Rutinaria y tediosa. Los días en la oficina son siempre iguales. Después del mediodía estas sensaciones irán decayendo hasta convertirse en alivio.
Pero esa mañana un pequeño suceso interrumpió la rutina desgastante y corrosiva. En el alfeizar de la ventana se detuvo a descansar un colibrí; un colibrí azul y delicado como suelen ser los colibríes. Sin pensarlo y con total naturalidad, Hipólito, mi compañero de sección, saludó al colibrí como quién saluda a un viejo amigo o a algún conocido con el que se tiene simpatía.
El resto nos quedamos mirando a Hipólito como conversaba con el colibrí. Pareciera que para Hipólito esto resultaba de lo mas normal pero a nosotros no; pasamos del asombro al pánico en poco tiempo ya que sentíamos como la imagen de Hipólito y el colibrí era una manifestación clara de la locura colectiva que regularmente acecha en la calle, en los hogares, en los estadios, en las paradas de ómnibus, en los templos y en las cacetas telefónicas. Esta epidemia puede tomar cualquier forma y deja a los seres humanos en contacto puro con sus mas profundos y bellos sentimientos. Y hay que hacer cualquier cosa para detener esta epidemia, ya que en la oficinas y en las fabricas esta prohibido tener experiencias que puedan hacerlo a uno replantearse el lugar en el mundo. Seria un catástrofe para nuestra sociedad. Que la gente pueda pensar y sentir por su cuenta es inadmisible en estos días.
Inundados de pánico en la oficina me decidí a rescatar a Hipólito del influjo salvador del colibrí. No podía dejar que un colibrí acabara con el capitalismo. Así que fui acercándome lentamente hasta donde se encontraban Hipólito y el colibrí. Mientras me acercaba escuchaba como Hipolito recibía y acataba directivas del colibrí. Con sigilo y miedo llegué cerca del hombro izquierdo de Hipólito. Al hacer contacto con él, él se dio vuelta y ya no era Hipólito; era un colibrí. Instantáneamente miré a mis compañeros, ellos también eran colibríes. Sentí que tocaban sobre mi hombre izquierdo y al darme vuelta me vi reflejado en el vidrio de la ventana. Yo también era un colibrí. El capitalismo ha quedado sin efecto.
jueves, 8 de diciembre de 2016
El colibrí
Rutinaria y tediosa. Los días en la oficina son siempre iguales. Después del mediodía estas sensaciones irán decayendo hasta convertirse en alivio.
Pero esa mañana un pequeño suceso interrumpió la rutina desgastante y corrosiva. En el alfeizar de la ventana se detuvo a descansar un colibrí; un colibrí azul y delicado como suelen ser los colibríes. Sin pensarlo y con total naturalidad, Hipólito, mi compañero de sección, saludó al colibrí como quién saluda a un viejo amigo o a algún conocido con el que se tiene simpatía.
El resto nos quedamos mirando a Hipólito como conversaba con el colibrí. Pareciera que para Hipólito esto resultaba de lo mas normal pero a nosotros no; pasamos del asombro al pánico en poco tiempo ya que sentíamos como la imagen de Hipólito y el colibrí era una manifestación clara de la locura colectiva que regularmente acecha en la calle, en los hogares, en los estadios, en las paradas de ómnibus, en los templos y en las cacetas telefónicas. Esta epidemia puede tomar cualquier forma y deja a los seres humanos en contacto puro con sus mas profundos y bellos sentimientos. Y hay que hacer cualquier cosa para detener esta epidemia, ya que en la oficinas y en las fabricas esta prohibido tener experiencias que puedan hacerlo a uno replantearse el lugar en el mundo. Seria un catástrofe para nuestra sociedad. Que la gente pueda pensar y sentir por su cuenta es inadmisible en estos días.
Inundados de pánico en la oficina me decidí a rescatar a Hipólito del influjo salvador del colibrí. No podía dejar que un colibrí acabara con el capitalismo. Así que fui acercándome lentamente hasta donde se encontraban Hipólito y el colibrí. Mientras me acercaba escuchaba como Hipolito recibía y acataba directivas del colibrí. Con sigilo y miedo llegué cerca del hombro izquierdo de Hipólito. Al hacer contacto con él, él se dio vuelta y ya no era Hipólito; era un colibrí. Instantáneamente miré a mis compañeros, ellos también eran colibríes. Sentí que tocaban sobre mi hombre izquierdo y al darme vuelta me vi reflejado en el vidrio de la ventana. Yo también era un colibrí. El capitalismo ha quedado sin efecto.
Pero esa mañana un pequeño suceso interrumpió la rutina desgastante y corrosiva. En el alfeizar de la ventana se detuvo a descansar un colibrí; un colibrí azul y delicado como suelen ser los colibríes. Sin pensarlo y con total naturalidad, Hipólito, mi compañero de sección, saludó al colibrí como quién saluda a un viejo amigo o a algún conocido con el que se tiene simpatía.
El resto nos quedamos mirando a Hipólito como conversaba con el colibrí. Pareciera que para Hipólito esto resultaba de lo mas normal pero a nosotros no; pasamos del asombro al pánico en poco tiempo ya que sentíamos como la imagen de Hipólito y el colibrí era una manifestación clara de la locura colectiva que regularmente acecha en la calle, en los hogares, en los estadios, en las paradas de ómnibus, en los templos y en las cacetas telefónicas. Esta epidemia puede tomar cualquier forma y deja a los seres humanos en contacto puro con sus mas profundos y bellos sentimientos. Y hay que hacer cualquier cosa para detener esta epidemia, ya que en la oficinas y en las fabricas esta prohibido tener experiencias que puedan hacerlo a uno replantearse el lugar en el mundo. Seria un catástrofe para nuestra sociedad. Que la gente pueda pensar y sentir por su cuenta es inadmisible en estos días.
Inundados de pánico en la oficina me decidí a rescatar a Hipólito del influjo salvador del colibrí. No podía dejar que un colibrí acabara con el capitalismo. Así que fui acercándome lentamente hasta donde se encontraban Hipólito y el colibrí. Mientras me acercaba escuchaba como Hipolito recibía y acataba directivas del colibrí. Con sigilo y miedo llegué cerca del hombro izquierdo de Hipólito. Al hacer contacto con él, él se dio vuelta y ya no era Hipólito; era un colibrí. Instantáneamente miré a mis compañeros, ellos también eran colibríes. Sentí que tocaban sobre mi hombre izquierdo y al darme vuelta me vi reflejado en el vidrio de la ventana. Yo también era un colibrí. El capitalismo ha quedado sin efecto.
miércoles, 7 de diciembre de 2016
Tai-chi
Peatonal Drago: Humanidad que cae lentamente
Caída del olvido
Caída del hombre sobre el inconsciente (¿colectivo?)
Ahí me muestro como soy
Detrás de las máscaras que voy dejando a través de los años
Ya las he usado a todas
Y al final todas se resquebrajaron;
De las piezas rotas, ya no haré nada,
Solo dejarlas a un lado para que el tiempo las erosione
Al final (nuevamente), al igual que mi osamenta;
También se erosionará y a todo esto sobrevivirá la memoria
La memoria inmortal que engaña al tiempo
Y vence al tiempo
Hacía allí me dirijo, al lugar de la memoria eterna
Como la eternidad misma.
Ácido, apego, ira, café, teléfono, encendedor, tos, cantar, gritar, llaves, música, señora, bolso, radio, soda, moto, honda, patada, tai-chi, caer, despacito, señorita, mirada, rubia, zapatos, empapado, mañana, bolso rojo, ojotas, palomas, universidad, pajita, gorra rosa, vestido, 866 CDR, parquimetro, cobrar, vuelto, fatiga, lentes, agua, botella, trae el vuelto, papas fritas, leche, Claro, Topper, morral, camisa, agua rosa, mas vestidos, boludeces, plumitas, falda blanca, ¿cómo va?, librería, peluquería, fila ¿laburando? Perdí la bruja en la esquina, tá re piola, dame dame , bebé, carrito, buuuaaa!
Caída del olvido
Caída del hombre sobre el inconsciente (¿colectivo?)
Ahí me muestro como soy
Detrás de las máscaras que voy dejando a través de los años
Ya las he usado a todas
Y al final todas se resquebrajaron;
De las piezas rotas, ya no haré nada,
Solo dejarlas a un lado para que el tiempo las erosione
Al final (nuevamente), al igual que mi osamenta;
También se erosionará y a todo esto sobrevivirá la memoria
La memoria inmortal que engaña al tiempo
Y vence al tiempo
Hacía allí me dirijo, al lugar de la memoria eterna
Como la eternidad misma.
Ácido, apego, ira, café, teléfono, encendedor, tos, cantar, gritar, llaves, música, señora, bolso, radio, soda, moto, honda, patada, tai-chi, caer, despacito, señorita, mirada, rubia, zapatos, empapado, mañana, bolso rojo, ojotas, palomas, universidad, pajita, gorra rosa, vestido, 866 CDR, parquimetro, cobrar, vuelto, fatiga, lentes, agua, botella, trae el vuelto, papas fritas, leche, Claro, Topper, morral, camisa, agua rosa, mas vestidos, boludeces, plumitas, falda blanca, ¿cómo va?, librería, peluquería, fila ¿laburando? Perdí la bruja en la esquina, tá re piola, dame dame , bebé, carrito, buuuaaa!
Tai-chi
Peatonal Drago: Humanidad que cae lentamente
Caída del olvido
Caída del hombre sobre el inconsciente (¿colectivo?)
Ahí me muestro como soy
Detrás de las máscaras que voy dejando a través de los años
Ya las he usado a todas
Y al final todas se resquebrajaron;
De las piezas rotas, ya no haré nada,
Solo dejarlas a un lado para que el tiempo las erosione
Al final (nuevamente), al igual que mi osamenta;
También se erosionará y a todo esto sobrevivirá la memoria
La memoria inmortal que engaña al tiempo
Y vence al tiempo
Hacía allí me dirijo, al lugar de la memoria eterna
Como la eternidad misma.
Caída del olvido
Caída del hombre sobre el inconsciente (¿colectivo?)
Ahí me muestro como soy
Detrás de las máscaras que voy dejando a través de los años
Ya las he usado a todas
Y al final todas se resquebrajaron;
De las piezas rotas, ya no haré nada,
Solo dejarlas a un lado para que el tiempo las erosione
Al final (nuevamente), al igual que mi osamenta;
También se erosionará y a todo esto sobrevivirá la memoria
La memoria inmortal que engaña al tiempo
Y vence al tiempo
Hacía allí me dirijo, al lugar de la memoria eterna
Como la eternidad misma.
Fantasmas de diciembre
El fantasma arrasó con la mente de la gente. Como hace 15 años la gente pareciera volver a ese fatídico diciembre. Como se puede pensar en que la gente quisiera volver a esas épocas. Todavía las imágenes perduran, casi lúcidas, casi vívidas en mi persona.
Cómo olvidar esas épocas, cómo olvidar las rondas de patrulleros yendo y viniendo con un oficial y su escopeta con medio cuerpo afuera del móvil con toda intención de disparar.
En las esquinas se podían ver las fogatas de la gente reunida resistiendo las oleadas imaginarias de los saqueos (solamente uno fue real, los demás fueron inventos y no de los medios), cada cual cuidando su cuadra, cada cual cuidando a su gente. Una fogata en cada esquina, en cada tribu, en cada clan, al igual que en la tercera parte del Señor de los anillos: Una fogata encendida hacia prender a la de la otra esquina invitando a armarse y prepararse para la guerra.
Al igual que en Vietnam, en vez de arrojar bombas de napalm, en este caso las bombas que se arrojaban eran las del miedo. Armas y miedo. Guerra y neurosis.
Cómo olvidar esas épocas, cómo olvidar las rondas de patrulleros yendo y viniendo con un oficial y su escopeta con medio cuerpo afuera del móvil con toda intención de disparar.
En las esquinas se podían ver las fogatas de la gente reunida resistiendo las oleadas imaginarias de los saqueos (solamente uno fue real, los demás fueron inventos y no de los medios), cada cual cuidando su cuadra, cada cual cuidando a su gente. Una fogata en cada esquina, en cada tribu, en cada clan, al igual que en la tercera parte del Señor de los anillos: Una fogata encendida hacia prender a la de la otra esquina invitando a armarse y prepararse para la guerra.
Al igual que en Vietnam, en vez de arrojar bombas de napalm, en este caso las bombas que se arrojaban eran las del miedo. Armas y miedo. Guerra y neurosis.
Fantasmas de diciembre
El fantasma arrasó con la mente de la gente. Como hace 15 años la gente pareciera volver a ese fatídico diciembre. Como se puede pensar en que la gente quisiera volver a esas épocas. Todavía las imágenes perduran, casi lúcidas, casi vívidas en mi persona.
Cómo olvidar esas épocas, cómo olvidar las rondas de patrulleros yendo y viniendo con un oficial y su escopeta con medio cuerpo afuera del móvil con toda intención de disparar.
En las esquinas se podían ver las fogatas de la gente reunida resistiendo las oleadas imaginarias de los saqueos (solamente uno fue real, los demás fueron inventos y no de los medios), cada cual cuidando su cuadra, cada cual cuidando a su gente. Una fogata en cada esquina, en cada tribu, en cada clan, al igual que en la tercera parte del Señor de los anillos: Una fogata encendida hacia prender a la de la otra esquina invitando a armarse y prepararse para la guerra.
Al igual que en Vietnam, en vez de arrojar bombas de napalm, en este caso las bombas que se arrojaban eran las del miedo. Armas y miedo. Guerra y neurosis.
Cómo olvidar esas épocas, cómo olvidar las rondas de patrulleros yendo y viniendo con un oficial y su escopeta con medio cuerpo afuera del móvil con toda intención de disparar.
En las esquinas se podían ver las fogatas de la gente reunida resistiendo las oleadas imaginarias de los saqueos (solamente uno fue real, los demás fueron inventos y no de los medios), cada cual cuidando su cuadra, cada cual cuidando a su gente. Una fogata en cada esquina, en cada tribu, en cada clan, al igual que en la tercera parte del Señor de los anillos: Una fogata encendida hacia prender a la de la otra esquina invitando a armarse y prepararse para la guerra.
Al igual que en Vietnam, en vez de arrojar bombas de napalm, en este caso las bombas que se arrojaban eran las del miedo. Armas y miedo. Guerra y neurosis.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Memoria
Aquelarre de tribus nómadas resplandecen en la orilla del río Pilcomayo. Mis propias luces ya no están; están con aquellas tribus que recuerdan el pulso de sus antepasados en el repiqueteo de los tambores. Esto me hace pensar en mis antepasados; mi sangre viviendo en España o Paraguay. Mi sangre tiene ese linaje, y lo sé, vibra en mi cuerpo los antepasados que poblaron el mundo. Yo soy parte de ellos y ellos son parte mía.
Estas lineas tratan de de traer la memoria que está en la sangre, que lucha por no ser olvidada. Lucha por tener su voz, por contar todas esas historias que el tiempo ha guardado celosamente.
Tantas historias por contar y hacerlas parte de este papel para comunicar al mundo que "esta sangre tiene sus cosas por contar y merecen ser contadas", y ese es el propósito de la sangre: contar historias
Estas lineas tratan de de traer la memoria que está en la sangre, que lucha por no ser olvidada. Lucha por tener su voz, por contar todas esas historias que el tiempo ha guardado celosamente.
Tantas historias por contar y hacerlas parte de este papel para comunicar al mundo que "esta sangre tiene sus cosas por contar y merecen ser contadas", y ese es el propósito de la sangre: contar historias
Memoria
Aquelarre de tribus nómadas resplandecen en la orilla del río Pilcomayo. Mis propias luces ya no están; están con aquellas tribus que recuerdan el pulso de sus antepasados en el repiqueteo de los tambores. Esto me hace pensar en mis antepasados; mi sangre viviendo en España o Paraguay. Mi sangre tiene ese linaje, y lo sé, vibra en mi cuerpo los antepasados que poblaron el mundo. Yo soy parte de ellos y ellos son parte mía.
Estas lineas tratan de de traer la memoria que está en la sangre, que lucha por no ser olvidada. Lucha por tener su voz, por contar todas esas historias que el tiempo ha guardado celosamente.
Tantas historias por contar y hacerlas parte de este papel para comunicar al mundo que "esta sangre tiene sus cosas por contar y merecen ser contadas", y ese es el propósito de la sangre: contar historias
Estas lineas tratan de de traer la memoria que está en la sangre, que lucha por no ser olvidada. Lucha por tener su voz, por contar todas esas historias que el tiempo ha guardado celosamente.
Tantas historias por contar y hacerlas parte de este papel para comunicar al mundo que "esta sangre tiene sus cosas por contar y merecen ser contadas", y ese es el propósito de la sangre: contar historias
lunes, 28 de noviembre de 2016
Caronte
Humedad fría en la mañana
Frío y austeridad
La memoria devuelve las formas
A veces, solo, por un momento
Una memoria frágil y fuerte a la vez
En este espacio lo evoco,
con calor y cierta timidez
Será que aún tengo miedo
(la muerte siempre es la primera vez)
Pero es momento de crecer
(otra vez)
Y estar, despedir, desde el umbral
Ya las deudas las he pagado
A Caronte, el barquero
Ya el viaje ha empezado
Y la despedimos
Ya sabrás quién sos
Ya sabrás tu nombre
Ya podrás conocer tu cara
La cara que tenías antes de que el mundo fuera creado
Frío y austeridad
La memoria devuelve las formas
A veces, solo, por un momento
Una memoria frágil y fuerte a la vez
En este espacio lo evoco,
con calor y cierta timidez
Será que aún tengo miedo
(la muerte siempre es la primera vez)
Pero es momento de crecer
(otra vez)
Y estar, despedir, desde el umbral
Ya las deudas las he pagado
A Caronte, el barquero
Ya el viaje ha empezado
Y la despedimos
Ya sabrás quién sos
Ya sabrás tu nombre
Ya podrás conocer tu cara
La cara que tenías antes de que el mundo fuera creado
Caronte
Humedad fría en la mañana
Frío y austeridad
La memoria devuelve las formas
A veces, solo, por un momento
Una memoria frágil y fuerte a la vez
En este espacio lo evoco,
con calor y cierta timidez
Será que aún tengo miedo
(la muerte siempre es la primera vez)
Pero es momento de crecer
(otra vez)
Y estar, despedir, desde el umbral
Ya las deudas las he pagado
A Caronte, el barquero
Ya el viaje ha empezado
Y la despedimos
Ya sabrás quién sos
Ya sabrás tu nombre
Ya podrás conocer tu cara
La cara que tenías antes de que el mundo fuera creado
Frío y austeridad
La memoria devuelve las formas
A veces, solo, por un momento
Una memoria frágil y fuerte a la vez
En este espacio lo evoco,
con calor y cierta timidez
Será que aún tengo miedo
(la muerte siempre es la primera vez)
Pero es momento de crecer
(otra vez)
Y estar, despedir, desde el umbral
Ya las deudas las he pagado
A Caronte, el barquero
Ya el viaje ha empezado
Y la despedimos
Ya sabrás quién sos
Ya sabrás tu nombre
Ya podrás conocer tu cara
La cara que tenías antes de que el mundo fuera creado
lunes, 14 de noviembre de 2016
Heidegger
Valles de fuego transparente
Desde lo alto, desde las sospechosas cumbres
Bajan con intensidad suave...
Estas ráfagas de aburrimiento tenue
(Yo) me encuentro inmerso,
Aburrido, hastiado
Me observo (a mí mismo), antes de ser y de poder comprenderlo
En mi osamenta libre de carne y razón
Veo a la Nada en el espacio vacío de mis huesos
Veo a las ráfagas de aburrimiento atravesarme
Angustia; temple de ánimo
Todo lo nivela
Todo lo atraviesa
En uno de los flancos violentos del valle
Lo veo, a él, y donde mora
Magnificente, oscuro, místico
Me susurra el misterio;
Como el delicado sonido de un arroyo haciéndose paso entre rocas sin nombre
Me dejo caer y arrastrarme
Por la bruma violácea del aburrimiento
Angustia...Angustia...Angustia...Temple de ánimo
Abismo, cuerda, salto
Y más allá...más allá
Vapor de la irrealidad
Asomando y escondiéndose a la vez.
"La noche en que Eróstrato quemó el templo de Éfeso vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia"
Me susurraste el misterio y el propósito de la filosofía a través de un poema que escuche en el vientre de mi madre. Vos ya te estabas despidiendo de este mundo material para volver a iniciar nuevamente el eterno retorno; retomar el estado anterior, el estado optimo, el de la pre comprensión, el estado en el cual las cosas se muestran tal como son. Todo esto lo descubrí en mi niñez, sobre las escrituras de las que hablaba mi padre con devoción y del cual yo también sentí la llama ardiente del espíritu inundar mi corazón ansioso de sabiduría. Descubrí tu voz en mi adolescencia (supe que era tu voz, esa voz que escuché por primera vez en el vientre de mi madre) cuando leí la voz del anti profeta en tu monumental obra.
Entonces la sospecha se apropió de mi pensamiento y mi lenguaje. Emprendí mi aventura espiritual en la antigua Grecia, posteriormente en las obras de El filósofo y luego me apasioné con la vida y los textos de Tomás de Aquino y San Agustin. Todos ellos buscadores de ese misterio que va arastrandose y escapándose en cada época; y yo soy uno más buscando el misterio de ese susurro en la caída de una sola palabra. Avanzada ya mi búsqueda me encontré en un dilema, y comprendí que yo también debía iniciar mi camino circular y eterno por los valles de fuego transparente de la filosofía.
Quizás confundí el espíritu político de mi época en el que me tocó vivir con el espíritu de Dióniso. Así que pagaré por esta decisión por el resto de mi vida y por el resto de lo que pueda llegar a juzgarme la historia; pero sé perfectamente que podré enmendarme a mí mismo y a mi pensamiento en la sucesivas e infinitas vueltas en las que me encuentre reescribiendo esta humilde reflexión. Por eso en la cumbre de mi vitalidad preferí callar y no dar explicaciones. Empecé a comprender la Nada y el poder del Silencio también, en la tranquilidad del oscuro bosque donde me conecto con la esencia, si es que puede llamarse esencia, del mundo.
Ahora, tu, lector, has sentido el llamado del misterio y sientes que tu también tienes que embarcarte en esta aventura espiritual que se nos escapa constantemente pero sabes que está allí, al acecho, sin nombres y a la espera de llenar infinitas páginas de volúmenes incompletos, los míos inclusive. Así que no desesperes lector, nosotros estaremos allí para auxiliarte en los momentos en los que sientas que el significado de las cosas se te escapen de ti mismo. La ventaja de viajar en una rueda es que siempre se vuelve al mismo lugar.
Desde lo alto, desde las sospechosas cumbres
Bajan con intensidad suave...
Estas ráfagas de aburrimiento tenue
(Yo) me encuentro inmerso,
Aburrido, hastiado
Me observo (a mí mismo), antes de ser y de poder comprenderlo
En mi osamenta libre de carne y razón
Veo a la Nada en el espacio vacío de mis huesos
Veo a las ráfagas de aburrimiento atravesarme
Angustia; temple de ánimo
Todo lo nivela
Todo lo atraviesa
En uno de los flancos violentos del valle
Lo veo, a él, y donde mora
Magnificente, oscuro, místico
Me susurra el misterio;
Como el delicado sonido de un arroyo haciéndose paso entre rocas sin nombre
Me dejo caer y arrastrarme
Por la bruma violácea del aburrimiento
Angustia...Angustia...Angustia...Temple de ánimo
Abismo, cuerda, salto
Y más allá...más allá
Vapor de la irrealidad
Asomando y escondiéndose a la vez.
"La noche en que Eróstrato quemó el templo de Éfeso vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia"
Me susurraste el misterio y el propósito de la filosofía a través de un poema que escuche en el vientre de mi madre. Vos ya te estabas despidiendo de este mundo material para volver a iniciar nuevamente el eterno retorno; retomar el estado anterior, el estado optimo, el de la pre comprensión, el estado en el cual las cosas se muestran tal como son. Todo esto lo descubrí en mi niñez, sobre las escrituras de las que hablaba mi padre con devoción y del cual yo también sentí la llama ardiente del espíritu inundar mi corazón ansioso de sabiduría. Descubrí tu voz en mi adolescencia (supe que era tu voz, esa voz que escuché por primera vez en el vientre de mi madre) cuando leí la voz del anti profeta en tu monumental obra.
Entonces la sospecha se apropió de mi pensamiento y mi lenguaje. Emprendí mi aventura espiritual en la antigua Grecia, posteriormente en las obras de El filósofo y luego me apasioné con la vida y los textos de Tomás de Aquino y San Agustin. Todos ellos buscadores de ese misterio que va arastrandose y escapándose en cada época; y yo soy uno más buscando el misterio de ese susurro en la caída de una sola palabra. Avanzada ya mi búsqueda me encontré en un dilema, y comprendí que yo también debía iniciar mi camino circular y eterno por los valles de fuego transparente de la filosofía.
Quizás confundí el espíritu político de mi época en el que me tocó vivir con el espíritu de Dióniso. Así que pagaré por esta decisión por el resto de mi vida y por el resto de lo que pueda llegar a juzgarme la historia; pero sé perfectamente que podré enmendarme a mí mismo y a mi pensamiento en la sucesivas e infinitas vueltas en las que me encuentre reescribiendo esta humilde reflexión. Por eso en la cumbre de mi vitalidad preferí callar y no dar explicaciones. Empecé a comprender la Nada y el poder del Silencio también, en la tranquilidad del oscuro bosque donde me conecto con la esencia, si es que puede llamarse esencia, del mundo.
Ahora, tu, lector, has sentido el llamado del misterio y sientes que tu también tienes que embarcarte en esta aventura espiritual que se nos escapa constantemente pero sabes que está allí, al acecho, sin nombres y a la espera de llenar infinitas páginas de volúmenes incompletos, los míos inclusive. Así que no desesperes lector, nosotros estaremos allí para auxiliarte en los momentos en los que sientas que el significado de las cosas se te escapen de ti mismo. La ventaja de viajar en una rueda es que siempre se vuelve al mismo lugar.
Heidegger
Valles de fuego transparente
Desde lo alto, desde las sospechosas cumbres
Bajan con intensidad suave...
Estas ráfagas de aburrimiento tenue
(Yo) me encuentro inmerso,
Aburrido, hastiado
Me observo (a mí mismo), antes de ser y de poder comprenderlo
En mi osamenta libre de carne y razón
Veo a la Nada en el espacio vacío de mis huesos
Veo a las ráfagas de aburrimiento atravesarme
Angustia; temple de ánimo
Todo lo nivela
Todo lo atraviesa
En uno de los flancos violentos del valle
Lo veo, a él, y donde mora
Magnificente, oscuro, místico
Me susurra el misterio;
Como el delicado sonido de un arroyo haciéndose paso entre rocas sin nombre
Me dejo caer y arrastrarme
Por la bruma violácea del aburrimiento
Angustia...Angustia...Angustia...Temple de ánimo
Abismo, cuerda, salto
Y más allá...más allá
Vapor de la irrealidad
Asomando y escondiéndose a la vez.
Y más allá...más allá
Vapor de la irrealidad
Asomando y escondiéndose a la vez.
"La noche en que Eróstrato quemó el templo de Éfeso vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia"
Me susurraste el misterio y el propósito de la filosofía a través de un poema que escuche en el vientre de mi madre. Vos ya te estabas despidiendo de este mundo material para volver a iniciar nuevamente el eterno retorno; retomar el estado anterior, el estado optimo, el de la pre comprensión, el estado en el cual las cosas se muestran tal como son. Todo esto lo descubrí en mi niñez, sobre las escrituras de las que hablaba mi padre con devoción y del cual yo también sentí la llama ardiente del espíritu inundar mi corazón ansioso de sabiduría. Descubrí tu voz en mi adolescencia (supe que era tu voz, esa voz que escuché por primera vez en el vientre de mi madre) cuando leí la voz del anti profeta en tu monumental obra.
Entonces la sospecha se apropió de mi pensamiento y mi lenguaje. Emprendí mi aventura espiritual en la antigua Grecia, posteriormente en las obras de El filósofo y luego me apasioné con la vida y los textos de Tomás de Aquino y San Agustin. Todos ellos buscadores de ese misterio que va arastrandose y escapándose en cada época; y yo soy uno más buscando el misterio de ese susurro en la caída de una sola palabra. Avanzada ya mi búsqueda me encontré en un dilema, y comprendí que yo también debía iniciar mi camino circular y eterno por los valles de fuego transparente de la filosofía.
Entonces la sospecha se apropió de mi pensamiento y mi lenguaje. Emprendí mi aventura espiritual en la antigua Grecia, posteriormente en las obras de El filósofo y luego me apasioné con la vida y los textos de Tomás de Aquino y San Agustin. Todos ellos buscadores de ese misterio que va arastrandose y escapándose en cada época; y yo soy uno más buscando el misterio de ese susurro en la caída de una sola palabra. Avanzada ya mi búsqueda me encontré en un dilema, y comprendí que yo también debía iniciar mi camino circular y eterno por los valles de fuego transparente de la filosofía.
Quizás confundí el espíritu político de mi época en el que me tocó vivir con el espíritu de Dióniso. Así que pagaré por esta decisión por el resto de mi vida y por el resto de lo que pueda llegar a juzgarme la historia; pero sé perfectamente que podré enmendarme a mí mismo y a mi pensamiento en la sucesivas e infinitas vueltas en las que me encuentre reescribiendo esta humilde reflexión. Por eso en la cumbre de mi vitalidad preferí callar y no dar explicaciones. Empecé a comprender la Nada y el poder del Silencio también, en la tranquilidad del oscuro bosque donde me conecto con la esencia, si es que puede llamarse esencia, del mundo.
Ahora, tu, lector, has sentido el llamado del misterio y sientes que tu también tienes que embarcarte en esta aventura espiritual que se nos escapa constantemente pero sabes que está allí, al acecho, sin nombres y a la espera de llenar infinitas páginas de volúmenes incompletos, los míos inclusive. Así que no desesperes lector, nosotros estaremos allí para auxiliarte en los momentos en los que sientas que el significado de las cosas se te escapen de ti mismo. La ventaja de viajar en una rueda es que siempre se vuelve al mismo lugar.
Ahora, tu, lector, has sentido el llamado del misterio y sientes que tu también tienes que embarcarte en esta aventura espiritual que se nos escapa constantemente pero sabes que está allí, al acecho, sin nombres y a la espera de llenar infinitas páginas de volúmenes incompletos, los míos inclusive. Así que no desesperes lector, nosotros estaremos allí para auxiliarte en los momentos en los que sientas que el significado de las cosas se te escapen de ti mismo. La ventaja de viajar en una rueda es que siempre se vuelve al mismo lugar.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Los turrones
Me toco el pecho y siento como mi corazón late. Me toco la cabeza y late igual que mi corazón. Parece que en cualquier momento va a estallar. Si hago algún movimiento brusco puede que caiga al piso y estalle. Puede que algún pensamiento también la haga estallar. O la luz del sol que entra a través de mis ojos la desinfle y un líquido viscoso y caliente salga por todos mis orificios. Mientras camino me doy cuenta de que no hace mucho que amaneció. La ruta se encuentra transitada. Me pregunto qué ruta será y qué hago caminando por acá. Recuerdo no pensar mucho para que mi cerebro no explote. Un sabor agrio me sube por la garganta, agrio y caliente. Dejo al lado de la ruta mi última bilis. Me retuerzo pero ya no queda nada. Solo el recordatorio de mi hígado que me recuerda como lo sigo maltratando. Voy llegando a una estación de servicio. Busco el baño y me dirijo al último cubículo. Los grilos abajo y también despido lo poco que hay en mis intestinos. Dos puntadas me atraviesan: una en la cabeza y la otra en el hígado. Me quedo sentado con los ojos cerrados. Escucho que entra gente al baño y comentan la bronca que hay. Sigo sentado con los ojos cerrados. Me duermo.
Golpean la puerta y me despierto de un sobresalto. Me preguntan si está todo bien. Digo que sí, que ya salgo. Seguro que es uno de los playeros que escuchó como roncaba. Voy al lavamanos. Me mojo bien la cara y el pelo. Me hizo bien la siesta, ya se me pasó el dolor de cabeza. El hígado parece que también se ha recuperado. Dejo la estación y sigo al costado de la ruta en no sé qué dirección. El sol cada vez calienta más. Ya puedo pensar con un poco más de claridad. El último registro que tengo antes de las clonazepam es que estaba en La Korea. Mientras los autos y camiones pasan a mi lado me pregunto como hice para recorrer catorce estaciones desde La Korea a Retiro y otras diez más hasta esta zona. Porque ya me he dado cuenta de que ando por Burzaco. Estoy caminando por Camino de Cintura y, si no me equivoco, en breve estaré en la rotonda de Lavallol. Y efectivamente, estoy llegando a la rotonda. A pesar de esta laguna mental que es más grande que el Nahuel Huapi, la he sacado barata otra vez. No tengo agujeros, en el baño de la estación no me vi moretones ni chichones. En cana no estoy. Lo que si se está gestando otra vez es el hambre. De a poco va creciendo. Si el hígado lo permite deberé comer algo. Reviso los bolsillos: nada. Estoy en un problema. Llego a la rotonda de Lavallol.
Al llegar a la rotonda agarro por Monteverde. Me acuerdo que hay una parrilla antes de llegar a La 24. El problema es cómo voy a pagar. Creo que no debería pagar. Pienso, algo se me tiene que ocurrir. En la puerta de un supermercado agarro una caja de cartón vacía. Entro a un kiosko con mi caja y le pregunto a la dueña si me presta un fibrón. Le digo que recién vengo del mayorista, que vendo turrones y que quiero ponerle el precio de la oferta al costado de la caja. La señora me da el fibrón y marco en uno de los costado bien grande y con trazo grueso: 4 turrones 5 pesos. Le agradezco y salgo en dirección a la parrilla. Levanto una piedra y la meto adentro de la la caja. Finalmente llego a la parrilla.
Suenan Los palmeras en la radio del parrillero. Ya hay un par de comenzales, colectiveros en su mayoría. Saludo y me siento en el mostrador. Ubico la caja a mi lado con el lado que tiene la oferta para que se vea con lo que me gano la vida. El parrillero se acerca, saluda y me pregunta qué me voy a servir. Mira a la caja. Le pido dos empanadas y un pingüino de vino, y para después un pedazo de vacío al pan. Vuelve con la bebida y la empanadas y pregunta como anda el pique. Le digo que bien, que si sigue así hoy me voy temprano a mi casa. Vuelve a la parrilla a charquear el vacío para hacer el sandwich. Sigue llegando gente a la parrilla. Ahora suenan Los del Fuego con su versión de Persiana amercana.
El hígado resistió a dos empanadas bastante picantes, un buen pingïno de vino con soda y un suculento sandwich de vacío. La parrilla ya está llena. Ahora es el momento. Le pido la cuenta al parrilero. En el momento que va a la caja meto la mano en el bolsillo y le pregunto si tiene cambio de 100. "No pibe, me arruinás", dice. Le digo que voy hasta la agencia de quiniela que está a la vuelta. Le encargo la caja con "mercadería". "Mira que es todo lo que tengo para seguir laburando", le digo y voy hasta La 24. Doblo la esquina, llego a la agencia de quiniela y paso de largo. Hago dos cuadras y me encuentro con un pinta que conozco. Quiere ir a La Itatí a comprar gilada. Me dice que tiene plata. "Bueno", le digo y nos vamos a tomar el 257.
Golpean la puerta y me despierto de un sobresalto. Me preguntan si está todo bien. Digo que sí, que ya salgo. Seguro que es uno de los playeros que escuchó como roncaba. Voy al lavamanos. Me mojo bien la cara y el pelo. Me hizo bien la siesta, ya se me pasó el dolor de cabeza. El hígado parece que también se ha recuperado. Dejo la estación y sigo al costado de la ruta en no sé qué dirección. El sol cada vez calienta más. Ya puedo pensar con un poco más de claridad. El último registro que tengo antes de las clonazepam es que estaba en La Korea. Mientras los autos y camiones pasan a mi lado me pregunto como hice para recorrer catorce estaciones desde La Korea a Retiro y otras diez más hasta esta zona. Porque ya me he dado cuenta de que ando por Burzaco. Estoy caminando por Camino de Cintura y, si no me equivoco, en breve estaré en la rotonda de Lavallol. Y efectivamente, estoy llegando a la rotonda. A pesar de esta laguna mental que es más grande que el Nahuel Huapi, la he sacado barata otra vez. No tengo agujeros, en el baño de la estación no me vi moretones ni chichones. En cana no estoy. Lo que si se está gestando otra vez es el hambre. De a poco va creciendo. Si el hígado lo permite deberé comer algo. Reviso los bolsillos: nada. Estoy en un problema. Llego a la rotonda de Lavallol.
Al llegar a la rotonda agarro por Monteverde. Me acuerdo que hay una parrilla antes de llegar a La 24. El problema es cómo voy a pagar. Creo que no debería pagar. Pienso, algo se me tiene que ocurrir. En la puerta de un supermercado agarro una caja de cartón vacía. Entro a un kiosko con mi caja y le pregunto a la dueña si me presta un fibrón. Le digo que recién vengo del mayorista, que vendo turrones y que quiero ponerle el precio de la oferta al costado de la caja. La señora me da el fibrón y marco en uno de los costado bien grande y con trazo grueso: 4 turrones 5 pesos. Le agradezco y salgo en dirección a la parrilla. Levanto una piedra y la meto adentro de la la caja. Finalmente llego a la parrilla.
Suenan Los palmeras en la radio del parrillero. Ya hay un par de comenzales, colectiveros en su mayoría. Saludo y me siento en el mostrador. Ubico la caja a mi lado con el lado que tiene la oferta para que se vea con lo que me gano la vida. El parrillero se acerca, saluda y me pregunta qué me voy a servir. Mira a la caja. Le pido dos empanadas y un pingüino de vino, y para después un pedazo de vacío al pan. Vuelve con la bebida y la empanadas y pregunta como anda el pique. Le digo que bien, que si sigue así hoy me voy temprano a mi casa. Vuelve a la parrilla a charquear el vacío para hacer el sandwich. Sigue llegando gente a la parrilla. Ahora suenan Los del Fuego con su versión de Persiana amercana.
El hígado resistió a dos empanadas bastante picantes, un buen pingïno de vino con soda y un suculento sandwich de vacío. La parrilla ya está llena. Ahora es el momento. Le pido la cuenta al parrilero. En el momento que va a la caja meto la mano en el bolsillo y le pregunto si tiene cambio de 100. "No pibe, me arruinás", dice. Le digo que voy hasta la agencia de quiniela que está a la vuelta. Le encargo la caja con "mercadería". "Mira que es todo lo que tengo para seguir laburando", le digo y voy hasta La 24. Doblo la esquina, llego a la agencia de quiniela y paso de largo. Hago dos cuadras y me encuentro con un pinta que conozco. Quiere ir a La Itatí a comprar gilada. Me dice que tiene plata. "Bueno", le digo y nos vamos a tomar el 257.
Los turrones
Me toco el pecho y siento como mi corazón late. Me toco la cabeza y late igual que mi corazón. Parece que en cualquier momento va a estallar. Si hago algún movimiento brusco puede que caiga al piso y estalle. Puede que algún pensamiento también la haga estallar. O la luz del sol que entra a través de mis ojos la desinfle y un líquido viscoso y caliente salga por todos mis orificios. Mientras camino me doy cuenta de que no hace mucho que amaneció. La ruta se encuentra transitada. Me pregunto qué ruta será y qué hago caminando por acá. Recuerdo no pensar mucho para que mi cerebro no explote. Un sabor agrio me sube por la garganta, agrio y caliente. Dejo al lado de la ruta mi última bilis. Me retuerzo pero ya no queda nada. Solo el recordatorio de mi hígado que me recuerda como lo sigo maltratando. Voy llegando a una estación de servicio. Busco el baño y me dirijo al último cubículo. Los grilos abajo y también despido lo poco que hay en mis intestinos. Dos puntadas me atraviesan: una en la cabeza y la otra en el hígado. Me quedo sentado con los ojos cerrados. Escucho que entra gente al baño y comentan la bronca que hay. Sigo sentado con los ojos cerrados. Me duermo.
Golpean la puerta y me despierto de un sobresalto. Me preguntan si está todo bien. Digo que sí, que ya salgo. Seguro que es uno de los playeros que escuchó como roncaba. Voy al lavamanos. Me mojo bien la cara y el pelo. Me hizo bien la siesta, ya se me pasó el dolor de cabeza. El hígado parece que también se ha recuperado. Dejo la estación y sigo al costado de la ruta en no sé qué dirección. El sol cada vez calienta más. Ya puedo pensar con un poco más de claridad. El último registro que tengo antes de las clonazepam es que estaba en La Korea. Mientras los autos y camiones pasan a mi lado me pregunto como hice para recorrer catorce estaciones desde La Korea a Retiro y otras diez más hasta esta zona. Porque ya me he dado cuenta de que ando por Burzaco. Estoy caminando por Camino de Cintura y, si no me equivoco, en breve estaré en la rotonda de Lavallol. Y efectivamente, estoy llegando a la rotonda. A pesar de esta laguna mental que es más grande que el Nahuel Huapi, la he sacado barata otra vez. No tengo agujeros, en el baño de la estación no me vi moretones ni chichones. En cana no estoy. Lo que si se está gestando otra vez es el hambre. De a poco va creciendo. Si el hígado lo permite deberé comer algo. Reviso los bolsillos: nada. Estoy en un problema. Llego a la rotonda de Lavallol.
Al llegar a la rotonda agarro por Monteverde. Me acuerdo que hay una parrilla antes de llegar a La 24. El problema es cómo voy a pagar. Creo que no debería pagar. Pienso, algo se me tiene que ocurrir. En la puerta de un supermercado agarro una caja de cartón vacía. Entro a un kiosko con mi caja y le pregunto a la dueña si me presta un fibrón. Le digo que recién vengo del mayorista, que vendo turrones y que quiero ponerle el precio de la oferta al costado de la caja. La señora me da el fibrón y marco en uno de los costado bien grande y con trazo grueso: 4 turrones 5 pesos. Le agradezco y salgo en dirección a la parrilla. Levanto una piedra y la meto adentro de la la caja. Finalmente llego a la parrilla.
Suenan Los palmeras en la radio del parrillero. Ya hay un par de comenzales, colectiveros en su mayoría. Saludo y me siento en el mostrador. Ubico la caja a mi lado con el lado que tiene la oferta para que se vea con lo que me gano la vida. El parrillero se acerca, saluda y me pregunta qué me voy a servir. Mira a la caja. Le pido dos empanadas y un pingüino de vino, y para después un pedazo de vacío al pan. Vuelve con la bebida y la empanadas y pregunta como anda el pique. Le digo que bien, que si sigue así hoy me voy temprano a mi casa. Vuelve a la parrilla a charquear el vacío para hacer el sandwich. Sigue llegando gente a la parrilla. Ahora suenan Los del Fuego con su versión de Persiana amercana.
El hígado resistió a dos empanadas bastante picantes, un buen pingïno de vino con soda y un suculento sandwich de vacío. La parrilla ya está llena. Ahora es el momento. Le pido la cuenta al parrilero. En el momento que va a la caja meto la mano en el bolsillo y le pregunto si tiene cambio de 100. "No pibe, me arruinás", dice. Le digo que voy hasta la agencia de quiniela que está a la vuelta. Le encargo la caja con "mercadería". "Mira que es todo lo que tengo para seguir laburando", le digo y voy hasta La 24. Doblo la esquina, llego a la agencia de quiniela y paso de largo. Hago dos cuadras y me encuentro con un pinta que conozco. Quiere ir a La Itatí a comprar gilada. Me dice que tiene plata. "Bueno", le digo y nos vamos a tomar el 257.
Golpean la puerta y me despierto de un sobresalto. Me preguntan si está todo bien. Digo que sí, que ya salgo. Seguro que es uno de los playeros que escuchó como roncaba. Voy al lavamanos. Me mojo bien la cara y el pelo. Me hizo bien la siesta, ya se me pasó el dolor de cabeza. El hígado parece que también se ha recuperado. Dejo la estación y sigo al costado de la ruta en no sé qué dirección. El sol cada vez calienta más. Ya puedo pensar con un poco más de claridad. El último registro que tengo antes de las clonazepam es que estaba en La Korea. Mientras los autos y camiones pasan a mi lado me pregunto como hice para recorrer catorce estaciones desde La Korea a Retiro y otras diez más hasta esta zona. Porque ya me he dado cuenta de que ando por Burzaco. Estoy caminando por Camino de Cintura y, si no me equivoco, en breve estaré en la rotonda de Lavallol. Y efectivamente, estoy llegando a la rotonda. A pesar de esta laguna mental que es más grande que el Nahuel Huapi, la he sacado barata otra vez. No tengo agujeros, en el baño de la estación no me vi moretones ni chichones. En cana no estoy. Lo que si se está gestando otra vez es el hambre. De a poco va creciendo. Si el hígado lo permite deberé comer algo. Reviso los bolsillos: nada. Estoy en un problema. Llego a la rotonda de Lavallol.
Al llegar a la rotonda agarro por Monteverde. Me acuerdo que hay una parrilla antes de llegar a La 24. El problema es cómo voy a pagar. Creo que no debería pagar. Pienso, algo se me tiene que ocurrir. En la puerta de un supermercado agarro una caja de cartón vacía. Entro a un kiosko con mi caja y le pregunto a la dueña si me presta un fibrón. Le digo que recién vengo del mayorista, que vendo turrones y que quiero ponerle el precio de la oferta al costado de la caja. La señora me da el fibrón y marco en uno de los costado bien grande y con trazo grueso: 4 turrones 5 pesos. Le agradezco y salgo en dirección a la parrilla. Levanto una piedra y la meto adentro de la la caja. Finalmente llego a la parrilla.
Suenan Los palmeras en la radio del parrillero. Ya hay un par de comenzales, colectiveros en su mayoría. Saludo y me siento en el mostrador. Ubico la caja a mi lado con el lado que tiene la oferta para que se vea con lo que me gano la vida. El parrillero se acerca, saluda y me pregunta qué me voy a servir. Mira a la caja. Le pido dos empanadas y un pingüino de vino, y para después un pedazo de vacío al pan. Vuelve con la bebida y la empanadas y pregunta como anda el pique. Le digo que bien, que si sigue así hoy me voy temprano a mi casa. Vuelve a la parrilla a charquear el vacío para hacer el sandwich. Sigue llegando gente a la parrilla. Ahora suenan Los del Fuego con su versión de Persiana amercana.
El hígado resistió a dos empanadas bastante picantes, un buen pingïno de vino con soda y un suculento sandwich de vacío. La parrilla ya está llena. Ahora es el momento. Le pido la cuenta al parrilero. En el momento que va a la caja meto la mano en el bolsillo y le pregunto si tiene cambio de 100. "No pibe, me arruinás", dice. Le digo que voy hasta la agencia de quiniela que está a la vuelta. Le encargo la caja con "mercadería". "Mira que es todo lo que tengo para seguir laburando", le digo y voy hasta La 24. Doblo la esquina, llego a la agencia de quiniela y paso de largo. Hago dos cuadras y me encuentro con un pinta que conozco. Quiere ir a La Itatí a comprar gilada. Me dice que tiene plata. "Bueno", le digo y nos vamos a tomar el 257.
jueves, 27 de octubre de 2016
Contexto
Mamá tiene cáncer. Tiene que usar una bolsa de colostomía. Hace diez días papá tuvo un paro cardíaco. Él la ayudaba con los cuidados de su bolsa y los trámites en la obra social. Los primeros días la ayudé a mamá con el cambio con su bolsa. Ahora, ella, ya se cambia la bolsa sola, hace los trámites en la obra social luego de hacerse la quimioterapia va a cuidar a papá al hospital con el veneno de la quimioterapia y el veneno de la nicotina. Mamá es una guerrera y papá tiene el corazón de un toro salvaje.
Por mi parte comprendí que la vida es delicada, frágil; lo intuía, ahora lo comprendo. Le comenté a mi prima, estando en el patio del hospital municipal, que, nosotros dos, ya habíamos estado aquí y en la misma situación, cuando falleció nuestra abuela. El patio, terapia intensiva, la agonía y la muerte: nada ha cambiado, ¿nosotros? Ella tenía 10 meses en 1988, yo tenía 8 años. Ha pasado el tiempo.
Las noches en los hospitales son eternas, cansadas, flácidas. A pesar de todo no he dejado de leer ni escribir. Sé que cada vez que vuelva a releer el Libro del desasosiego de Pessoa volveré a éstas noches en vela con el espíritu y los huesos contracturados. Las lineas del libro ya han quedado impregnadas con los recuerdos y emociones de éstas noches.
La siguiente transcripción es fiel, tal cual fue escrito en algún momento de esos...Esos tantos momentos...Al lado de papá.
Delicados cuerpos
Burbujas y oxigeno
Un pasillo frío; simetría fría
Respiración irregular
¿Qué es lo qué queda en todo esto?
¿Qué es lo que quedará de papá?
Las preguntas se pierde entre los jadeos y, algunas veces, gritos de dolor y agonía.
Mi pregunta ya no es mi pregunta
Mi pregunta soy yo
El chasquido de gotas repiqueteaba sobre la acera. El chaparrón había durado cerca de quince minutos. Sobre la ventana fría dejaba ver todo el exterior bañado por la lluvia, él, buscaba el recuerdo que lo pudiera salvar; salvar por un momento, porque así como un recuerdo puede llevar al hombre a la locura, un recuerdo también puede salvarlo.
Entre las baldosas, entre los ladrillos rasados, entre las columnas de hormigón y entre los tejados. En cada rincón acecha ese recuerdo. En cada rincón, en cada pequeño segmento de las simetrías urbanas se encuentra el recuerdo que pueda llegar a salvarlo.
Miró la escena completa para que el recuerdo lo encuentre a él; realmente ya no tenía ganas de esforzarse. Toda la vida se había esforzado, a veces en vano, otras no. Pero ahora ya no quería esforzarse, ahora no.
Por mi parte comprendí que la vida es delicada, frágil; lo intuía, ahora lo comprendo. Le comenté a mi prima, estando en el patio del hospital municipal, que, nosotros dos, ya habíamos estado aquí y en la misma situación, cuando falleció nuestra abuela. El patio, terapia intensiva, la agonía y la muerte: nada ha cambiado, ¿nosotros? Ella tenía 10 meses en 1988, yo tenía 8 años. Ha pasado el tiempo.
Las noches en los hospitales son eternas, cansadas, flácidas. A pesar de todo no he dejado de leer ni escribir. Sé que cada vez que vuelva a releer el Libro del desasosiego de Pessoa volveré a éstas noches en vela con el espíritu y los huesos contracturados. Las lineas del libro ya han quedado impregnadas con los recuerdos y emociones de éstas noches.
La siguiente transcripción es fiel, tal cual fue escrito en algún momento de esos...Esos tantos momentos...Al lado de papá.
Delicados cuerpos
Burbujas y oxigeno
Un pasillo frío; simetría fría
Respiración irregular
¿Qué es lo qué queda en todo esto?
¿Qué es lo que quedará de papá?
Las preguntas se pierde entre los jadeos y, algunas veces, gritos de dolor y agonía.
Mi pregunta ya no es mi pregunta
Mi pregunta soy yo
El chasquido de gotas repiqueteaba sobre la acera. El chaparrón había durado cerca de quince minutos. Sobre la ventana fría dejaba ver todo el exterior bañado por la lluvia, él, buscaba el recuerdo que lo pudiera salvar; salvar por un momento, porque así como un recuerdo puede llevar al hombre a la locura, un recuerdo también puede salvarlo.
Entre las baldosas, entre los ladrillos rasados, entre las columnas de hormigón y entre los tejados. En cada rincón acecha ese recuerdo. En cada rincón, en cada pequeño segmento de las simetrías urbanas se encuentra el recuerdo que pueda llegar a salvarlo.
Miró la escena completa para que el recuerdo lo encuentre a él; realmente ya no tenía ganas de esforzarse. Toda la vida se había esforzado, a veces en vano, otras no. Pero ahora ya no quería esforzarse, ahora no.
Contexto
Mamá tiene cáncer. Tiene que usar una bolsa de colostomía. Hace diez días papá tuvo un paro cardíaco. Él la ayudaba con los cuidados de su bolsa y los trámites en la obra social. Los primeros días la ayudé a mamá con el cambio con su bolsa. Ahora, ella, ya se cambia la bolsa sola, hace los trámites en la obra social luego de hacerse la quimioterapia va a cuidar a papá al hospital con el veneno de la quimioterapia y el veneno de la nicotina. Mamá es una guerrera y papá tiene el corazón de un toro salvaje.
Por mi parte comprendí que la vida es delicada, frágil; lo intuía, ahora lo comprendo. Le comenté a mi prima, estando en el patio del hospital municipal, que, nosotros dos, ya habíamos estado aquí y en la misma situación, cuando falleció nuestra abuela. El patio, terapia intensiva, la agonía y la muerte: nada ha cambiado, ¿nosotros? Ella tenía 10 meses en 1988, yo tenía 8 años. Ha pasado el tiempo.
Las noches en los hospitales son eternas, cansadas, flácidas. A pesar de todo no he dejado de leer ni escribir. Sé que cada vez que vuelva a releer el Libro del desasosiego de Pessoa volveré a éstas noches en vela con el espíritu y los huesos contracturados. Las lineas del libro ya han quedado impregnadas con los recuerdos y emociones de éstas noches.
La siguiente transcripción es fiel, tal cual fue escrito en algún momento de esos...Esos tantos momentos...Al lado de papá.
Delicados cuerpos
Burbujas y oxigeno
Un pasillo frío; simetría fría
Respiración irregular
¿Qué es lo qué queda en todo esto?
¿Qué es lo que quedará de papá?
Las preguntas se pierde entre los jadeos y, algunas veces, gritos de dolor y agonía.
Mi pregunta ya no es mi pregunta
Mi pregunta soy yo
El chasquido de gotas repiqueteaba sobre la acera. El chaparrón había durado cerca de quince minutos. Sobre la ventana fría dejaba ver todo el exterior bañado por la lluvia, él, buscaba el recuerdo que lo pudiera salvar; salvar por un momento, porque así como un recuerdo puede llevar al hombre a la locura, un recuerdo también puede salvarlo.
Entre las baldosas, entre los ladrillos rasados, entre las columnas de hormigón y entre los tejados. En cada rincón acecha ese recuerdo. En cada rincón, en cada pequeño segmento de las simetrías urbanas se encuentra el recuerdo que pueda llegar a salvarlo.
Miró la escena completa para que el recuerdo lo encuentre a él; realmente ya no tenía ganas de esforzarse. Toda la vida se había esforzado, a veces en vano, otras no. Pero ahora ya no quería esforzarse, ahora no.
Por mi parte comprendí que la vida es delicada, frágil; lo intuía, ahora lo comprendo. Le comenté a mi prima, estando en el patio del hospital municipal, que, nosotros dos, ya habíamos estado aquí y en la misma situación, cuando falleció nuestra abuela. El patio, terapia intensiva, la agonía y la muerte: nada ha cambiado, ¿nosotros? Ella tenía 10 meses en 1988, yo tenía 8 años. Ha pasado el tiempo.
Las noches en los hospitales son eternas, cansadas, flácidas. A pesar de todo no he dejado de leer ni escribir. Sé que cada vez que vuelva a releer el Libro del desasosiego de Pessoa volveré a éstas noches en vela con el espíritu y los huesos contracturados. Las lineas del libro ya han quedado impregnadas con los recuerdos y emociones de éstas noches.
La siguiente transcripción es fiel, tal cual fue escrito en algún momento de esos...Esos tantos momentos...Al lado de papá.
Delicados cuerpos
Burbujas y oxigeno
Un pasillo frío; simetría fría
Respiración irregular
¿Qué es lo qué queda en todo esto?
¿Qué es lo que quedará de papá?
Las preguntas se pierde entre los jadeos y, algunas veces, gritos de dolor y agonía.
Mi pregunta ya no es mi pregunta
Mi pregunta soy yo
El chasquido de gotas repiqueteaba sobre la acera. El chaparrón había durado cerca de quince minutos. Sobre la ventana fría dejaba ver todo el exterior bañado por la lluvia, él, buscaba el recuerdo que lo pudiera salvar; salvar por un momento, porque así como un recuerdo puede llevar al hombre a la locura, un recuerdo también puede salvarlo.
Entre las baldosas, entre los ladrillos rasados, entre las columnas de hormigón y entre los tejados. En cada rincón acecha ese recuerdo. En cada rincón, en cada pequeño segmento de las simetrías urbanas se encuentra el recuerdo que pueda llegar a salvarlo.
Miró la escena completa para que el recuerdo lo encuentre a él; realmente ya no tenía ganas de esforzarse. Toda la vida se había esforzado, a veces en vano, otras no. Pero ahora ya no quería esforzarse, ahora no.
jueves, 13 de octubre de 2016
Humanidades: San Juan y 12 de octubre
El murmullo ciego se pierde entre paredes de granito reconstituido. Voces que se confunden. Voces que no dicen nada. Voces muertas como las hojas que caen de los arboles y luego descansan en la vereda hasta que la erosión del tiempo las lleve hasta su próximo devenir.
Aún sobreviven (las voces) entre estas paredes frías de temperatura y estética.
Entonces, lo único que queda es esperar. Esperar al otoño. Al otoño que quema las vidas de las culpables hojas. Esas hojas que mueren en la superficie de veredas muertas. La muerte acecha en las veredas y ni siquiera se hace ver. Siempre está ahí sonriendo, paciente, lánguida como el oscuro cielo en la noche que se arrastra en la lúgubre dimensión infinita del caos.
Pensé, al pasar por las veredas y las aulas, que el murmullo de esas voces (de personas y hojas), algún día morirían. Entonces descansé y comprendí que de llegar a ese día, a ese silencio del mundo, recién podría descansar.
Seguiré esperando en las veredas
y fuera de las aulas, junto a las hojas muertas, junto al frío del granito reconstituido, junto al frío de la estética simétrica.
Bahía Blanca 12 de octubre 2016 13:54
Aún sobreviven (las voces) entre estas paredes frías de temperatura y estética.
Entonces, lo único que queda es esperar. Esperar al otoño. Al otoño que quema las vidas de las culpables hojas. Esas hojas que mueren en la superficie de veredas muertas. La muerte acecha en las veredas y ni siquiera se hace ver. Siempre está ahí sonriendo, paciente, lánguida como el oscuro cielo en la noche que se arrastra en la lúgubre dimensión infinita del caos.
Pensé, al pasar por las veredas y las aulas, que el murmullo de esas voces (de personas y hojas), algún día morirían. Entonces descansé y comprendí que de llegar a ese día, a ese silencio del mundo, recién podría descansar.
Seguiré esperando en las veredas
y fuera de las aulas, junto a las hojas muertas, junto al frío del granito reconstituido, junto al frío de la estética simétrica.
Bahía Blanca 12 de octubre 2016 13:54
Humanidades: San Juan y 12 de octubre
El murmullo ciego se pierde entre paredes de granito reconstituido. Voces que se confunden. Voces que no dicen nada. Voces muertas como las hojas que caen de los arboles y luego descansan en la vereda hasta que la erosión del tiempo las lleve hasta su próximo devenir.
Aún sobreviven (las voces) entre estas paredes frías de temperatura y estética.
Entonces, lo único que queda es esperar. Esperar al otoño. Al otoño que quema las vidas de las culpables hojas. Esas hojas que mueren en la superficie de veredas muertas. La muerte acecha en las veredas y ni siquiera se hace ver. Siempre está ahí sonriendo, paciente, lánguida como el oscuro cielo en la noche que se arrastra en la lúgubre dimensión infinita del caos.
Pensé, al pasar por las veredas y las aulas, que el murmullo de esas voces (de personas y hojas), algún día morirían. Entonces descansé y comprendí que de llegar a ese día, a ese silencio del mundo, recién podría descansar.
Seguiré esperando en las veredas
y fuera de las aulas, junto a las hojas muertas, junto al frío del granito reconstituido, junto al frío de la estética simétrica.
Bahía Blanca 12 de octubre 2016 13:54
Aún sobreviven (las voces) entre estas paredes frías de temperatura y estética.
Entonces, lo único que queda es esperar. Esperar al otoño. Al otoño que quema las vidas de las culpables hojas. Esas hojas que mueren en la superficie de veredas muertas. La muerte acecha en las veredas y ni siquiera se hace ver. Siempre está ahí sonriendo, paciente, lánguida como el oscuro cielo en la noche que se arrastra en la lúgubre dimensión infinita del caos.
Pensé, al pasar por las veredas y las aulas, que el murmullo de esas voces (de personas y hojas), algún día morirían. Entonces descansé y comprendí que de llegar a ese día, a ese silencio del mundo, recién podría descansar.
Seguiré esperando en las veredas
y fuera de las aulas, junto a las hojas muertas, junto al frío del granito reconstituido, junto al frío de la estética simétrica.
Bahía Blanca 12 de octubre 2016 13:54
Metafísica
En la espesura de una mar de dudas, la razón se ahoga lentamente
Asistimos impotentes sin poder decir, ni hacer nada
Solo asistir y meditar en ello; sin símbolos o lenguajes que entorpezcan nuestra ascensión.
¡Qué delicadas son las cosas cuando están muertas!
¡Qué delicada es la vida cuando llega a su fin, o a su principio!
¿Cómo llenar esa vacuidad a la que estamos condenados y de la cual no se puede llenar con Nada?
Con oscuridad y miedo
Vamos caminando sobre el abismo
El abismo que contiene al océano
El océano donde se ahoga la razón;
El océano de dudas
La duda que me mira y me pregunta: .
Como si no alcanzara con la duda, a ella se le suma otra duda,
La duda de la pregunta;
La pregunta que sobrevive; al ahogo de la razón
La pregunta que todavía oxigena mis pulmones
Y me da la fuerza para poder seguir caminando
Por el borde de la costa
Y seguir viendo como se ahogan las razones
Una por una
Y los cadáveres que se pudren en la costa
Esos cadáveres son la metafísica
Esos cadáveres son lo que tomamos por razón
Razón muerta.
Asistimos impotentes sin poder decir, ni hacer nada
Solo asistir y meditar en ello; sin símbolos o lenguajes que entorpezcan nuestra ascensión.
¡Qué delicadas son las cosas cuando están muertas!
¡Qué delicada es la vida cuando llega a su fin, o a su principio!
¿Cómo llenar esa vacuidad a la que estamos condenados y de la cual no se puede llenar con Nada?
Con oscuridad y miedo
Vamos caminando sobre el abismo
El abismo que contiene al océano
El océano donde se ahoga la razón;
El océano de dudas
La duda que me mira y me pregunta: .
Como si no alcanzara con la duda, a ella se le suma otra duda,
La duda de la pregunta;
La pregunta que sobrevive; al ahogo de la razón
La pregunta que todavía oxigena mis pulmones
Y me da la fuerza para poder seguir caminando
Por el borde de la costa
Y seguir viendo como se ahogan las razones
Una por una
Y los cadáveres que se pudren en la costa
Esos cadáveres son la metafísica
Esos cadáveres son lo que tomamos por razón
Razón muerta.
Metafísica
En la espesura de una mar de dudas, la razón se ahoga lentamente
Asistimos impotentes sin poder decir, ni hacer nada
Solo asistir y meditar en ello; sin símbolos o lenguajes que entorpezcan nuestra ascensión.
¡Qué delicadas son las cosas cuando están muertas!
¡Qué delicada es la vida cuando llega a su fin, o a su principio!
¿Cómo llenar esa vacuidad a la que estamos condenados y de la cual no se puede llenar con Nada?
Con oscuridad y miedo
Vamos caminando sobre el abismo
El abismo que contiene al océano
El océano donde se ahoga la razón;
El océano de dudas
La duda que me mira y me pregunta: .
Como si no alcanzara con la duda, a ella se le suma otra duda,
La duda de la pregunta;
La pregunta que sobrevive; al ahogo de la razón
La pregunta que todavía oxigena mis pulmones
Y me da la fuerza para poder seguir caminando
Por el borde de la costa
Y seguir viendo como se ahogan las razones
Una por una
Y los cadáveres que se pudren en la costa
Esos cadáveres son la metafísica
Esos cadáveres son lo que tomamos por razón
Razón muerta.
Asistimos impotentes sin poder decir, ni hacer nada
Solo asistir y meditar en ello; sin símbolos o lenguajes que entorpezcan nuestra ascensión.
¡Qué delicadas son las cosas cuando están muertas!
¡Qué delicada es la vida cuando llega a su fin, o a su principio!
¿Cómo llenar esa vacuidad a la que estamos condenados y de la cual no se puede llenar con Nada?
Con oscuridad y miedo
Vamos caminando sobre el abismo
El abismo que contiene al océano
El océano donde se ahoga la razón;
El océano de dudas
La duda que me mira y me pregunta: .
Como si no alcanzara con la duda, a ella se le suma otra duda,
La duda de la pregunta;
La pregunta que sobrevive; al ahogo de la razón
La pregunta que todavía oxigena mis pulmones
Y me da la fuerza para poder seguir caminando
Por el borde de la costa
Y seguir viendo como se ahogan las razones
Una por una
Y los cadáveres que se pudren en la costa
Esos cadáveres son la metafísica
Esos cadáveres son lo que tomamos por razón
Razón muerta.
domingo, 9 de octubre de 2016
La gomería del Turco
El perro no era un perro común y corriente. Eso lo supe después.
Cruzando las vías del ferrocarril, pasando el antiguo barrio cervecero, regularmente se encontraba apostado el perro. Y el perro se dedicaba a hacer cosas de perro: ladrar y correr a los autos, romper bolsas de basura, buscar alguna caricia humana y perruna también.
Luego de la cuarta vez que tuve que recurrir a la gomería que quedaba pasando las vías empecé a tener el presentimiento: el presentimiento de que algo no andaba bien en estas vías. La primera vez que llegué a la gomería del turco Omar me encontré con la sorpresa de que el perro que siempre estaba en las vías era, en efecto, del turco Omar.
Esa primera vez que conocí la gomería del Turco, luego de llegar con mi automóvil, llegó el perro. Se acercó hasta el Turco y recibió una caricia de éste. Ya satisfecho se alejo rumbo al patio de la gomería moviendo la cola. Escenas como estas son tan normales en las gomerías como los posters de modelos sensuales. El Turco era un tipo agradable. Hacía un año que había abierto la gomería luego haberse jubilado tras haber manejado camiones por mas de 20 años. Su poblada barba canosa me hacía acordar a papa pitufo. Alguna vez al verlo trabajar, en mi imaginación podía verlo con el gorro rojo del patriarca de los pitufos, y también con la piel azul. Solamente hacía falta estos dos elementos para que el turco fuera papa pitufo ya que siempre se lo encontraba con el torso desnudo.
Antes de la revelación tuve el presentimiento. Un presentimiento, en ese momento tan ridículo que que solté un a carcajada al llegar a las vías, ver al perro acercarse a mi auto ladrando como siempre. Pero al notar otra vez que el neumático delantero del lado derecho nuevamente estaba desinflado, la carcajada paso a ser una intuición. Una intuición detectivesca. Las vías del tren, el perro y la gomería del Turco pasaron a formar parte del triangulo de las bermudas del cual yo debía resolver para volver a pasar por las vías sin tener que recurrir a la gomería, y sin tener que gastar dinero. Tácitamente, pasar por las vías, para mí, se había convertido en un peaje obligado, y el Turco era el que se estaba beneficiando con la remuneración de este falso peaje.
Esa tarde decidí voluntariamente pasar por las vías para poder atar todos los cabos sueltos que rondaban mi cabeza. Al ir llegando a las vías el perro ya estaba apostado esperándome. Como siempre, el perro, llegó hasta mi auto ladrando. Yo trataba de analizar al mejor estilo Sherlok Holmes la escena y las evidencias para poder cerrar mi caso. Hasta ese día no lo había advertido. La gente del barrio cervecero había sacado uno de los rieles de las vías, para venderlo, lo cual dejaba un importante hueco en la calzada y obligaba a frenar y pasar muy lento para no romper el tren delantero. Sentí que el circulo se empezaba a cerrar. Luego la rutina era la misma: el perro corriendo y ladrando por unos 10 metros hasta darse por vencido. Otra vez el neumático desinflado. Otra vez ir a lo del Turco. Otra vez ir a pagar el peaje.
El Turco ya me estaba esperando, como siempre, mascando coca y tomando mate. Mientras el Turco empezaba a trabajar vi al perro que pasó directamente al patio. Sentí adrenalina caliente recorrer mi espina dorsal y quemarme la cara. Pedí permiso al Turco para pasar al baño. Fui, simulé usar el baño, tiré la cadena y al salir, en vez de dirigirme hacía donde el Turco estaba trabajando, fui directamente al patio. El circulo se había cerrado. Un neumático con mas de un millón de agujeros eran el instrumento de adiestramiento para el perro. En ese momento, en el que me presenté en el patio, el perro estaba perfeccionando su mordida profesional sobre el neumático, tan profesional como la mano de obra del Turco. Una pequeña empresa formada únicamente por el Turco y su perro: el perro es el mejor amigo del hombre, y ahora le debía sumar el mejor socio. Al darse cuenta el perro de mi presencia en su lugar de trabajo gruño y me enseñó dos colmillos largos y afiladísimos: una especie de nosferatu perruno que daba la impresión de ser alguna criatura rescatada de los relatos de las mitologías del campo.
Al volver a la gomería el Turco ya estaba inflando el neumático. Intercambiamos unas cuantas palabras, le pagué y me despedí. Al ir saliendo marcha atrás de la gomería, como si fuera una postal, el perro se sentó sobre sus patas traseras al lado del Turco. Antes de que se pierdan completamente de mi campo visual el perro me enseñó de manera siniestra sus dos colmillos. Entendí perfectamente el mensaje que me envió el perro.
Hace más de 4 años que no paso por las vías del barrio cervecero.
Cruzando las vías del ferrocarril, pasando el antiguo barrio cervecero, regularmente se encontraba apostado el perro. Y el perro se dedicaba a hacer cosas de perro: ladrar y correr a los autos, romper bolsas de basura, buscar alguna caricia humana y perruna también.
Luego de la cuarta vez que tuve que recurrir a la gomería que quedaba pasando las vías empecé a tener el presentimiento: el presentimiento de que algo no andaba bien en estas vías. La primera vez que llegué a la gomería del turco Omar me encontré con la sorpresa de que el perro que siempre estaba en las vías era, en efecto, del turco Omar.
Esa primera vez que conocí la gomería del Turco, luego de llegar con mi automóvil, llegó el perro. Se acercó hasta el Turco y recibió una caricia de éste. Ya satisfecho se alejo rumbo al patio de la gomería moviendo la cola. Escenas como estas son tan normales en las gomerías como los posters de modelos sensuales. El Turco era un tipo agradable. Hacía un año que había abierto la gomería luego haberse jubilado tras haber manejado camiones por mas de 20 años. Su poblada barba canosa me hacía acordar a papa pitufo. Alguna vez al verlo trabajar, en mi imaginación podía verlo con el gorro rojo del patriarca de los pitufos, y también con la piel azul. Solamente hacía falta estos dos elementos para que el turco fuera papa pitufo ya que siempre se lo encontraba con el torso desnudo.
Antes de la revelación tuve el presentimiento. Un presentimiento, en ese momento tan ridículo que que solté un a carcajada al llegar a las vías, ver al perro acercarse a mi auto ladrando como siempre. Pero al notar otra vez que el neumático delantero del lado derecho nuevamente estaba desinflado, la carcajada paso a ser una intuición. Una intuición detectivesca. Las vías del tren, el perro y la gomería del Turco pasaron a formar parte del triangulo de las bermudas del cual yo debía resolver para volver a pasar por las vías sin tener que recurrir a la gomería, y sin tener que gastar dinero. Tácitamente, pasar por las vías, para mí, se había convertido en un peaje obligado, y el Turco era el que se estaba beneficiando con la remuneración de este falso peaje.
Esa tarde decidí voluntariamente pasar por las vías para poder atar todos los cabos sueltos que rondaban mi cabeza. Al ir llegando a las vías el perro ya estaba apostado esperándome. Como siempre, el perro, llegó hasta mi auto ladrando. Yo trataba de analizar al mejor estilo Sherlok Holmes la escena y las evidencias para poder cerrar mi caso. Hasta ese día no lo había advertido. La gente del barrio cervecero había sacado uno de los rieles de las vías, para venderlo, lo cual dejaba un importante hueco en la calzada y obligaba a frenar y pasar muy lento para no romper el tren delantero. Sentí que el circulo se empezaba a cerrar. Luego la rutina era la misma: el perro corriendo y ladrando por unos 10 metros hasta darse por vencido. Otra vez el neumático desinflado. Otra vez ir a lo del Turco. Otra vez ir a pagar el peaje.
El Turco ya me estaba esperando, como siempre, mascando coca y tomando mate. Mientras el Turco empezaba a trabajar vi al perro que pasó directamente al patio. Sentí adrenalina caliente recorrer mi espina dorsal y quemarme la cara. Pedí permiso al Turco para pasar al baño. Fui, simulé usar el baño, tiré la cadena y al salir, en vez de dirigirme hacía donde el Turco estaba trabajando, fui directamente al patio. El circulo se había cerrado. Un neumático con mas de un millón de agujeros eran el instrumento de adiestramiento para el perro. En ese momento, en el que me presenté en el patio, el perro estaba perfeccionando su mordida profesional sobre el neumático, tan profesional como la mano de obra del Turco. Una pequeña empresa formada únicamente por el Turco y su perro: el perro es el mejor amigo del hombre, y ahora le debía sumar el mejor socio. Al darse cuenta el perro de mi presencia en su lugar de trabajo gruño y me enseñó dos colmillos largos y afiladísimos: una especie de nosferatu perruno que daba la impresión de ser alguna criatura rescatada de los relatos de las mitologías del campo.
Al volver a la gomería el Turco ya estaba inflando el neumático. Intercambiamos unas cuantas palabras, le pagué y me despedí. Al ir saliendo marcha atrás de la gomería, como si fuera una postal, el perro se sentó sobre sus patas traseras al lado del Turco. Antes de que se pierdan completamente de mi campo visual el perro me enseñó de manera siniestra sus dos colmillos. Entendí perfectamente el mensaje que me envió el perro.
Hace más de 4 años que no paso por las vías del barrio cervecero.
La gomería del Turco
El perro no era un perro común y corriente. Eso lo supe después.
Cruzando las vías del ferrocarril, pasando el antiguo barrio cervecero, regularmente se encontraba apostado el perro. Y el perro se dedicaba a hacer cosas de perro: ladrar y correr a los autos, romper bolsas de basura, buscar alguna caricia humana y perruna también.
Luego de la cuarta vez que tuve que recurrir a la gomería que quedaba pasando las vías empecé a tener el presentimiento: el presentimiento de que algo no andaba bien en estas vías. La primera vez que llegué a la gomería del turco Omar me encontré con la sorpresa de que el perro que siempre estaba en las vías era, en efecto, del turco Omar.
Esa primera vez que conocí la gomería del Turco, luego de llegar con mi automóvil, llegó el perro. Se acercó hasta el Turco y recibió una caricia de éste. Ya satisfecho se alejo rumbo al patio de la gomería moviendo la cola. Escenas como estas son tan normales en las gomerías como los posters de modelos sensuales. El Turco era un tipo agradable. Hacía un año que había abierto la gomería luego haberse jubilado tras haber manejado camiones por mas de 20 años. Su poblada barba canosa me hacía acordar a papa pitufo. Alguna vez al verlo trabajar, en mi imaginación podía verlo con el gorro rojo del patriarca de los pitufos, y también con la piel azul. Solamente hacía falta estos dos elementos para que el turco fuera papa pitufo ya que siempre se lo encontraba con el torso desnudo.
Antes de la revelación tuve el presentimiento. Un presentimiento, en ese momento tan ridículo que que solté un a carcajada al llegar a las vías, ver al perro acercarse a mi auto ladrando como siempre. Pero al notar otra vez que el neumático delantero del lado derecho nuevamente estaba desinflado, la carcajada paso a ser una intuición. Una intuición detectivesca. Las vías del tren, el perro y la gomería del Turco pasaron a formar parte del triangulo de las bermudas del cual yo debía resolver para volver a pasar por las vías sin tener que recurrir a la gomería, y sin tener que gastar dinero. Tácitamente, pasar por las vías, para mí, se había convertido en un peaje obligado, y el Turco era el que se estaba beneficiando con la remuneración de este falso peaje.
Esa tarde decidí voluntariamente pasar por las vías para poder atar todos los cabos sueltos que rondaban mi cabeza. Al ir llegando a las vías el perro ya estaba apostado esperándome. Como siempre, el perro, llegó hasta mi auto ladrando. Yo trataba de analizar al mejor estilo Sherlok Holmes la escena y las evidencias para poder cerrar mi caso. Hasta ese día no lo había advertido. La gente del barrio cervecero había sacado uno de los rieles de las vías, para venderlo, lo cual dejaba un importante hueco en la calzada y obligaba a frenar y pasar muy lento para no romper el tren delantero. Sentí que el circulo se empezaba a cerrar. Luego la rutina era la misma: el perro corriendo y ladrando por unos 10 metros hasta darse por vencido. Otra vez el neumático desinflado. Otra vez ir a lo del Turco. Otra vez ir a pagar el peaje.
El Turco ya me estaba esperando, como siempre, mascando coca y tomando mate. Mientras el Turco empezaba a trabajar vi al perro que pasó directamente al patio. Sentí adrenalina caliente recorrer mi espina dorsal y quemarme la cara. Pedí permiso al Turco para pasar al baño. Fui, simulé usar el baño, tiré la cadena y al salir, en vez de dirigirme hacía donde el Turco estaba trabajando, fui directamente al patio. El circulo se había cerrado. Un neumático con mas de un millón de agujeros eran el instrumento de adiestramiento para el perro. En ese momento, en el que me presenté en el patio, el perro estaba perfeccionando su mordida profesional sobre el neumático, tan profesional como la mano de obra del Turco. Una pequeña empresa formada únicamente por el Turco y su perro: el perro es el mejor amigo del hombre, y ahora le debía sumar el mejor socio. Al darse cuenta el perro de mi presencia en su lugar de trabajo gruño y me enseñó dos colmillos largos y afiladísimos: una especie de nosferatu perruno que daba la impresión de ser alguna criatura rescatada de los relatos de las mitologías del campo.
Al volver a la gomería el Turco ya estaba inflando el neumático. Intercambiamos unas cuantas palabras, le pagué y me despedí. Al ir saliendo marcha atrás de la gomería, como si fuera una postal, el perro se sentó sobre sus patas traseras al lado del Turco. Antes de que se pierdan completamente de mi campo visual el perro me enseñó de manera siniestra sus dos colmillos. Entendí perfectamente el mensaje que me envió el perro.
Hace más de 4 años que no paso por las vías del barrio cervecero.
Cruzando las vías del ferrocarril, pasando el antiguo barrio cervecero, regularmente se encontraba apostado el perro. Y el perro se dedicaba a hacer cosas de perro: ladrar y correr a los autos, romper bolsas de basura, buscar alguna caricia humana y perruna también.
Luego de la cuarta vez que tuve que recurrir a la gomería que quedaba pasando las vías empecé a tener el presentimiento: el presentimiento de que algo no andaba bien en estas vías. La primera vez que llegué a la gomería del turco Omar me encontré con la sorpresa de que el perro que siempre estaba en las vías era, en efecto, del turco Omar.
Esa primera vez que conocí la gomería del Turco, luego de llegar con mi automóvil, llegó el perro. Se acercó hasta el Turco y recibió una caricia de éste. Ya satisfecho se alejo rumbo al patio de la gomería moviendo la cola. Escenas como estas son tan normales en las gomerías como los posters de modelos sensuales. El Turco era un tipo agradable. Hacía un año que había abierto la gomería luego haberse jubilado tras haber manejado camiones por mas de 20 años. Su poblada barba canosa me hacía acordar a papa pitufo. Alguna vez al verlo trabajar, en mi imaginación podía verlo con el gorro rojo del patriarca de los pitufos, y también con la piel azul. Solamente hacía falta estos dos elementos para que el turco fuera papa pitufo ya que siempre se lo encontraba con el torso desnudo.
Antes de la revelación tuve el presentimiento. Un presentimiento, en ese momento tan ridículo que que solté un a carcajada al llegar a las vías, ver al perro acercarse a mi auto ladrando como siempre. Pero al notar otra vez que el neumático delantero del lado derecho nuevamente estaba desinflado, la carcajada paso a ser una intuición. Una intuición detectivesca. Las vías del tren, el perro y la gomería del Turco pasaron a formar parte del triangulo de las bermudas del cual yo debía resolver para volver a pasar por las vías sin tener que recurrir a la gomería, y sin tener que gastar dinero. Tácitamente, pasar por las vías, para mí, se había convertido en un peaje obligado, y el Turco era el que se estaba beneficiando con la remuneración de este falso peaje.
Esa tarde decidí voluntariamente pasar por las vías para poder atar todos los cabos sueltos que rondaban mi cabeza. Al ir llegando a las vías el perro ya estaba apostado esperándome. Como siempre, el perro, llegó hasta mi auto ladrando. Yo trataba de analizar al mejor estilo Sherlok Holmes la escena y las evidencias para poder cerrar mi caso. Hasta ese día no lo había advertido. La gente del barrio cervecero había sacado uno de los rieles de las vías, para venderlo, lo cual dejaba un importante hueco en la calzada y obligaba a frenar y pasar muy lento para no romper el tren delantero. Sentí que el circulo se empezaba a cerrar. Luego la rutina era la misma: el perro corriendo y ladrando por unos 10 metros hasta darse por vencido. Otra vez el neumático desinflado. Otra vez ir a lo del Turco. Otra vez ir a pagar el peaje.
El Turco ya me estaba esperando, como siempre, mascando coca y tomando mate. Mientras el Turco empezaba a trabajar vi al perro que pasó directamente al patio. Sentí adrenalina caliente recorrer mi espina dorsal y quemarme la cara. Pedí permiso al Turco para pasar al baño. Fui, simulé usar el baño, tiré la cadena y al salir, en vez de dirigirme hacía donde el Turco estaba trabajando, fui directamente al patio. El circulo se había cerrado. Un neumático con mas de un millón de agujeros eran el instrumento de adiestramiento para el perro. En ese momento, en el que me presenté en el patio, el perro estaba perfeccionando su mordida profesional sobre el neumático, tan profesional como la mano de obra del Turco. Una pequeña empresa formada únicamente por el Turco y su perro: el perro es el mejor amigo del hombre, y ahora le debía sumar el mejor socio. Al darse cuenta el perro de mi presencia en su lugar de trabajo gruño y me enseñó dos colmillos largos y afiladísimos: una especie de nosferatu perruno que daba la impresión de ser alguna criatura rescatada de los relatos de las mitologías del campo.
Al volver a la gomería el Turco ya estaba inflando el neumático. Intercambiamos unas cuantas palabras, le pagué y me despedí. Al ir saliendo marcha atrás de la gomería, como si fuera una postal, el perro se sentó sobre sus patas traseras al lado del Turco. Antes de que se pierdan completamente de mi campo visual el perro me enseñó de manera siniestra sus dos colmillos. Entendí perfectamente el mensaje que me envió el perro.
Hace más de 4 años que no paso por las vías del barrio cervecero.
sábado, 8 de octubre de 2016
Al salir del bosque
¡Oh Reybufon!¿cuánto hace ya de tu exilio?
¿Cuántos caminos has dejado atrás para conocer el significado del desapego?
Lejos,muy lejos ha quedado el vestigio de tú anterior vida
Y ya nada de eso parece pertenecerte.
Has olvidado el peso de tu corona y ahora puedes ver a los ojos a tú semejante
Puedes comer y beber con ellos
Sus soledades ahora son tu soledad
Sus infortunios ahora son tu infortunio
¡¿Acaso no era eso el propósito de tu búsqueda?!
Ahora lo sabes,y yo estoy para protegerte,junto a la oscuridad
Eones antes de la primera memoria de los hombres
La oscuridad y yo vagábamos por el ser
Porqué el hombre antes de ser hombre fue fantasma
Y el ser fue ser,y antes de la noche,oscuridad.
Te protegeremos en tu travesía porqué sabemos de las adversidades;
Tú osamenta reclama descansar,tú corazón también
Deja que te regalemos una revelación en tú sueño
Deja que amparemos tu sueño,deja que caigan los velos.
¿Cuántos caminos has dejado atrás para conocer el significado del desapego?
Lejos,muy lejos ha quedado el vestigio de tú anterior vida
Y ya nada de eso parece pertenecerte.
Has olvidado el peso de tu corona y ahora puedes ver a los ojos a tú semejante
Puedes comer y beber con ellos
Sus soledades ahora son tu soledad
Sus infortunios ahora son tu infortunio
¡¿Acaso no era eso el propósito de tu búsqueda?!
Ahora lo sabes,y yo estoy para protegerte,junto a la oscuridad
Eones antes de la primera memoria de los hombres
La oscuridad y yo vagábamos por el ser
Porqué el hombre antes de ser hombre fue fantasma
Y el ser fue ser,y antes de la noche,oscuridad.
Te protegeremos en tu travesía porqué sabemos de las adversidades;
Tú osamenta reclama descansar,tú corazón también
Deja que te regalemos una revelación en tú sueño
Deja que amparemos tu sueño,deja que caigan los velos.
Al salir del bosque
¡Oh Reybufon!¿cuánto hace ya de tu exilio?
¿Cuántos caminos has dejado atrás para conocer el significado del desapego?
Lejos,muy lejos ha quedado el vestigio de tú anterior vida
Y ya nada de eso parece pertenecerte.
Has olvidado el peso de tu corona y ahora puedes ver a los ojos a tú semejante
Puedes comer y beber con ellos
Sus soledades ahora son tu soledad
Sus infortunios ahora son tu infortunio
¡¿Acaso no era eso el propósito de tu búsqueda?!
Ahora lo sabes,y yo estoy para protegerte,junto a la oscuridad
Eones antes de la primera memoria de los hombres
La oscuridad y yo vagábamos por el ser
Porqué el hombre antes de ser hombre fue fantasma
Y el ser fue ser,y antes de la noche,oscuridad.
Te protegeremos en tu travesía porqué sabemos de las adversidades;
Tú osamenta reclama descansar,tú corazón también
Deja que te regalemos una revelación en tú sueño
Deja que amparemos tu sueño,deja que caigan los velos.
¿Cuántos caminos has dejado atrás para conocer el significado del desapego?
Lejos,muy lejos ha quedado el vestigio de tú anterior vida
Y ya nada de eso parece pertenecerte.
Has olvidado el peso de tu corona y ahora puedes ver a los ojos a tú semejante
Puedes comer y beber con ellos
Sus soledades ahora son tu soledad
Sus infortunios ahora son tu infortunio
¡¿Acaso no era eso el propósito de tu búsqueda?!
Ahora lo sabes,y yo estoy para protegerte,junto a la oscuridad
Eones antes de la primera memoria de los hombres
La oscuridad y yo vagábamos por el ser
Porqué el hombre antes de ser hombre fue fantasma
Y el ser fue ser,y antes de la noche,oscuridad.
Te protegeremos en tu travesía porqué sabemos de las adversidades;
Tú osamenta reclama descansar,tú corazón también
Deja que te regalemos una revelación en tú sueño
Deja que amparemos tu sueño,deja que caigan los velos.
Humano
Lluvia y café
Se desdoblan en la acera
Cerca del asfalto y lejos del cielo
¿Cuántas veces se repetirá?
Lo sabré la próxima vez,
Que aprecie tu voluptuosidad
Y que me abstraiga de toda razón,
Más allá de todo mas allá.
Hoy me quiero quedar aquí
Despierto conmigo mismo
... o con el otro.
Aquí espero a ser asediado
Por tu dulce melodía.
Melodía añejada por el tiempo
Y que no deja de ser melodía húmeda;
sobre la piel de mi humanidad...
Porque algo de humano aún...Queda en este cuerpo.
Bahía blanca 1 de octubre 2015 18:37
Skafé O 'higgins y Berutti
Se desdoblan en la acera
Cerca del asfalto y lejos del cielo
¿Cuántas veces se repetirá?
Lo sabré la próxima vez,
Que aprecie tu voluptuosidad
Y que me abstraiga de toda razón,
Más allá de todo mas allá.
Hoy me quiero quedar aquí
Despierto conmigo mismo
... o con el otro.
Aquí espero a ser asediado
Por tu dulce melodía.
Melodía añejada por el tiempo
Y que no deja de ser melodía húmeda;
sobre la piel de mi humanidad...
Porque algo de humano aún...Queda en este cuerpo.
Bahía blanca 1 de octubre 2015 18:37
Skafé O 'higgins y Berutti
Humano
Lluvia y café
Se desdoblan en la acera
Cerca del asfalto y lejos del cielo
¿Cuántas veces se repetirá?
Lo sabré la próxima vez,
Que aprecie tu voluptuosidad
Y que me abstraiga de toda razón,
Más allá de todo mas allá.
Hoy me quiero quedar aquí
Despierto conmigo mismo
... o con el otro.
Aquí espero a ser asediado
Por tu dulce melodía.
Melodía añejada por el tiempo
Y que no deja de ser melodía húmeda;
sobre la piel de mi humanidad...
Porque algo de humano aún...Queda en este cuerpo.
Bahía blanca 1 de octubre 2015 18:37
Skafé O 'higgins y Berutti
Se desdoblan en la acera
Cerca del asfalto y lejos del cielo
¿Cuántas veces se repetirá?
Lo sabré la próxima vez,
Que aprecie tu voluptuosidad
Y que me abstraiga de toda razón,
Más allá de todo mas allá.
Hoy me quiero quedar aquí
Despierto conmigo mismo
... o con el otro.
Aquí espero a ser asediado
Por tu dulce melodía.
Melodía añejada por el tiempo
Y que no deja de ser melodía húmeda;
sobre la piel de mi humanidad...
Porque algo de humano aún...Queda en este cuerpo.
Bahía blanca 1 de octubre 2015 18:37
Skafé O 'higgins y Berutti
Empatía
Luz de marfil, osamentas y tesoros más allá de este espacio sin fin cóncavo y convexo.
Poco a poco divisando la fuerte presión del mar sobre mis sentidos; sólo, a lo lejos mi humanidad humilde se pierde lentamente en el comienzo del oleaje manso del mar. Simbiosis perfecta: amor perfecto.
Solamente así descubro lo que siento, y lo que pienso.
Al igual que el mar mis pensamientos por momentos son tranquilos, por momentos turbulentos, por momentos no pienso ni siento, por momentos "no Soy".
Siempre empaticé con el mar; será por su profundidad y voluptuosidad que hace que no pueda reconocer cual de los dos Soy.
Me permito abstraerme en los pensamientos del mar y puedo llegar a creer que, Él, el mar respondería lo mismo si tuviera la capacidad y los medios para expresar sus emociones más profundas. Estoy seguro que compartiríamos estas humildes meditaciones. Meditaciones que salpican sobre las filosas piedras de la costa y solo alguna que otra gota puede llegar a representar mi pasión por el mar descansando bajo el cielo lacerado del mundo. El espíritu de Lautremont susurra sobre estas costas. Me susurran estas lineas; lineas que ya se van evaporando sobre el calor de las piedras de la costa para reunirse contigo Ducasse. El Conde que rescató el bello espectáculo en el cuál me siento sumergido en este momento.
Sólo una diferencia marcaré, es que el mar puede vivir sin mí, no en el caso contrario: yo no puedo vivir sin el mar.
Poco a poco divisando la fuerte presión del mar sobre mis sentidos; sólo, a lo lejos mi humanidad humilde se pierde lentamente en el comienzo del oleaje manso del mar. Simbiosis perfecta: amor perfecto.
Solamente así descubro lo que siento, y lo que pienso.
Al igual que el mar mis pensamientos por momentos son tranquilos, por momentos turbulentos, por momentos no pienso ni siento, por momentos "no Soy".
Siempre empaticé con el mar; será por su profundidad y voluptuosidad que hace que no pueda reconocer cual de los dos Soy.
Me permito abstraerme en los pensamientos del mar y puedo llegar a creer que, Él, el mar respondería lo mismo si tuviera la capacidad y los medios para expresar sus emociones más profundas. Estoy seguro que compartiríamos estas humildes meditaciones. Meditaciones que salpican sobre las filosas piedras de la costa y solo alguna que otra gota puede llegar a representar mi pasión por el mar descansando bajo el cielo lacerado del mundo. El espíritu de Lautremont susurra sobre estas costas. Me susurran estas lineas; lineas que ya se van evaporando sobre el calor de las piedras de la costa para reunirse contigo Ducasse. El Conde que rescató el bello espectáculo en el cuál me siento sumergido en este momento.
Sólo una diferencia marcaré, es que el mar puede vivir sin mí, no en el caso contrario: yo no puedo vivir sin el mar.
Empatía
Luz de marfil, osamentas y tesoros más allá de este espacio sin fin cóncavo y convexo.
Poco a poco divisando la fuerte presión del mar sobre mis sentidos; sólo, a lo lejos mi humanidad humilde se pierde lentamente en el comienzo del oleaje manso del mar. Simbiosis perfecta: amor perfecto.
Solamente así descubro lo que siento, y lo que pienso.
Al igual que el mar mis pensamientos por momentos son tranquilos, por momentos turbulentos, por momentos no pienso ni siento, por momentos "no Soy".
Siempre empaticé con el mar; será por su profundidad y voluptuosidad que hace que no pueda reconocer cual de los dos Soy.
Me permito abstraerme en los pensamientos del mar y puedo llegar a creer que, Él, el mar respondería lo mismo si tuviera la capacidad y los medios para expresar sus emociones más profundas. Estoy seguro que compartiríamos estas humildes meditaciones. Meditaciones que salpican sobre las filosas piedras de la costa y solo alguna que otra gota puede llegar a representar mi pasión por el mar descansando bajo el cielo lacerado del mundo. El espíritu de Lautremont susurra sobre estas costas. Me susurran estas lineas; lineas que ya se van evaporando sobre el calor de las piedras de la costa para reunirse contigo Ducasse. El Conde que rescató el bello espectáculo en el cuál me siento sumergido en este momento.
Sólo una diferencia marcaré, es que el mar puede vivir sin mí, no en el caso contrario: yo no puedo vivir sin el mar.
Poco a poco divisando la fuerte presión del mar sobre mis sentidos; sólo, a lo lejos mi humanidad humilde se pierde lentamente en el comienzo del oleaje manso del mar. Simbiosis perfecta: amor perfecto.
Solamente así descubro lo que siento, y lo que pienso.
Al igual que el mar mis pensamientos por momentos son tranquilos, por momentos turbulentos, por momentos no pienso ni siento, por momentos "no Soy".
Siempre empaticé con el mar; será por su profundidad y voluptuosidad que hace que no pueda reconocer cual de los dos Soy.
Me permito abstraerme en los pensamientos del mar y puedo llegar a creer que, Él, el mar respondería lo mismo si tuviera la capacidad y los medios para expresar sus emociones más profundas. Estoy seguro que compartiríamos estas humildes meditaciones. Meditaciones que salpican sobre las filosas piedras de la costa y solo alguna que otra gota puede llegar a representar mi pasión por el mar descansando bajo el cielo lacerado del mundo. El espíritu de Lautremont susurra sobre estas costas. Me susurran estas lineas; lineas que ya se van evaporando sobre el calor de las piedras de la costa para reunirse contigo Ducasse. El Conde que rescató el bello espectáculo en el cuál me siento sumergido en este momento.
Sólo una diferencia marcaré, es que el mar puede vivir sin mí, no en el caso contrario: yo no puedo vivir sin el mar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
16 años
Me dijeron Que tenía una condición Física, mental y espiritual. Que era una alergia del cuerpo Una obsesión de la mente Un lugar oscuro d...
-
“Pero a los ciegos no les gustan los sordos Y un corazón no se endurece porque sí” La hija del fletero, Patricio Rey La ...
-
“Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti” Friedrich Nietzsche Pasó por la puerta principa...
-
En el 43 Mi abuelo se puso un kiosquito. En el 55 La fusiladora se lo cerró Por simpatizar con el anarquismo. En el 83...













