia agencia inmobiliaria. No tardó
mucho en que los carteles de Inés Suárez Propiedades invadieran la ciudad.
***
Al principio
no le dio importancia. Él no le había dicho nada pero ella después de un tiempo
se había dado cuenta. En la parte de atrás de la casa él había escondido, en
una pequeña puerta secreta, las cenizas de su difunta esposa. Él la visitaba,
hablaba con ella y lloraba en la fecha de su defunción. Ella, que había creído
que las sombras se habían ido para siempre supo en ese momento que no. Y las
sombras, los recuerdos, que estaban encerrados en esa pequeña puerta fueron
creciendo como una metástasis. Tomaron las habitaciones, el comedor, el baño,
las sábanas y de a poco fueron creciendo en ellos dos. Las distancias crecieron
en la casa. Casi no se cruzaban y si lo hacían parecían dos desconocidos. Ella
volvió a sentir la desilusión que sintió cuando encontró a su profesor de
literatura con otro hombre. La casa empezó a olor mal, a tener humedad. Y eso
que las ventanas estaban bien orientadas y el sol le daba todo el día.
***
Luego de hacer la división de bienes ella
cayó en una leve depresión. Dejó de ir a la oficina por unas semanas. Tirada en
la cama no dejaba de pensar en él, por qué no había funcionado, por qué no
había dejado de amar a su esposa, por qué le tocaba todo esto a ella. Volvió a
su libros de Storni y de Pizarnik, volvió a sus cuadernos de la adolescencia.
Volvió a escribir y volvió con tierna ferocidad.
Hicimos
la división de bienes
Vos
te quedaste con la casa
Yo
con la biblioteca.
Vos
te quedaste con el termo
Yo
con la foto
Que
nos sacamos en la comarca.
Te
hartaste de la poesía
Y
de Mayakovsy.
Te
hartaste de la buena iluminación
De
la casa
Te
hartaste de que todo vaya bien.
Lo
que el notario no sabía
Cuando
firmábamos los papeles
Era
que yo prefería renunciar a todo
Si
algo de mí
Quedaba
en vos.
Tomó la
costumbre de enviarle por carta un poema por semana. Ella también tenía que
sacar su oscuridad, su dolor, dejar que la luz vuelva a iluminar cada parte de
su ser. Tenía que volver a orientar bien las ventanas de su corazón. Alquiló
una casa y adoptó un gato que le puso Sartre. Leía La náusea y la reflexión que
más la identificaba era la del martes: Nada.
He existido. Así que fue saliendo de su pozo, de su oscuridad, leyendo, escribiendo, cuidando a su gato. De a
poco fue volviendo al trabajo. De a poco fue probando las relaciones con otros
hombres pero se dio cuenta de que todavía quedaban sombras por purgar. Podía
tener a cualquier hombre que se le antojara. Pero esos hombres no sabían que lo
que ellos creían no es lo que pasaba en la realidad. Porque cualquiera puede
tener a un hombre, a una mujer, pero eso es superficial, transitorio. Nunca se
puede tener a alguien por completo. Ella ya lo había aprendido con su profesor.
Lo había aprendido en todas las relaciones que había intentado hasta que lo
conoció a él. Creyó que con él finalmente las cosas cambiarían. Pero no. Solo
se pude amar una vez en la vida y a una sola persona. La diferencia que ella
tenía con él es que él ya había amado a una persona, ella todavía no. Lo
intentó, nadie puede decir que no lo intentó. Pero todo resultaba ser una
farsa, un simulacro. Y ella lo hacía saber porque después de la intimidad
lloraba, pedía que la abrazaran y que la amaran. Y ellos, lo que creían que la
podían tener de forma superficial y transitoria, se asustaban con la palabra amor y huían. Ella
volvía a esa tarde en el parque cuando descubrió la desilusión del amor no
correspondido.
***
Limpié
los azulejos
Usé
el rociador
Que
compramos
En
la feria vintage.
Pusé
el cassette
Que
escuchábamos
Cuando
hacíamos el amor.
Traté
de que las manchas
No
coincidieran con tu rostro.
Saqué
todo
Absolutamente
todo.
¿Tu
recuerdo?
Tu
recuerdo quedó intacto.
Tomó la carta y la dejó sobre el escritorio con el
resto de las cartas. Se quedó quieto, en silencio. Adentro de la casa luchaba
contra los recuerdos de su esposa. En la radio y la televisión eran frecuentes
los anuncios de Inés Suárez Propiedades. Lo mismo que en la calle. Todo el día
se la pasaba leyendo su nombre. A ella le ocurría lo mismo. Veía su nombre en
el diario, entrevistas en la radio y la televisión. Estaban separados pero no
podía dejar de verse mutuamente. Los dos estaban llenos de sombras. Los dos no
sabían cómo orientar el corazón para que la luz entre para iluminarlos.
***
Al principio no le había dado importancia. El hombre
de sombras silenciosas ya se lo había advertido con el título del libro. No era
el amor de nadie y por lo visto ella tampoco. Ahora si le daba importancia.
Tomó la decisión
cuando tuvo que dormir a Sartre. La metástasis en sus pulmones lo deterioró en
poco tiempo. Se había cansado de vender casas que ella nunca habitaría. Tenía
38 años y todavía no tenía su casa. Su madre se fue con un viajante cuando ella
empezó la universidad y jamás volvió a saber de ella. Su padre se fue a su
pueblo natal a morir. No tenía ningún lazo afectivo con ningún ser humano en la
ciudad. El nombre de él la perseguía por donde fuera. Ella también se había
hartado de todo. Liquidó toda su oficina. Escribió algunas cartas a la poca gente que
estimaba. Volvió al pueblo de su padre y le dejó una carta en su tumba. A su
madre también le escribió una carta pero la arrojó al mar.
Lo último
que supo de él lo leyó en el diario en la sala de embarque. La noticia decía
que lo habían encontrado gritándole a uno de los carteles de Inés Suárez.
Estaba borracho. Colgaba una soga en el
cartel cuando llegó la policía. Compró
una postal en la tienda del aeropuerto y le escribió las últimas líneas. Eligió
unos versos de Mayakovsky, del poema
Despedida. Solo le cambió el final
Mi
corazón
De
sentimentalismo se ablanda.
¡Yo
quisiera vivir y morir en París!
Si
no existiera esta tierra que compartimos.
Puso su nombre y dirección en la postal mientras se
anunciaba su vuelo por los altoparlantes. Dejó la postal en el buzón. Partió
hacia París dejando todas sus sombras.
Solo se llevó de estas tierras las cenizas de su
gato.
Me dijeron Que tenía una condición Física, mental y espiritual. Que era una alergia del cuerpo Una obsesión de la mente Un lugar oscuro d...