domingo, 20 de enero de 2019

Voy desgastando las palabras
El lenguaje
En una carrera contra el 
Tiempo,
Para que la memoria 
También se desgaste 
Y le pueda dar a todo 
Este dolor 
En algún punto del tiempo advenidero
Otro adjetivo, quizás un poco 
Más feliz, un poco menos opaco
No tan amargo y no tan solitario.

La memoria se desgasta 
Y de las tardes en la canchita 
Las tardes frente al televisor
La vecina que estaba enamorada 
De mí; 
Solo van quedan palabras 
En mi mente grisacea
Palabras que ya fueron usadas
Y que yo vuelvo a usarlas 
Tratando de darles un nuevo 
Sentido.

La zanja en donde ensucié
Las botitas topper 
Que mamá me compró
Ese día, 
En mi memoria 
En mi lenguaje 
Y con estas palabras gastadas 
Sigue siendo la misma zanja
Las mismas botitas 
El mismo barro.

Quizás, solo quizás, por ahora
Puedo decir que el miedo
La vergüenza y la culpa 
Que sentí ese día 
Haya sido erosionado
Por el tiempo y por las capas 
De experiencia que se 
Han acumulado sobre 
Estos huesos fibrosos 
Que han metido la pata 
Muchas veces más desde esa vez.

Hoy que mi madre ya no está
Recuerdo ese día con una mueca
Cercana a la sonrisa.

Finalmente el tiempo 
Está haciendo su trabajo 
Y ya elijo adjetivos más felices.

Algún día estas sentencias
Puede que lleguen
A la solemnidad 
De un poema decente 
Que habla de la memoria 
Del paso del tiempo
Y alguna anécdota personal.

Yo todavía sigo embarrándome 
Las palabras y esa memoria 
No se han desgastado.

El adjetivo que uso 
Para cerrar esta serie 
Es mas amigable 
Que el que pude llegar a usar 
Hace 30 años.

Escribo el adjetivo 
Luego de la imagen 
De mi madre regañándome .

Sé que ella ya no está 
Enojada conmigo.











Sé que mientras escribo estas páginas

Un delfín más muere

En el océano Índico

Un cerámico se quiebra

Y otro se grafitéa

Con un propuesta sexual:

Deja su teléfono.



El mundo que crea el lenguaje

No se corresponde

A mundo fáctico;

Y aunque haga el esfuerzo

Los delfines mueren

Y la gente mendiga afecto

Por las redes sociales:

Publican sus teléfonos

Hacen encuestas

Con propuestas sexuales:

Nudes y packs circulan

Por otro mundo fáctico.



Una página más escrita



La máquina solo se detiene

Para dormir,

El borrador que escribí en otra vida

Es la novela que redime

Mis siete vidas anteriores

Mis siete máscaras

Y la locura de sentir

Las caricias inflamables del sol

Sobre mi rostro desnudo:

¡Benditos sean los ladrones!



Un riff de Led Zeppelin

(Heartbreaker)

Y La canción es la misma

El poema es el mismo

La lluvia que cayó en la canchita

En el 91, el barro con el

Que nos cubrimos por buscar

La pelota es el mismo:

Algún día dejaré de crecer

Ese día empezaré a crecer.



Mis diarios del exilio

Todavía no están completos,

La Embajada de Francia

No me quiere entregar mis manuscritos.

Apelo a la memoria de los días

En Camboya; trato de reconstruir

La conexiones de las neuronas

Que han sobrevivido al napalm.

Sé que tengo tiempo.



Hoy, mientras me bañaba

Recordaba a mi abuela

Preparándome para

Ir al parque en la sociedad

De fomento. Era sábado

Y nos quedamos hasta la noche

Yo no quería volver;

Lloré mucho

Y fue la primera vez que sentí

Angustia y tristeza.



Es extraño

Miles de fármacos arrojados

En mi inconsciente

Drogas duras

Resentimientos duros

Años en el exilio lejos de mi familia

Y fuera de mi cuerpo;



Y todavía esa tarde y esa noche

La alegría

La diversión

La angustia

Y la tristeza

Permanecen inmutables.



Al igual que la presencia

De mi abuela en las tardes

Agradables de verano,

Bañándome

Poniéndome ropa limpia

Y perfume.



Me miro al espejo.

Pasaron 34 años.



Sigo escribiendo páginas

Se siguen rompiendo cerámicos

Y los delfines mueren;

Me llega un mensaje

Con una propuesta sexual.



Saco la hoja y la pongo

En una carpeta:

Diarios de Camboya

Se lee en la portada.



El manuscrito

El borrador de mi próxima vida.














Sé que mientras escribo estas páginas
Un delfín más muere
En el océano Índico
Un cerámico se quiebra
Y otro se grafitéa
Con un propuesta sexual:
Deja su teléfono.

El mundo que crea el lenguaje
No se corresponde
A mundo fáctico;
Y aunque haga el esfuerzo
Los delfines mueren
Y la gente mendiga afecto
Por las redes sociales:
Publican sus teléfonos
Hacen encuestas
Con propuestas sexuales:
Nudes y packs circulan
Por otro mundo fáctico.

Una página más escrita
La máquina solo se detiene
Para dormir,
El borrador que escribí en otra vida
Es la novela que redime
Mis siete vidas anteriores
Mis siete máscaras
Y la locura de sentir
Las caricias inflamables del sol
Sobre mi rostro desnudo:
¡Benditos sean los ladrones!

Un riff de Led Zeppelin
(Heartbreaker)
Y La canción es la misma
El poema es el mismo
La lluvia que cayó en la canchita
En el 91, el barro con el
Que nos cubrimos por buscar
La pelota es el mismo:
Algún día dejaré de crecer
Ese día empezaré a crecer.

Mis diarios del exilio
Todavía no están completos,
La Embajada de Francia
No me quiere entregar mis manuscritos.
Apelo a la memoria de los días
En Camboya; trato de reconstruir
La conexiones de las neuronas
Que han sobrevivido al napalm.
Sé que tengo tiempo.

Hoy, mientras me bañaba
Recordaba a mi abuela
Preparándome para
Ir al parque en la sociedad
De fomento. Era sábado
Y nos quedamos hasta la noche
Yo no quería volver;
Lloré mucho
Y fue la primera vez que sentí
Angustia y tristeza.

Es extraño
Miles de fármacos arrojados
En mi inconsciente
Drogas duras
Resentimientos duros
Años en el exilio lejos de mi familia
Y fuera de mi cuerpo;

Y todavía esa tarde y esa noche
La alegría
La diversión
La angustia
Y la tristeza
Permanecen inmutables.

Al igual que la presencia
De mi abuela en las tardes
Agradables de verano,
Bañándome
Poniéndome ropa limpia
Y perfume.

Me miro al espejo.
Pasaron 34 años.

Sigo escribiendo páginas
Se siguen rompiendo cerámicos
Y los delfines mueren;
Me llega un mensaje
Con una propuesta sexual.

Saco la hoja y la pongo
En una carpeta:
Diarios de Camboya
Se lee en la portada.

El manuscrito
El borrador de mi próxima vida.






Fe

El tren carguero

Repiquetea las vías de Spurr.



Una docena de motos

Esperan en la barrera.



Las canillas del surgente

Siguen brindando su agua

Caliente lista para el mate.



Mi fe me deja esperar

Tranquilamente en la barrera.



No hace que me arroje

Debajo de la formación

Y ser la noticia de la medianoche.



La fe del resto es similar.



La fe es un tren carguero

Yendo hacia el puerto

A buscar cereal.










Fe

El tren carguero
Repiquetea las vías de Spurr.

Una docena de motos
Esperan en la barrera.

Las canillas del surgente
Siguen brindando su agua
Caliente lista para el mate.

Mi fe me deja esperar
Tranquilamente en la barrera.

No hace que me arroje
Debajo de la formación
Y ser la noticia de la medianoche.

La fe del resto es similar.

La fe es un tren carguero
Yendo hacia el puerto
A buscar cereal.




Juicios del Río de la Plata

Los chetos de la

Izquierda y de la Derecha

Se preguntan por qué

Los indigentes viven en la calle

Por qué no trabajan

Por qué no estudian

Por qué no se preparan para

La Revolución.



Me quedo dormido

En la calle Pasteur

Bajo los nombres de los muertos

En la A.M.I:A.

Tomé muchos Rohypnols.



Mi conciencia lentamente

Comienza a penetrar

En las baldosas, en la tierra:

Voy hacia el llamado de un rumor.



Los Desaparecidos por

Los Montoneros

La Triple A

Y por la Dictadura

Marchan hacia las profundidades

Del Río de la Plata para el Juicio.

Solo llego a escuchar los alegatos.



En un pasillo calidoscopio

Sábato me dice que los 70´s ya fueron;

"Vos ocupate de esto", dice el Ciego;

"Hay un nuevo Terrorismo de Estado".



Recorro las cloacas de la ciudad

Observando las almas de las nuevas

Víctimas.



Las agujas infestadas infestando

Venas con h.i.v.

Tabiques gastados gastando

El dinero de los pañales, la comida

Y la jubilación de la abuela.

El pánico de las picanas y los

Falcon verdes que cierran los pechos

A una generación que hereda

De nacimiento el antagonismo político

En el cuerpo.

Los fierros que desgarran la carne

Por las billeteras.

Los fierros que desgarran los cráneos

Por no soportar la depresión.

Los niños que terminan en los pozos

Ciegos por la voluntad materna.

Los niños abandonados en la calle

Por voluntad paterna.

Los cintos marcando espaldas

Por traer malas notas.

Las bolsas de pegamento

Para evadir la realidad y el dolor.

Las promesas de alivio y cura

Con la planta de la paz y el amor,

Y esa promesa que al final

También cierra el pecho

Y que también desgarra el cráneo

Con una 9 milímetros.

Las mil millones de clonaze(pan)

Y el (circo) de Juvenal siempre presente.



Esas almas también marchan

Hacia las aguas sepia

Del Río de la Plata.

También esperan su Juicio.



Me despierta una patrulla

Los gorras me llevan

A descansar a la comisaría 7ma.



Antes del mediodía

Me entregan el cinto

Y los cordones.



En la vereda del comedor

De la madre Josefa

Me pongo los cordones.

Una pareja pasa

Uno de ellos le dice al otro:

"Mira, ese estuvo preso."



Estuve preso

Estuve en el Juicio del Río de la Plata

Fui absuelto y ahora me dispongo

A caminar libre por las calles.



Necesito comer algo;

Luego contaré como se desarrollaron

Los juicios.
















Juicios del Río de la Plata

Los chetos de la
Izquierda y de la Derecha
Se preguntan por qué
Los indigentes viven en la calle
Por qué no trabajan
Por qué no estudian
Por qué no se preparan para
La Revolución.

Me quedo dormido
En la calle Pasteur
Bajo los nombres de los muertos
En la A.M.I:A.
Tomé muchos Rohypnols.

Mi conciencia lentamente
Comienza a penetrar
En las baldosas, en la tierra:
Voy hacia el llamado de un rumor.

Los Desaparecidos por
Los Montoneros
La Triple A
Y por la Dictadura
Marchan hacia las profundidades
Del Río de la Plata para el Juicio.
Solo llego a escuchar los alegatos.

En un pasillo calidoscopio
Sábato me dice que los 70´s ya fueron;
"Vos ocupate de esto", dice el Ciego;
"Hay un nuevo Terrorismo de Estado".

Recorro las cloacas de la ciudad
Observando las almas de las nuevas
Víctimas.

Las agujas infestadas infestando
Venas con h.i.v.
Tabiques gastados gastando
El dinero de los pañales, la comida
Y la jubilación de la abuela.
El pánico de las picanas y los
Falcon verdes que cierran los pechos
A una generación que hereda
De nacimiento el antagonismo político
En el cuerpo.
Los fierros que desgarran la carne
Por las billeteras.
Los fierros que desgarran los cráneos
Por no soportar la depresión.
Los niños que terminan en los pozos
Ciegos por la voluntad materna.
Los niños abandonados en la calle
Por voluntad paterna.
Los cintos marcando espaldas
Por traer malas notas.
Las bolsas de pegamento
Para evadir la realidad y el dolor.
Las promesas de alivio y cura
Con la planta de la paz y el amor,
Y esa promesa que al final
También cierra el pecho
Y que también desgarra el cráneo
Con una 9 milímetros.
Las mil millones de clonaze(pan)
Y el (circo) de Juvenal siempre presente.

Esas almas también marchan
Hacia las aguas sepia
Del Río de la Plata.
También esperan su Juicio.

Me despierta una patrulla
Los gorras me llevan
A descansar a la comisaría 7ma.

Antes del mediodía
Me entregan el cinto
Y los cordones.

En la vereda del comedor
De la madre Josefa
Me pongo los cordones.
Una pareja pasa
Uno de ellos le dice al otro:
"Mira, ese estuvo preso."

Estuve preso
Estuve en el Juicio del Río de la Plata
Fui absuelto y ahora me dispongo
A caminar libre por las calles.

Necesito comer algo;
Luego contaré como se desarrollaron
Los juicios.







Las calles agrestes de Barracas

La vereda en donde murió

El Yona fumando base

Y su alma

El ángel de los drogadictos

Que escolta a los pintas

A la salida de La 21.



Camino por Osvaldo Cruz

Preparando cenizas para la pipa.



Veo su pequeño altar

Con velas y papeles de base

Que nadie se atreve a profanar.

Entonces le dejo un papel

Y un bagullo de faso y me fumo

Un pipazo con su memoria.



En Velez Sarfield me espera una trulla

Me ponen contra el piso

Buscan

Buscan

Buscan

Y nada encuentran.



Desde el piso

Con la cara apretada

Por el borceguí cobani

Y la vereda rústica

Lo veo al Yona en el lugar

De su altar

Con la vicera de costado

Y la llama lanzallama

Del encendedor quemando

La piedra de pasta base de cocaína.



Su espectro larga el humo

Y una reverencia de su brazo derecho

Dice: " Todo bien con vos rancho,

Estos gorras te van a dejar pasar."



Una patada en el culo

Del yuta resentido

Me lleva para el lado del riachuelo

Fuera de la Capital

Para Avellaneda.



Los gorras no me encontraron nada

Ni las piedras

NI la pipa

Nada.



Todos los pintas

Que salen de La 21

Por Osvaldo Cruz

Hacia Avellaneda

Dejan su ofrenda para

El alma del Yona.



Nadie se atreve a profanar el altar.




















Las calles agrestes de Barracas
La vereda en donde murió
El Yona fumando base
Y su alma
El ángel de los drogadictos
Que escolta a los pintas
A la salida de La 21.

Camino por Osvaldo Cruz
Preparando cenizas para la pipa.

Veo su pequeño altar
Con velas y papeles de base
Que nadie se atreve a profanar.
Entonces le dejo un papel
Y un bagullo de faso y me fumo
Un pipazo con su memoria.

En Velez Sarfield me espera una trulla
Me ponen contra el piso
Buscan
Buscan
Buscan
Y nada encuentran.

Desde el piso
Con la cara apretada
Por el borceguí cobani
Y la vereda rústica
Lo veo al Yona en el lugar
De su altar
Con la vicera de costado
Y la llama lanzallama
Del encendedor quemando
La piedra de pasta base de cocaína.

Su espectro larga el humo
Y una reverencia de su brazo derecho
Dice: " Todo bien con vos rancho,
Estos gorras te van a dejar pasar."

Una patada en el culo
Del yuta resentido
Me lleva para el lado del riachuelo
Fuera de la Capital
Para Avellaneda.

Los gorras no me encontraron nada
Ni las piedras
NI la pipa
Nada.

Todos los pintas
Que salen de La 21
Por Osvaldo Cruz
Hacia Avellaneda
Dejan su ofrenda para
El alma del Yona.

Nadie se atreve a profanar el altar.









Las lunas que rodaron sobre mí

El adiós sobre la plataforma

Del tren

El llanto desgarrador

De mi corazón que no dispone

De un lenguaje

La savia de aquellos poemas

De la infancia que esperan escribirse.



Si el destino se hace al andar

O si el destino solo es andar

Es una de las cosas que me pregunto.



La soledad acaricia mi espalda

Sobre este muelle de maderas

Viejas, como el tiempo mismo.



Sigo tomando notas sobre las noches

Sobre la felicidad efímera

Sobre la utilidad de la muerte

Sobre este río perenne que me atraviesa

Y que siempre amenaza desbordarse.



Me miro en el espejo de agua

Una hoja cae sobre mi rostro reflejado

Los círculos se mueven de adentro

Hacia afuera.



Voy dejando el lago

Y el crujir de las maderas cansinas.



Otra vez me espera este portal

Con su herrajes herrumbrados

Por la melancolía:

El tiempo todo lo herrumbra;

El tiempo me ha herrumbrado

Y veo mi propio reflejo

Sobre el viejo hierro deteriorado,

En las desnudas ramas de los arboles

Que me saludan con sus brazos abiertos

Con sus tristes sonrisas de otoño.



Ya no rodarán mas lunas sobre mí

Voy a la plataforma a tomar el

Último tren.

Mi corazón está en paz.



Si la muerte me absuelve

Quiero volver a ser niño en esta

Estancia de color blanco y negro.



Quiero caminar y buscar versos

Quiero disponer de un lenguaje silencioso

Quiero un destino que no haya

Andado nunca.



Quiero

Ya

Finalmente

Dejar

De

Querer;

De

Poseer.



Solo

Eso.










Las lunas que rodaron sobre mí
El adiós sobre la plataforma
Del tren
El llanto desgarrador
De mi corazón que no dispone
De un lenguaje
La savia de aquellos poemas
De la infancia que esperan escribirse.

Si el destino se hace al andar
O si el destino solo es andar
Es una de las cosas que me pregunto.

La soledad acaricia mi espalda
Sobre este muelle de maderas
Viejas, como el tiempo mismo.

Sigo tomando notas sobre las noches
Sobre la felicidad efímera
Sobre la utilidad de la muerte
Sobre este río perenne que me atraviesa
Y que siempre amenaza desbordarse.

Me miro en el espejo de agua
Una hoja cae sobre mi rostro reflejado
Los círculos se mueven de adentro
Hacia afuera.

Voy dejando el lago
Y el crujir de las maderas cansinas.

Otra vez me espera este portal
Con su herrajes herrumbrados
Por la melancolía:
El tiempo todo lo herrumbra;
El tiempo me ha herrumbrado
Y veo mi propio reflejo
Sobre el viejo hierro deteriorado,
En las desnudas ramas de los arboles
Que me saludan con sus brazos abiertos
Con sus tristes sonrisas de otoño.

Ya no rodarán mas lunas sobre mí
Voy a la plataforma a tomar el
Último tren.
Mi corazón está en paz.

Si la muerte me absuelve
Quiero volver a ser niño en esta
Estancia de color blanco y negro.

Quiero caminar y buscar versos
Quiero disponer de un lenguaje silencioso
Quiero un destino que no haya
Andado nunca.

Quiero
Ya
Finalmente
Dejar
De
Querer;
De
Poseer.

Solo
Eso.





martes, 8 de enero de 2019

Siempre hay una primera vez para todo

   La luz oblicua, que llega hasta nuestros pies, desde una de las claraboyas de vidrio opaco, hace que la declinación de la tarde se disfrute un poco más. Las salidas están atrasadas. Se dice por el altoparlante que en 20 minutos se retomaran los viajes. No le doy mucha importancia. A mi compañero creo que tampoco. Está absorto en un pequeño libro. Lo observo de soslayo de vez en cuando, cuando pierdo la trayectoria de la luz que se va moviendo sigilosamente por el andén. No me cuesta mucho trabajo deducir que el libro de mi acompañante transitorio es de poesía. Solo un libro de ese tamaño puede albergar textos cortados en versos. La luz se sigue moviendo. El vidrio opaco sigue opaco. La tarde sigue agonizando y la maquina que arrastra los vagones que debe llevarme a mi casa no se hace visible.

   Se anuncia el próximo viaje en 15 minutos. Por fin, dice mi compañero dejando el libro sobre su regazo. Él espera que yo tome su sentencia y continúe. Nunca se habían retrasado tanto, digo. Mi lector acompañante me dedica una mirada veloz y vuelve a tomar el libro. Mientras los abre dice que siempre hay una primera vez para todo. Le pregunto si es poesía lo que está leyendo. Me dice que sí. Me enseña la portada. Dice Tuca y el autor es Fabián Casas. Le pregunto si es el que tiene Paso a nivel en Chacarita. Sus ojos denotan asombro. Sonríe. ¿Cuántas posibilidades hay de encontrase con otra persona, con un pequeño libro de poesía, y que esas dos personas conozcan un poema en particular de ese libro? La ciudad es grande. Muchos habitantes y las posibilidades son muchas. La conversación se centra en ese poema. También eso acota las posibilidades. Hablar de un poema que hable de trenes en una estación de trenes no es azaroso. Cada uno comparte su interpretación del poema. Mi compañero dice que no es un poema objetivista porque está cargado de sentimientos. Él maneja el dato de que el poema era más largo, que hablaba de la visita de Casas a la tumba de su madre y que, a pesar de todo el recorte que sufrió el poema, toda esa intensidad emocional está plasmada en esos nueve versos. Comparto esa teoría pero le agrego que para mí el ultimo verso es un chascarillo para Daniel García Helder, quien se dice que le corrigió y recortó el poema. "Bueno, eso todo", le digo que quiere decir: "Yo quería poner un montón de cosas y este pelotudo no me dejó". Mi compañero larga una carcajada. Cuando la risa se disipa dice que el libro se lo regaló su novia. Su semblante se torna oscuro, rígido, melancólico. Todas su facciones contrastan con la tarde que muere alegremente, radiante y con voluptuosos colores rosados y anaranjados. Me dice que ella se quitó la vida en este andén, en este mismo lugar que está frente a nosotros a un metro. Dice que hace seis meses que viene en la fecha en la que ella se arrojó a las vías. Aprieta el libro con fuerza. Se me hace un nudo en la garganta y no sé que comentario podría hacer. Vuelve a sonreír. Comenta que Paso a nivel en Chacarita era su poema favorito. Del bolsillo de su camisa saca una moneda aplastada. Dice que ella misma la hizo aplastar en la Chacarita. Me la enseña pero no deja que la toque. La devuelve al bolsillo. Quedamos en silencio. El altoparlante anuncia la llegada del tren. La trocha de a poco va aumentando la forma de la maquina y el sonido de las ruedas aceradas traqueteando sobre los rieles aumenta gradualmente.

   La formación ya está a pocos metros. Mi compañero se levanta mirando a la maquina imponente. Vuelve a tomar del bolsillo de su camisa la moneda alisada. Siempre hay una primera vez para todo , me dice con la moneda en mano, sonriendo. Se acerca al borde de la plataforma, y cuando la mole de acero se encuentra cerca de él, baja a las vías dejándose desgarrar o alisar por las brillantes ruedas.

   La moneda nunca se desprendió de él.










Siempre hay una primera vez para todo

   La luz oblicua, que llega hasta nuestros pies, desde una de las claraboyas de vidrio opaco, hace que la declinación de la tarde se disfrute un poco más. Las salidas están atrasadas. Se dice por el altoparlante que en 20 minutos se retomaran los viajes. No le doy mucha importancia. A mi compañero creo que tampoco. Está absorto en un pequeño libro. Lo observo de soslayo de vez en cuando, cuando pierdo la trayectoria de la luz que se va moviendo sigilosamente por el andén. No me cuesta mucho trabajo deducir que el libro de mi acompañante transitorio es de poesía. Solo un libro de ese tamaño puede albergar textos cortados en versos. La luz se sigue moviendo. El vidrio opaco sigue opaco. La tarde sigue agonizando y la maquina que arrastra los vagones que debe llevarme a mi casa no se hace visible.
   Se anuncia el próximo viaje en 15 minutos. Por fin, dice mi compañero dejando el libro sobre su regazo. Él espera que yo tome su sentencia y continúe. Nunca se habían retrasado tanto, digo. Mi lector acompañante me dedica una mirada veloz y vuelve a tomar el libro. Mientras los abre dice que siempre hay una primera vez para todo. Le pregunto si es poesía lo que está leyendo. Me dice que sí. Me enseña la portada. Dice Tuca y el autor es Fabián Casas. Le pregunto si es el que tiene Paso a nivel en Chacarita. Sus ojos denotan asombro. Sonríe. ¿Cuántas posibilidades hay de encontrase con otra persona, con un pequeño libro de poesía, y que esas dos personas conozcan un poema en particular de ese libro? La ciudad es grande. Muchos habitantes y las posibilidades son muchas. La conversación se centra en ese poema. También eso acota las posibilidades. Hablar de un poema que hable de trenes en una estación de trenes no es azaroso. Cada uno comparte su interpretación del poema. Mi compañero dice que no es un poema objetivista porque está cargado de sentimientos. Él maneja el dato de que el poema era más largo, que hablaba de la visita de Casas a la tumba de su madre y que, a pesar de todo el recorte que sufrió el poema, toda esa intensidad emocional está plasmada en esos nueve versos. Comparto esa teoría pero le agrego que para mí el ultimo verso es un chascarillo para Daniel García Helder, quien se dice que le corrigió y recortó el poema. "Bueno, eso todo", le digo que quiere decir: "Yo quería poner un montón de cosas y este pelotudo no me dejó". Mi compañero larga una carcajada. Cuando la risa se disipa dice que el libro se lo regaló su novia. Su semblante se torna oscuro, rígido, melancólico. Todas su facciones contrastan con la tarde que muere alegremente, radiante y con voluptuosos colores rosados y anaranjados. Me dice que ella se quitó la vida en este andén, en este mismo lugar que está frente a nosotros a un metro. Dice que hace seis meses que viene en la fecha en la que ella se arrojó a las vías. Aprieta el libro con fuerza. Se me hace un nudo en la garganta y no sé que comentario podría hacer. Vuelve a sonreír. Comenta que Paso a nivel en Chacarita era su poema favorito. Del bolsillo de su camisa saca una moneda aplastada. Dice que ella misma la hizo aplastar en la Chacarita. Me la enseña pero no deja que la toque. La devuelve al bolsillo. Quedamos en silencio. El altoparlante anuncia la llegada del tren. La trocha de a poco va aumentando la forma de la maquina y el sonido de las ruedas aceradas traqueteando sobre los rieles aumenta gradualmente.
   La formación ya está a pocos metros. Mi compañero se levanta mirando a la maquina imponente. Vuelve a tomar del bolsillo de su camisa la moneda alisada. Siempre hay una primera vez para todo , me dice con la moneda en mano, sonriendo. Se acerca al borde de la plataforma, y cuando la mole de acero se encuentra cerca de él, baja a las vías dejándose desgarrar o alisar por las brillantes ruedas.
   La moneda nunca se desprendió de él.




lunes, 7 de enero de 2019

Caigo en el espiral


De una conciencia 


Saturada en información 


Que ha estado oculta 


Por varias generaciones.





Primero es un niño


Con una rosa en su mano;


Luego los valles de sangre


Trasparente 


Y los mil rostros 


Con los mil nombres


Que alguna vez tuve.





El sueño y la vigilia 


La fantasía y la realidad


El origen de mis resentimientos 


El deseo profundo de autodestrucción


La primera ve que conocí el amor


La primera vez que la muerte se enamoró 


De mí: de niño visita tumbas 


Y nichos, encontré un nicho sin puerta

Y de su interior

La osamenta tomé.



Ahora hago el camino inverso

En ese espiral.



Ya conozco los valles de sangre

Y de fuego

Y sé que siempre volveré

Al niño

A la rosa en su mano

A esa pequeña gota de rocío

Que se arrastra por su delicado pétalo.



La piel de las palabras

Golpea a mi puerta, y a pesar

De estar cansado las atiendo.

Me invitan a la plaza a jugar

Me toman de la mano

Y me resisto, pero igual

Me llevan con ellas.



La plaza es conocida por mí,

Se llama "Mi conciencia".

Ellas, las palabras

Me animan  desde lo alto del

Tobogán espiralado.



Me dejo llevar por ellas;

Por el tobogán: ya conozco

El viaje de ida y de vuelta.



La piel de las palabras

También es mi piel.







Caigo en el espiral
De una conciencia 
Saturada en información 
Que ha estado oculta 
Por varias generaciones.

Primero es un niño
Con una rosa en su mano;
Luego los valles de sangre
Trasparente 
Y los mil rostros 
Con los mil nombres
Que alguna vez tuve.

El sueño y la vigilia 
La fantasía y la realidad
El origen de mis resentimientos 
El deseo profundo de autodestrucción
La primera ve que conocí el amor
La primera vez que la muerte se enamoró 
De mí: de niño visita tumbas 
Y nichos, encontré un nicho sin puerta
Y de su interior
La osamenta tomé.

Ahora hago el camino inverso
En ese espiral.

Ya conozco los valles de sangre
Y de fuego
Y sé que siempre volveré
Al niño
A la rosa en su mano
A esa pequeña gota de rocío
Que se arrastra por su delicado pétalo.

La piel de las palabras
Golpea a mi puerta, y a pesar
De estar cansado las atiendo.
Me invitan a la plaza a jugar
Me toman de la mano
Y me resisto, pero igual
Me llevan con ellas.

La plaza es conocida por mí,
Se llama "Mi conciencia".
Ellas, las palabras
Me animan  desde lo alto del
Tobogán espiralado.

Me dejo llevar por ellas;
Por el tobogán: ya conozco
El viaje de ida y de vuelta.

La piel de las palabras
También es mi piel.


Hay un sonido especial en la noche


Un sonido que se esconde 


Entre ladridos de perros


Croares de ranas


Cantos de grillos


Y poemas estériles. 





El sonido no se deja aprehesar 


Parece un silencio ensordecesor


Que taladra mis tímpanos 


Sin dejar ningún rastro.





Salgo a la intemperie a buscarlo.





Y busco en las enredaderas


De los vecinos 


En las campanas de floripondio 


En la luz añejada de un estrella muerta


Que llega hasta mí 


Quemándome los ojos


En la etimología griega de la palabra


Buscar, técnica, lenguaje, filosofía, poesía


En la historia de mi familia 


Y de mi país.





La búsqueda es larga, fatigante


Y todo por un sonido.





Mientras duermo en una alcantarilla


Junto a ratas y cucarachas 


Que me usan de colchón 


Descubro al sonido que estuve buscando.





Es la voz de mi madre


Llamándome Gastón 


Ese 10 de marzo de 1980 


A las 9:15.





Llegue al mundo con los ojos pegados


Y no pude reconocerla.





Tuvieron que pasar más de 30 años 


Para que se me despeguen.





Ahora reconozco su voz y su cara


También su amor.





Y le pido disculpas si la lastimé


Tenía los ojos pegados.


No podía distinguirla en la oscuridad.






















Hay un sonido especial en la noche
Un sonido que se esconde 
Entre ladridos de perros
Croares de ranas
Cantos de grillos
Y poemas estériles. 

El sonido no se deja aprehesar 
Parece un silencio ensordecesor
Que taladra mis tímpanos 
Sin dejar ningún rastro.

Salgo a la intemperie a buscarlo.

Y busco en las enredaderas
De los vecinos 
En las campanas de floripondio 
En la luz añejada de un estrella muerta
Que llega hasta mí 
Quemándome los ojos
En la etimología griega de la palabra
Buscar, técnica, lenguaje, filosofía, poesía
En la historia de mi familia 
Y de mi país.

La búsqueda es larga, fatigante
Y todo por un sonido.

Mientras duermo en una alcantarilla
Junto a ratas y cucarachas 
Que me usan de colchón 
Descubro al sonido que estuve buscando.

Es la voz de mi madre
Llamándome Gastón 
Ese 10 de marzo de 1980 
A las 9:15.

Llegue al mundo con los ojos pegados
Y no pude reconocerla.

Tuvieron que pasar más de 30 años 
Para que se me despeguen.

Ahora reconozco su voz y su cara
También su amor.

Y le pido disculpas si la lastimé
Tenía los ojos pegados.
No podía distinguirla en la oscuridad.







jueves, 3 de enero de 2019

La ley de la ferocidad (Parte 1)



    " Miro el cajón y la sangre sube quemándome la cara, dejándome los brazos vacíos, caídos. Yo estoy tan muerto de miedo como mi padre de vida. No quería tomar, padre, lo último que hubiera querido es tomar, es dejar que ese cielo del odio vuelva a derramar la misma lluvia de odio sobre mí."





La ley de la ferocidad, Pablo Ramos.














     El empleado de la funeraria pide que dejemos la sala, van a cerrar el ataúd. Mi prima lo ayuda a mi padre a bajar por el ascensor. Yo me quedo afuera de la sala mientras escucho como sellan la madera. Es definitivo, ya no hay vuelta atrás. Nunca lo hubo, pero hasta esta momento me resistía. Me quedo parado sin que los empelados adviertan mi presencia. Hasta ahora viene todo bien. Mi padre está resistiendo a todo. Pero todavía me preocupa el entierro, el capítulo final. No hace menos de un mes que tuvo un paro cardíaco. Estuvo 4 día en coma. No se sabía con que secuelas iba a quedar. Y cuando se recupera y vuelve a casa con mamá; a mamá la noquéa su cáncer de colon. Fue un mes de mucho stress para ella. La quimioterapia, el cuidado de las bolsas de colostomía que se le rompían todos los días. El peso de la desgracia y la sensación de finitud a la que nos enfrenta la enfermedad.  


   Ahora debo despedir a mi madre con templanza. No descuidar a mi padre. Ser un puntal para él. Él, desde el momento en que recibió la noticia me deja a mí para que me encargue de todo los arreglos. Todavía se siente muy débil y esto lo ha devastado. Yo también estoy devastado pero sigo igual. Hay amigos y familiares a mi lado acompañándonos.





   El entierro fue rápido. Lloré desconsoladamente, mi padre también. La dejamos en la tierra del cementerio para que finalmente descanse en paz a pesar de su última voluntad. Ella quería que la cremaran, pero como no se había divorciado de su primer marido había que traerlo de Buenos Aires para que firme la conformidad. Esto era un precio que yo no iba a pagar y tuve que decidirlo con mi padre. 



   Luego del entierro estuvimos acompañados por amigos y familiares. Cuando se retiran nos disponemos a dormir una siesta. Creo que dormí y descanse bien por un par de horas. Calculo que mi padre también. La tarde es agradable. Es 16 de noviembre de 2016. Preparo un termo de mate y me siento a la mesa. Mi padre se levanta de la cama y se sienta a la mesa. Por primera vez (pareciera) nos miramos el uno al otro. Noto su mirada abatida, vulnerable:"¿Y ahora que hacemos?", me dice y eso lo dice todo. Estamos solos en una casa devastada. Las paredes y el techo están pero los escombros solo lo vemos nosotros. De esto también me tengo que hacer cargo. No importa. A partir de ahora debo tomar las riendas de la situación para que mi padre no se deprima y la casa no se reduzca a cenizas. Le propongo vender la casa y que se venga a vivir conmigo a Villa Hipódromo. Le muestro casas prefabricadas, planos varios, otras opciones. De vez en cuando me mira como diciendo"ahora dependo de vos". Si.  Y yo de vos, le digo con la mirada. 




























    El 11 de octubre termino de leer La ley de la ferocidad. La historia me atrapa desde la primera hoja. La leo en 4 días. Al finalizarla, inmediatamente le escribo a Pablo Ramos para asistir a su talleres. Siento que quiero ser escritor. Tengo 4 cuentos terminados y 2 podrían ser decentes. Le dejo el mensaje por el chat privado de Facebook a la espera de su respuesta. Es martes y ya empiezo a buscar la manera de tomarme vacaciones en el trabajo y ver como asisto, por lo menos, a 4 talleres en el mes. 

    La respuesta de Pablo llega el viernes a eso de las 11.30. Ya está decidido. Pienso sentar a mi madre y a mi padre y decirles de mi proyecto de querer ser escritor. Pero antes tengo que ir a la universidad a cursar Metafísica. Afuera llueve. Hoy voy a dejar la bicicleta para ir en colectivo. A las 12 me llama mi madre diciéndome que está en la guardia del Hospital municipal con Luis, mi padre. Dice que le duele el pecho y hace más de una hora que están esperando. Cuelgo y voy a tomar el colectivo para ir al hospital. Mi proyecto de escritor se disuelve instantáneamente. No sé que pienso o siento. Todo el viaje hasta el centro lo trascurro suspendido. Sin embargo dudo en si seguir hasta la universidad y tomar el síntoma de mi padre como algo pasajero o ir directamente al hospital. Cuando me bajo en Fitz Roy y Brown siento que ya no hay vuelta atrás. Voy a hacia algo que ya he vivido más de una vez. Sigue lloviendo. Tomo un taxi y a eso de las 13 llego a la guardia.

   Mi madre está afuera fumando. Me saluda y me dice que hace una hora y media que están esperando, que le hicieron el triage pero no lo pasaron adentro. A mi padre le duele mucho el pecho. Me acerco y no tiene buena cara, se nota que está sufriendo. La guardia está llena, no abarrotada como otras veces. De la puerta sale gente pero ninguno entra. Solo un pediatra hace pasar a un nene con su madre. Ya han pasado 20 minutos y los nervios me corcomen la carne. Solo espero que abran la puerta y digan:"Semerano". Pero no.

   A mi padre le duele el pecho porque está infartado. Pero para el joven que estudio más de 5 años , ese síntoma, sumado a que tiene 69 años, no es de importancia para que lo atiendan de urgencia. Finalmente colapsa. Se le ha tapado una arteria y tiene un paro cardíaco al lado mío. Cae  de costado al suelo convulsionando. Lo límites del tiempo y el espacio se me hacen difusos. Corro hacia  la señora que está en la recepción. Voy hacia la puerta de la guardia y creo que la abro a la fuerza, quizás pateándola. Mi madre trata de animarlo como puede. Está llorando. Lo arrastro a mi padre hacia adentro. Es muy pesado. Alguien me ayuda a entrarlo y subirlo a una camilla. Pareciera que no hay nadie en el hospital. Lo dejo en la camilla y entro al show room a los gritos pidiendo un médico. Viene uno hacia mí con cara de enojado preguntándome como entré. Le digo que mi padre tiene convulsiones. Apenas lo ve el médico dice algo así como "código rojo"o "Clave roja". Aparecen médicos de todos lados. Ya hay una legión de médicos sobre él. Un guardia de seguridad nos pide que salgamos a la sala de espera. Mamá no deja de llorar. Salimos afuera y mi madre no deja de repetir que hace dos horas que le estaban diciendo en la recepción y en el  triage que le dolía mucho el pecho. La abrazo  y no digo nada; puede que estemos en una situación que no tenga retorno. El guardia de seguridad me pregunta como se llama mi padre y si se había anunciado. Mi madre le repite a él y a la recepcionista que hace dos horas que están esperando. El guardia vuelve a preguntar el apellido de mi padre. Parece una tomada de pelo. Llega una doctora del equipo que lo está asistiendo. Nos dice que tuvo un paro cardíaco. Mi madre vuelve a repetir toda la secuencia desde la mañana. La doctora nos dice que hay que esperar, que lo están reanimando. Nos dice unas palabras de aliento y nos entrega la ropa de mi padre en una bolsa de consorcio verde. Lo único que queda es esperar. ¿Esperar qué?


















La ley de la ferocidad (Parte 1)

    " Miro el cajón y la sangre sube quemándome la cara, dejándome los brazos vacíos, caídos. Yo estoy tan muerto de miedo como mi padre de vida. No quería tomar, padre, lo último que hubiera querido es tomar, es dejar que ese cielo del odio vuelva a derramar la misma lluvia de odio sobre mí."

La ley de la ferocidad, Pablo Ramos.





     El empleado de la funeraria pide que dejemos la sala, van a cerrar el ataúd. Mi prima lo ayuda a mi padre a bajar por el ascensor. Yo me quedo afuera de la sala mientras escucho como sellan la madera. Es definitivo, ya no hay vuelta atrás. Nunca lo hubo, pero hasta esta momento me resistía. Me quedo parado sin que los empelados adviertan mi presencia. Hasta ahora viene todo bien. Mi padre está resistiendo a todo. Pero todavía me preocupa el entierro, el capítulo final. No hace menos de un mes que tuvo un paro cardíaco. Estuvo 4 día en coma. No se sabía con que secuelas iba a quedar. Y cuando se recupera y vuelve a casa con mamá; a mamá la noquéa su cáncer de colon. Fue un mes de mucho stress para ella. La quimioterapia, el cuidado de las bolsas de colostomía que se le rompían todos los días. El peso de la desgracia y la sensación de finitud a la que nos enfrenta la enfermedad.  
   Ahora debo despedir a mi madre con templanza. No descuidar a mi padre. Ser un puntal para él. Él, desde el momento en que recibió la noticia me deja a mí para que me encargue de todo los arreglos. Todavía se siente muy débil y esto lo ha devastado. Yo también estoy devastado pero sigo igual. Hay amigos y familiares a mi lado acompañándonos.

   El entierro fue rápido. Lloré desconsoladamente, mi padre también. La dejamos en la tierra del cementerio para que finalmente descanse en paz a pesar de su última voluntad. Ella quería que la cremaran, pero como no se había divorciado de su primer marido había que traerlo de Buenos Aires para que firme la conformidad. Esto era un precio que yo no iba a pagar y tuve que decidirlo con mi padre. 
   Luego del entierro estuvimos acompañados por amigos y familiares. Cuando se retiran nos disponemos a dormir una siesta. Creo que dormí y descanse bien por un par de horas. Calculo que mi padre también. La tarde es agradable. Es 16 de noviembre de 2016. Preparo un termo de mate y me siento a la mesa. Mi padre se levanta de la cama y se sienta a la mesa. Por primera vez (pareciera) nos miramos el uno al otro. Noto su mirada abatida, vulnerable:"¿Y ahora que hacemos?", me dice y eso lo dice todo. Estamos solos en una casa devastada. Las paredes y el techo están pero los escombros solo lo vemos nosotros. De esto también me tengo que hacer cargo. No importa. A partir de ahora debo tomar las riendas de la situación para que mi padre no se deprima y la casa no se reduzca a cenizas. Le propongo vender la casa y que se venga a vivir conmigo a Villa Hipódromo. Le muestro casas prefabricadas, planos varios, otras opciones. De vez en cuando me mira como diciendo"ahora dependo de vos". Si.  Y yo de vos, le digo con la mirada. 








    El 11 de octubre termino de leer La ley de la ferocidad. La historia me atrapa desde la primera hoja. La leo en 4 días. Al finalizarla, inmediatamente le escribo a Pablo Ramos para asistir a su talleres. Siento que quiero ser escritor. Tengo 4 cuentos terminados y 2 podrían ser decentes. Le dejo el mensaje por el chat privado de Facebook a la espera de su respuesta. Es martes y ya empiezo a buscar la manera de tomarme vacaciones en el trabajo y ver como asisto, por lo menos, a 4 talleres en el mes. 
    La respuesta de Pablo llega el viernes a eso de las 11.30. Ya está decidido. Pienso sentar a mi madre y a mi padre y decirles de mi proyecto de querer ser escritor. Pero antes tengo que ir a la universidad a cursar Metafísica. Afuera llueve. Hoy voy a dejar la bicicleta para ir en colectivo. A las 12 me llama mi madre diciéndome que está en la guardia del Hospital municipal con Luis, mi padre. Dice que le duele el pecho y hace más de una hora que están esperando. Cuelgo y voy a tomar el colectivo para ir al hospital. Mi proyecto de escritor se disuelve instantáneamente. No sé que pienso o siento. Todo el viaje hasta el centro lo trascurro suspendido. Sin embargo dudo en si seguir hasta la universidad y tomar el síntoma de mi padre como algo pasajero o ir directamente al hospital. Cuando me bajo en Fitz Roy y Brown siento que ya no hay vuelta atrás. Voy a hacia algo que ya he vivido más de una vez. Sigue lloviendo. Tomo un taxi y a eso de las 13 llego a la guardia.
   Mi madre está afuera fumando. Me saluda y me dice que hace una hora y media que están esperando, que le hicieron el triage pero no lo pasaron adentro. A mi padre le duele mucho el pecho. Me acerco y no tiene buena cara, se nota que está sufriendo. La guardia está llena, no abarrotada como otras veces. De la puerta sale gente pero ninguno entra. Solo un pediatra hace pasar a un nene con su madre. Ya han pasado 20 minutos y los nervios me corcomen la carne. Solo espero que abran la puerta y digan:"Semerano". Pero no.
   A mi padre le duele el pecho porque está infartado. Pero para el joven que estudio más de 5 años , ese síntoma, sumado a que tiene 69 años, no es de importancia para que lo atiendan de urgencia. Finalmente colapsa. Se le ha tapado una arteria y tiene un paro cardíaco al lado mío. Cae  de costado al suelo convulsionando. Lo límites del tiempo y el espacio se me hacen difusos. Corro hacia  la señora que está en la recepción. Voy hacia la puerta de la guardia y creo que la abro a la fuerza, quizás pateándola. Mi madre trata de animarlo como puede. Está llorando. Lo arrastro a mi padre hacia adentro. Es muy pesado. Alguien me ayuda a entrarlo y subirlo a una camilla. Pareciera que no hay nadie en el hospital. Lo dejo en la camilla y entro al show room a los gritos pidiendo un médico. Viene uno hacia mí con cara de enojado preguntándome como entré. Le digo que mi padre tiene convulsiones. Apenas lo ve el médico dice algo así como "código rojo"o "Clave roja". Aparecen médicos de todos lados. Ya hay una legión de médicos sobre él. Un guardia de seguridad nos pide que salgamos a la sala de espera. Mamá no deja de llorar. Salimos afuera y mi madre no deja de repetir que hace dos horas que le estaban diciendo en la recepción y en el  triage que le dolía mucho el pecho. La abrazo  y no digo nada; puede que estemos en una situación que no tenga retorno. El guardia de seguridad me pregunta como se llama mi padre y si se había anunciado. Mi madre le repite a él y a la recepcionista que hace dos horas que están esperando. El guardia vuelve a preguntar el apellido de mi padre. Parece una tomada de pelo. Llega una doctora del equipo que lo está asistiendo. Nos dice que tuvo un paro cardíaco. Mi madre vuelve a repetir toda la secuencia desde la mañana. La doctora nos dice que hay que esperar, que lo están reanimando. Nos dice unas palabras de aliento y nos entrega la ropa de mi padre en una bolsa de consorcio verde. Lo único que queda es esperar. ¿Esperar qué?






martes, 1 de enero de 2019

Los Montoneros

Que fueron hostigados por Lavalle

Y que perecieron

En una zanja con el cráneo

Partido por un sable de las

Guerras del Perú y del Brasil

Fueron los mismos

Que murieron en la Plaza de Mayo

En 55.



Los mismos que mueren luego

En la masacre de Ezeiza,

Los que son llevados a Malvinas

Y los que mueren en Kheyvis

Y luego en Cromañón.



La democracia es eso:

Jóvenes muriendo

Y matándose en sí.



Pero hay más masacres

Mas guerras personales,

Privadas.



De esas que nadie atiende

O comprende.



Ya se sabe que volví de Camboya

Que me rendí para ganar;

Pero mis amigos no volvieron.



Ellos también  fueron hostigados

Y perecieron en una zanja

Con el cráneo reventado

Y las venas infestadas

Por el Terrorismo de estado.



En el último campo de batalla

En una lúcida noche

Me vi a  mí mismo

Y escuché por primera vez mi nombre.



Había encontrado al fin

El rostro que tenía

Antes de que el mundo fuera creado.










Los Montoneros
Que fueron hostigados por Lavalle
Y que perecieron
En una zanja con el cráneo
Partido por un sable de las
Guerras del Perú y del Brasil
Fueron los mismos
Que murieron en la Plaza de Mayo
En 55.

Los mismos que mueren luego
En la masacre de Ezeiza,
Los que son llevados a Malvinas
Y los que mueren en Kheyvis
Y luego en Cromañón.

La democracia es eso:
Jóvenes muriendo
Y matándose en sí.

Pero hay más masacres
Mas guerras personales,
Privadas.

De esas que nadie atiende
O comprende.

Ya se sabe que volví de Camboya
Que me rendí para ganar;
Pero mis amigos no volvieron.

Ellos también  fueron hostigados
Y perecieron en una zanja
Con el cráneo reventado
Y las venas infestadas
Por el Terrorismo de estado.

En el último campo de batalla
En una lúcida noche
Me vi a  mí mismo
Y escuché por primera vez mi nombre.

Había encontrado al fin
El rostro que tenía
Antes de que el mundo fuera creado.



    El padre de Emiliano vuela, Emilo Osvaldo Vuela, lector avezado; avezado en libros y en la vida, al leer Parresía, conecta el poema Padre Carlos Mujica (un poema que habla de cirujerar, de juntar cartón en la calle) con un dicho de Napoleón Bonaparte que dice que la corona de Francia, en su momento estaba tirada en el piso y alguien tenía que levantarla. El poema dice lo mismo: la plata está tirada en la calle, solo hay que salir a levantarla.

   Así fue escrita Parresía: una construcción colectiva. Desde las calles mugrientas de Retiro a una referencia a Napoleón, la ansiedad por textos y poetas mayores, menores, cultos, vagabundos o apócrifos; todo sirvió para darle forma (aparente) a este texto que de a poco se va desprendiendo de mí.

   Recuerda Diego Rosake, en esa ansiedad por textos, el encuentro en la Feria de libros y vinilos donde me recuerda con una barba violeta(¿o era azul?) comprando un libro de Séneca. Luego vendría La masmédula en la Galeria Americana, más libros, más referencias, más ideas, más charlas, más fiebre arrasando el verso, buscando la versura. Textos desparramados, escritos en casi todos los cafés de la ciudad, tocando casi todos los rincones de mi memoria, capitalizando experiencias que en su momento nunca creí que pudieran ser material para la escritura. Yo había entrado a la literatura a través de Borges y Sabato. ¿Qué puedo aportarle a la literatura a la sombra de estos grandes? Había que ir al encuentro; como cuando caminaba las calles y los semáforos buscando lo que es mío. Libros de artistas locales, talleres, recitales y mi voz buscando su propia identidad, ¿o la del Reybufón?, ¿o la del Poeta?

   "¿Se puede ser adicto a la poesía?", se pregunta Washigton Cucurto en un poema. No lo sé. Sé que el material de la poesía esta ahí, como el cartón, como la corona de Francia, como la tierra para hacer el barro de mi horno, como la leña secándose, como la cabeza de bufón que está en la portada del libro; cabeza que estaba tirada en el basural que está en frente del hipódromo.

   El año se va cerrando. Lecturas, espacios, amigos y amigas, emociones de las más diversas de todas las voces que pueblan la actividad literaria de la ciudad. Ya no concibo una vida si leer o escribir (¿no será lo mismo?). Lleve a mi padre a la previa del Festival Latinoamericano de poesía para que escuchara lo que hacemos con los pibes de Birra y letra. Mientras leía no me detuve a mirarlo. Cuando Oxi leyó Oda a Emiliano lo vi sonreír y disfrutar del poema. No necesito más nada. Ahora él lo recuerda al Oxi por el poema a Emiliano. Esas cosas hace la poesía.

   Agustín Hernandorena se pregunta si va a haber más tomos de Parresía: la idea es que sí. "Si me preguntan diré todo aquello que mi garganta anestesiada no pudo decir por años". Sigue habiendo material. "La poesía es el exceso del lenguaje", es una de las tantas definiciones a las que llegamos con el doctor Rosake; y exceso con todas sus acepciones.

  Y ahora, en esta soledad que me acompaña, y en la que comprendo que he tomado parte de cada persona para esta literatura me pregunto:



                 ¿Cómo voy a expresar mi gratitud?





P.D 1: el gorro de arlequín lo tengo hace mas de 12 años.

P.D 2: en la presentación estaba vestido casi igual como en una foto que me sacó el Chaqueño en la 9 de julio haciendo malabares. Si hubiera estado descalzo la coincidencia sería casi perfecta.

P.D 3: ¿Se puede estar más cómodo en una presentación tomando mate con el presentador en ese voluptuoso patio que tiene La masmédula libros? No.







































 
    El padre de Emiliano vuela, Emilo Osvaldo Vuela, lector avezado; avezado en libros y en la vida, al leer Parresía, conecta el poema Padre Carlos Mujica (un poema que habla de cirujerar, de juntar cartón en la calle) con un dicho de Napoleón Bonaparte que dice que la corona de Francia, en su momento estaba tirada en el piso y alguien tenía que levantarla. El poema dice lo mismo: la plata está tirada en la calle, solo hay que salir a levantarla.
   Así fue escrita Parresía: una construcción colectiva. Desde las calles mugrientas de Retiro a una referencia a Napoleón, la ansiedad por textos y poetas mayores, menores, cultos, vagabundos o apócrifos; todo sirvió para darle forma (aparente) a este texto que de a poco se va desprendiendo de mí.
   Recuerda Diego Rosake, en esa ansiedad por textos, el encuentro en la Feria de libros y vinilos donde me recuerda con una barba violeta(¿o era azul?) comprando un libro de Séneca. Luego vendría La masmédula en la Galeria Americana, más libros, más referencias, más ideas, más charlas, más fiebre arrasando el verso, buscando la versura. Textos desparramados, escritos en casi todos los cafés de la ciudad, tocando casi todos los rincones de mi memoria, capitalizando experiencias que en su momento nunca creí que pudieran ser material para la escritura. Yo había entrado a la literatura a través de Borges y Sabato. ¿Qué puedo aportarle a la literatura a la sombra de estos grandes? Había que ir al encuentro; como cuando caminaba las calles y los semáforos buscando lo que es mío. Libros de artistas locales, talleres, recitales y mi voz buscando su propia identidad, ¿o la del Reybufón?, ¿o la del Poeta?
   "¿Se puede ser adicto a la poesía?", se pregunta Washigton Cucurto en un poema. No lo sé. Sé que el material de la poesía esta ahí, como el cartón, como la corona de Francia, como la tierra para hacer el barro de mi horno, como la leña secándose, como la cabeza de bufón que está en la portada del libro; cabeza que estaba tirada en el basural que está en frente del hipódromo.
   El año se va cerrando. Lecturas, espacios, amigos y amigas, emociones de las más diversas de todas las voces que pueblan la actividad literaria de la ciudad. Ya no concibo una vida si leer o escribir (¿no será lo mismo?). Lleve a mi padre a la previa del Festival Latinoamericano de poesía para que escuchara lo que hacemos con los pibes de Birra y letra. Mientras leía no me detuve a mirarlo. Cuando Oxi leyó Oda a Emiliano lo vi sonreír y disfrutar del poema. No necesito más nada. Ahora él lo recuerda al Oxi por el poema a Emiliano. Esas cosas hace la poesía.
   Agustín Hernandorena se pregunta si va a haber más tomos de Parresía: la idea es que sí. "Si me preguntan diré todo aquello que mi garganta anestesiada no pudo decir por años". Sigue habiendo material. "La poesía es el exceso del lenguaje", es una de las tantas definiciones a las que llegamos con el doctor Rosake; y exceso con todas sus acepciones.
  Y ahora, en esta soledad que me acompaña, y en la que comprendo que he tomado parte de cada persona para esta literatura me pregunto:

                 ¿Cómo voy a expresar mi gratitud?


P.D 1: el gorro de arlequín lo tengo hace mas de 12 años.
P.D 2: en la presentación estaba vestido casi igual como en una foto que me sacó el Chaqueño en la 9 de julio haciendo malabares. Si hubiera estado descalzo la coincidencia sería casi perfecta.
P.D 3: ¿Se puede estar más cómodo en una presentación tomando mate con el presentador en ese voluptuoso patio que tiene La masmédula libros? No.











 

16 años

 Me dijeron  Que tenía una condición  Física, mental y espiritual. Que era una alergia del cuerpo Una obsesión de la mente Un lugar oscuro d...