viernes, 9 de noviembre de 2018

Barrio Chino

   Saltamos por la reja y cruzamos la vía electrificada. Es de noche y los contenedores descansan bajo la pálida luz de la luna. El tren de pasajeros pasa para Saldías. La 31 ya está cerca. Entramos por uno de los laterales de la villa. Un hueco entre las construcciones todas pegadas unas con otros. El pasillo es oscuro, por momentos asfixiante. A pocos metros se abre otro pasillo más grande, el pasillo que lleva para el Barrio Chino en donde están los paraguayos.

   Doblamos para la izquierda y a poco metros un fisura está pegado a la pared con una 9 milimetros en la mano derecha. Se nota que es un paquero. El pecho se le infla como un fuelle y la 9 hace alusión a la paranoia que está sufriendo.

   -¿Todo bien loco?-, dice con el fierro en la mano y la mandíbula apretada.

   -Todo bien-, dice el Chaqueno y lo dejamos al pinta pegado a la pared con el pecho por estallar.



    En un bar de bolivianos se escucha música boliviana. Una postal de toda villa. Dos agentes de la policía federal uniformados bailan con unas bolivianas borrachas al lado de la rockolla. La villa está activa. Música, falopa y alcohol por todos lados. A medida que nos acercamos a la canchita del Barrio Chino se ven como los pintas vienen de comprar. En un rincón, acovachados, están preparando una pipa con una lata de cerveza. Mientras uno arma la pipa, otros dos fuman cigarrillos y guardan las cenizas en tapitas de gaseosa. Caminamos a nuestras anchas por estos pasillos.

   Es fácil darse cuenta donde está la linea. Vamos para allá, dos ya están volviendo con sus bolsas y ya las van abriendo. Llegamos y no hay paraguayos vendiendo, hay un porteño y está duro como el pinta pegado a la pared con el fierro. El Chaqueño le pide 4 mercas, el chanta saca de una bolsa 4 bolsitas atadas con una cinta roja. Es obvio que la merca es de Flores. La cinta roja es para la merca y la cinta negra para la base: el sello de los narcos peruanos de Flores. Lo dejamos mientras más gente llega a comprar. Desde la parte delantera de la villa el sistema de alarma se activa. Alguien vio a la brigada en la villa y dan alerta gritando de cuadra en cuadra. Como si el eco de una voz que viene creciendo metro a metro se escucha:"¡Viene la brigada!"El tranza y lo dos mulos desaparecen instantáneamente.

 Decidimos no volver por el mismo camino. Salimos por la parte de atrás del Barrio Chino, por donde están los chatarreros.

    Estamos a salvo, a salvo de la villa y la brigada. Vamos hacia las vías y viene un tren de pasajeros desde Saldías. Los contenedores siguen descansando; descansando bajo la pálida luz de luna. Una estrella fugaz cruza el cielo de Retiro mientras abrimos una bolsa. Pienso en pedir un deseo, pero nuestros deseos no están en el cielo, están en estas pequeñas bolsas.










Barrio Chino

   Saltamos por la reja y cruzamos la vía electrificada. Es de noche y los contenedores descansan bajo la pálida luz de la luna. El tren de pasajeros pasa para Saldías. La 31 ya está cerca. Entramos por uno de los laterales de la villa. Un hueco entre las construcciones todas pegadas unas con otros. El pasillo es oscuro, por momentos asfixiante. A pocos metros se abre otro pasillo más grande, el pasillo que lleva para el Barrio Chino en donde están los paraguayos.
   Doblamos para la izquierda y a poco metros un fisura está pegado a la pared con una 9 milimetros en la mano derecha. Se nota que es un paquero. El pecho se le infla como un fuelle y la 9 hace alusión a la paranoia que está sufriendo.
   -¿Todo bien loco?-, dice con el fierro en la mano y la mandíbula apretada.
   -Todo bien-, dice el Chaqueno y lo dejamos al pinta pegado a la pared con el pecho por estallar.

    En un bar de bolivianos se escucha música boliviana. Una postal de toda villa. Dos agentes de la policía federal uniformados bailan con unas bolivianas borrachas al lado de la rockolla. La villa está activa. Música, falopa y alcohol por todos lados. A medida que nos acercamos a la canchita del Barrio Chino se ven como los pintas vienen de comprar. En un rincón, acovachados, están preparando una pipa con una lata de cerveza. Mientras uno arma la pipa, otros dos fuman cigarrillos y guardan las cenizas en tapitas de gaseosa. Caminamos a nuestras anchas por estos pasillos.
   Es fácil darse cuenta donde está la linea. Vamos para allá, dos ya están volviendo con sus bolsas y ya las van abriendo. Llegamos y no hay paraguayos vendiendo, hay un porteño y está duro como el pinta pegado a la pared con el fierro. El Chaqueño le pide 4 mercas, el chanta saca de una bolsa 4 bolsitas atadas con una cinta roja. Es obvio que la merca es de Flores. La cinta roja es para la merca y la cinta negra para la base: el sello de los narcos peruanos de Flores. Lo dejamos mientras más gente llega a comprar. Desde la parte delantera de la villa el sistema de alarma se activa. Alguien vio a la brigada en la villa y dan alerta gritando de cuadra en cuadra. Como si el eco de una voz que viene creciendo metro a metro se escucha:"¡Viene la brigada!"El tranza y lo dos mulos desaparecen instantáneamente.
 Decidimos no volver por el mismo camino. Salimos por la parte de atrás del Barrio Chino, por donde están los chatarreros.
    Estamos a salvo, a salvo de la villa y la brigada. Vamos hacia las vías y viene un tren de pasajeros desde Saldías. Los contenedores siguen descansando; descansando bajo la pálida luz de luna. Una estrella fugaz cruza el cielo de Retiro mientras abrimos una bolsa. Pienso en pedir un deseo, pero nuestros deseos no están en el cielo, están en estas pequeñas bolsas.




jueves, 8 de noviembre de 2018

Recorro las calles

De un país anacrónico

Lisérgico.



Recorro sus tachos

De basura y su

Basura espiritual.



En todas las manzanas

Se encuentran blisters

De Sildenafil(viagra):

Lo que quiere decir que

Este país lisérgico

No sabe disfrutar;

Es impotente.



Sus calles son grises

Y solitarias,

Las almas nocturnas

Que las recorren

Son grises y solitarias.



Me detengo en una ventana

Y veo una familia gris y solitaria.



En una vidriera

Me veo gris y solitario

Y consumo drogas

Que cada vez me hacen mas

Gris y solitario.



Yo tampoco sé disfrutar

Yo también soy impotente

En este país lisérgico

Que no sabe disfrutar.



Sigo recorriendo sus calles

Y finalmente llego

Al final;

El país anacrónico

Y lisérgico se termina.



Seguramente en el país Real

No haga falta el sildenafil

Y yo no necesité drogas,

Para disfrutar

No seré gris ni solitario.



Ese debe ser un gran país

Me digo

Y cruzo con toda confianza.
Recorro las calles
De un país anacrónico
Lisérgico.

Recorro sus tachos
De basura y su
Basura espiritual.

En todas las manzanas
Se encuentran blisters
De Sildenafil(viagra):
Lo que quiere decir que
Este país lisérgico
No sabe disfrutar;
Es impotente.

Sus calles son grises
Y solitarias,
Las almas nocturnas
Que las recorren
Son grises y solitarias.

Me detengo en una ventana
Y veo una familia gris y solitaria.

En una vidriera
Me veo gris y solitario
Y consumo drogas
Que cada vez me hacen mas
Gris y solitario.

Yo tampoco sé disfrutar
Yo también soy impotente
En este país lisérgico
Que no sabe disfrutar.

Sigo recorriendo sus calles
Y finalmente llego
Al final;
El país anacrónico
Y lisérgico se termina.

Seguramente en el país Real
No haga falta el sildenafil
Y yo no necesité drogas,
Para disfrutar
No seré gris ni solitario.

Ese debe ser un gran país
Me digo
Y cruzo con toda confianza.

El castillo

El guardián está por cerrar

Las puertas del Castillo.



Lo saben las pulgas del

Cuello de su abrigo.



Fue una de esas pulgas

La que me dice el secreto,

Que esa puerta es para mí.



Accedo a la Ley

Al Castillo

Al absurdo

Al exceso

A la violencia física

E institucional:

Cada guardiánburócrata

Al que me enfrento

Es más poderoso que el anterior.



Y voy pasado pórticos

Y pórticos

Guardianesburócratas y pulgas.



Son fines de los 90´s

El fin de una época obscura

Y nefasta.

El Terrorismo de Estado

Sigue presente en las calles.



El Castillo es un bar de mala muerte.



Es una madrugada de año nuevo. Y un

Cuchillo clavado en un estómago

Desata la violencia contenida

Por años de terror, picanas

Y desaparecidos.



Todos los que se presentaron

Ante la Ley esa madrugada

Ganaron sus litigios

A fuerza de botellazos

Sillas rotas en las espaldas

Cueros cabelludos cortados

Y sangre coagulándose

En el piso.



Salí ileso del Castillo

Y supe con apenas 19 años

Que ganaría todos

Los litigios.



Cada vez que paso por el Castillo

Saludo al guardián

Y a las pulgas del cuello

De sus saco.



Sabemos que nos conocemos

Sabemos que nos volveremos a ver.

El castillo

El guardián está por cerrar
Las puertas del Castillo.

Lo saben las pulgas del
Cuello de su abrigo.

Fue una de esas pulgas
La que me dice el secreto,
Que esa puerta es para mí.

Accedo a la Ley
Al Castillo
Al absurdo
Al exceso
A la violencia física
E institucional:
Cada guardiánburócrata
Al que me enfrento
Es más poderoso que el anterior.

Y voy pasado pórticos
Y pórticos
Guardianesburócratas y pulgas.

Son fines de los 90´s
El fin de una época obscura
Y nefasta.
El Terrorismo de Estado
Sigue presente en las calles.

El Castillo es un bar de mala muerte.

Es una madrugada de año nuevo. Y un
Cuchillo clavado en un estómago
Desata la violencia contenida
Por años de terror, picanas
Y desaparecidos.

Todos los que se presentaron
Ante la Ley esa madrugada
Ganaron sus litigios
A fuerza de botellazos
Sillas rotas en las espaldas
Cueros cabelludos cortados
Y sangre coagulándose
En el piso.

Salí ileso del Castillo
Y supe con apenas 19 años
Que ganaría todos
Los litigios.

Cada vez que paso por el Castillo
Saludo al guardián
Y a las pulgas del cuello
De sus saco.

Sabemos que nos conocemos
Sabemos que nos volveremos a ver.

lunes, 5 de noviembre de 2018

El exilio

Veo a la pared de eucaliptus

Frescos, salvajes y añejos

Trabajar en mi memoria.



Hace más de 10 años

Cuando dormía en la

Plazoleta de la embajada de Francia;

Veía bloques de hormigón y acero.



Amanecía entre las 6 y las 7

Y después de las 12 anochecía,

Los bloques de hormigón

Tapaban la luz del sol.



Recuerdo esas noches

Cuando 9 de julio estaba desierta

Y me tapaba con una frazada

Del gobierno de la ciudad,

Mirar a esas ventanas

En los bloques de hormigón

Y los imaginaba alegres,

Felices, sin preocupaciones:

"Ellos tienen donde vivir,

Tienen dinero, viven en uno

De los barrios más elegantes

De Buenos Aires", recuerdo que

Pensaba envuelto con mi frazada

Neurótico, adicto, depresivo

Y miserable.



Me gustan los días de mucho viento.



Los eucaliptus susurran,

El viento silba entre

Sus ramas añejadas.

El silbido de la fricción

Es la música que disfruto.



A veces subo al techo a contemplar

Esa música

Y sigo pensando en esos años,

Los años de los bloques de hormigón.



Hoy, a través de la tecnología

Puedo ver en esas ventanas

De los bloques

Y veo gente neurótica , adicta,

Depresiva y miserable.



Veo el amanecer a las 7

Y el trayecto del sol solo

Es empañado un poco

Por la pared de eucaliptus

A eso de las 11.

Veo como se pierde en el horizonte

Al atardecer.



Mi vida ya nos es la del exilio

En la embajada de Francia.



Volví a casa a servir a mis padres.



Y los eucaliptus

Que sigan susurrando

Y desgarrando la forma del sol

A eso de las 11.






















El exilio

Veo a la pared de eucaliptus
Frescos, salvajes y añejos
Trabajar en mi memoria.

Hace más de 10 años
Cuando dormía en la
Plazoleta de la embajada de Francia;
Veía bloques de hormigón y acero.

Amanecía entre las 6 y las 7
Y después de las 12 anochecía,
Los bloques de hormigón
Tapaban la luz del sol.

Recuerdo esas noches
Cuando 9 de julio estaba desierta
Y me tapaba con una frazada
Del gobierno de la ciudad,
Mirar a esas ventanas
En los bloques de hormigón
Y los imaginaba alegres,
Felices, sin preocupaciones:
"Ellos tienen donde vivir,
Tienen dinero, viven en uno
De los barrios más elegantes
De Buenos Aires", recuerdo que
Pensaba envuelto con mi frazada
Neurótico, adicto, depresivo
Y miserable.

Me gustan los días de mucho viento.

Los eucaliptus susurran,
El viento silba entre
Sus ramas añejadas.
El silbido de la fricción
Es la música que disfruto.

A veces subo al techo a contemplar
Esa música
Y sigo pensando en esos años,
Los años de los bloques de hormigón.

Hoy, a través de la tecnología
Puedo ver en esas ventanas
De los bloques
Y veo gente neurótica , adicta,
Depresiva y miserable.

Veo el amanecer a las 7
Y el trayecto del sol solo
Es empañado un poco
Por la pared de eucaliptus
A eso de las 11.
Veo como se pierde en el horizonte
Al atardecer.

Mi vida ya nos es la del exilio
En la embajada de Francia.

Volví a casa a servir a mis padres.

Y los eucaliptus
Que sigan susurrando
Y desgarrando la forma del sol
A eso de las 11.










domingo, 4 de noviembre de 2018

   En el bolsillo pequeño de la mochilla encuentra un papel desgastado. Está doblado por la mitad. Lo extiende y lee: Pablo y un número de teléfono. Debe ser el hermano, piensa. Cierra la mochila y con el papel en la mano se dirige a un teléfono público. Introduce tres monedas de un  peso, marca, espera el tono y del otro lado lo atienden. Él dice que encontró el número en la mochila, que es amigo del Pipo. Del otro lado la persona que atiende le dice que es el hermano del Pipo. Pregunta si está en cana otra vez. Silencio. El hermano vuelve a preguntar con la voz quebrada. Ya lo empieza a presentir. Presentir de que se trata de una mala noticia. Él se lo dice directamente. Murió de una sobredosis hace poco. Se escucha el llanto a través del teléfono. Él se encuentra aplomado, estoico de este lado del teléfono. Lo deja llorar un rato.

    Cuando el hermano del Pipo se recompone, le dice que el cuerpo de su hermano lo tiene que ir a reconocer al hospital Fernández. El hermano le agradece por haber llamado. Le pregunta como se llama. Gastón, dice. Le pregunta en dónde lo puede encontrar. Él piensa, hace un silencio y corta.





   Llega a la Juncal antes del mediodía. Se sienta en en el pilar de luz tumbado que sirve como banco. Toma el devil stick, hace un par de movimientos para entrar en calor y cuando corta el semáforo sale a escena. Recoge monedas de dos autos. Vuelve al banco. Mira la mochila del Pipo, la abre y saca sus pelotas. Una está perdiendo arroz. Busca la cinta aisladora en la mochila y le pone unas cuantas vueltas de cinta para que no siga perdiendo arroz y el juego no se desequilibre al malabarear. Hoy va a ser un día de homenaje, piensa. Toma las pelotas y comienza a moverlas en el aire. Cuando ya tiene el control de estas empieza a hacer las figuras que hacía el pipo. No son complicadas, son 4 y sencillas.

  Sale al semáforo. Durante la rutina se recuerda a sí mismo cuando había empezado en los semáforos con pelotas similares a estas, y una rutina parecida a esta. En algunos momentos se desdobla. Se ve a sí mismo desde el banco. Por momentos lo ve al Pipo haciendo su rutina, lo ve saludando y cobrando entre los autos. Incluso lo ve al Pipo acercase y decirle: "Armate un faso rancho".   El semáforo corta y los autos avanzan. La imagen y el recuerdo del Pipo pareciera que se van con esos autos que se pierden entre los edificios de Juncal.

    Toma un billete que le pasan desde un Audi. Mientras está saliendo ve al Abuelo que viene de hacer las compras con unas cuantas bolsas. Cuando llega hasta donde está él, él se acerca y le ayuda con las bolsas. El Abuelo le pregunta como anda mientras cruzan Cerrito para ir a su casa. Le dice que bien. El Abuelo pregunta por el Pipo. Mientras le relata ve como las lágrimas corren por la cara del Abuelo. El Abuelo le dice que se quede tranquilo y que cualquier cosa que necesite, dinero o ayuda para hacer algún trámite con el cuerpo no dude en avisarle. Él le dice que de eso se va a ocupar el hermano. El Abuelo lo mira con compasión y le da un billete como todos los días. Vuelve corriendo al semáforo. Sigue con  la rutina, sigue juntando billetes  y monedas. Hace un recuento. Busca en la palmera el envase de cerveza y se va hasta el chino.

    Se arma un faso. Por momentos siente la presencia del Pipo, hasta su voz cree llegar a escuchar. Pero mira al semáforo y no está. Mira abajo de la palmera y no está fumando base. Mira por 9 de Julio y no viene de la villa desesperado. Mira al lado suyo y no está.

    Cuando termina la cerveza junta toda la plata y vuelve al chino. Le cambia todas las monedas por billetes. Se va hasta Plaza San Martín a tomar el subte. Llega y baja las escaleras. Se acerca al cobani que está en el molinete y le pregunta si lo deja pasar, que va hasta Independencia. El cobani no dice nada, solo le abre la puerta y lo deja pasar. El tren llega y se introduce rápido. Pasan las estaciones. Recuerda el sueño y puede verlo al Pipo rascarse los granos y comerse la piel. Sonríe y nadie se da cuenta de lo que a él le está pasando.

   Llega a Constitución. Sube las escaleras. El hall es un hormiguero. Al acercarse a lo molinetes ve que uno de los empleados está distraído. Pasa como si nada. El empleado no se entera. El trayecto es corto, se baja en Hipólito Irigoyen.



   

    La villa está tranquila. Se mete en el pasillo. Unos pintas están volviendo de comprar. Golpea en el portón de la Karina. La Karina no le abre, le dice desde el otro lado que no hay nada, que vaya a verlo a hermano. En la canchita está el Chino con dos mulos. Se lo ve contento. Le da la mano y le pide cuatro bolsas y dos piedras de faso. El Chino le pide las giladas a uno de sus mulos y se las pasa. Le paga, se vuelven a saludar y se va con toda la falopa. Cuando va por el pasillo se abre una bolsa y se la toma en dos saques. Guarda el resto de la merca en las medias. A una de las pelotas le saca cinta y mete las piedras por la ranura. Se va hasta Iriarte a tomar el 70. El bondi viene casi vacío. Se acomoda en el asiento de atrás junto a la ventana. La merca es buena. Apoya la cabeza en el vidrió. Siente la presencia del Pipo.







   Llega a la Juncal casi de noche. Se va hasta el chino a comprar una cerveza antes que cierre.

   El trámite es rápido. Vuelve y ya está la gente haciendo la cola en la plazoleta esperando el pan y facturas de La exposición. Se sienta en el banco a ver como la gente llega a la espera del pan. Abre otra bolsa, se toma un saque y un trago de cerveza. Busca la piedra de faso. Corta la mitad, lo desmorruga y lo arma con dos papelillos. Mientras lo prende y fuma llega la canasta de la panadería:ya son las nueve. Fuma caladas largas, las expulsa hacia arriba. Toma cerveza y escupe al piso. La realidad cambia, siente como está cambiando mientras fuma. Un cartonero de la 31 viene subiendo por Juncal. Le pregunta si sale una seca. Él le dice que sí. El cartonero acomoda su carro de ruedas de auto y se acerca a fumar. El pinta también fuma caladas largas. Se lo vuelve a pasar y él le dice que se lo quede. El cartonero agradece la onda. Lo apaga y se lo guarda en el bolsillo. También se pierde entre los edificios como la presencia del Pipo.

    Termina la cerveza y se va a mear abajo de la palmera. Cuando termina ve que la gente ya se ha llevado todo el pan y el canasto está volviendo a la panadería. Agarra la mochila del Pipo, mete las pelotas adentro y toma su mochila. Se cruza a la plazoleta. Busca en un canasto de basura algo para hacer un pozo. No encuentra nada. Sigue buscando y lo más práctico que encuentra es un pedazo de rama. Comienza a cavar. Hace un pozo no muy profundo. Abre la mochila del Pipo, busca las pelotas y las deja en el pozo. Al de las pelotas deja una bolsa de merca y una piedra de faso. Antes de ponerle la tierra encima se arma otro faso. Lo neva con un poco de merca. Tapa el pozo. Acomoda bien la tierra y prende el porro. Fuma una calada larga. Piensa. Fuma una calada larga. Siente. Fuma una calada larga y se le cristalizan los ojos. Vuelve a fumar y el pecho, como si fuera un a represa fisurada que no puede contener el agua que presiona desde el interior, expulsa todo el dolor contenido. Cae de rodillas frente al pozo que contiene los juguetes del Pipo. El pecho se le hace un fuelle. Llora desconsoladamente. En su boca se juntan las lágrimas y los mocos. Mocos que se traga por tener cocaína adherida. Vuelve a fumar, los ojos parecieran que van a estallar como su pecho. Todos los recuerdos destellan por su mente. Pero lo que tiene más presente es su voz en el sueño diciéndole: "Me voy con mi mamá rancho, me voy con mi mamá". Sigue llorando.

    Se recompone. Toma la mochila del Pipo y la tira en el canasto de basura. La bolsa que le queda se la toma de un saque. Sigue mirando al sepulcro simbólico. Fuma y su mirada dice la despedida, que se cuide, que se volverán a ver otra vez. Toma su mochila y se la cruza por el pecho. Mete la mano en el bolsillo, saca un montón de monedas, las mira un  segundo y las vuelve al bolsillo. "Adiós hermano", dice en su pensamiento. Se da vuelta y camina en dirección al Obelisco. Con el la mochila cruzada por su espalda y el los flecos del devil stick que salen de la mochila se aleja del Pipo. Se va a alejando arrojando humo hacia la cúpula oscura de la noche porteña. Se va alejando mientras los títulos empiezan a pasar por la pantalla y empieza a sonar Ciudad de pobres corazones de Fito Páez.








"En esta puta ciudad todo se incendia y se va,


matan a pobres corazones.


En esta sucia ciudad no hay que seguir ni parar,


ciudad de locos corazones.





No quiero salir a fumar,


no quiero salir a la calle con vos.


No quiero empezar a pensar


quién puso la yerba en ese viejo cajón.





Buen día lexotanil,


buen día señora, buen día doctor.


Maldito sea tu amor


tu inmenso reino y tu ansiado dolor.





¿Qué es lo que quieren de mí,


qué es lo que quieren saber?


No me verás arrodillado.





Dicen que ya no soy más yo,


que estoy más loco que ayer,




y matan a pobres corazones."








Fin 





















 
   En el bolsillo pequeño de la mochilla encuentra un papel desgastado. Está doblado por la mitad. Lo extiende y lee: Pablo y un número de teléfono. Debe ser el hermano, piensa. Cierra la mochila y con el papel en la mano se dirige a un teléfono público. Introduce tres monedas de un  peso, marca, espera el tono y del otro lado lo atienden. Él dice que encontró el número en la mochila, que es amigo del Pipo. Del otro lado la persona que atiende le dice que es el hermano del Pipo. Pregunta si está en cana otra vez. Silencio. El hermano vuelve a preguntar con la voz quebrada. Ya lo empieza a presentir. Presentir de que se trata de una mala noticia. Él se lo dice directamente. Murió de una sobredosis hace poco. Se escucha el llanto a través del teléfono. Él se encuentra aplomado, estoico de este lado del teléfono. Lo deja llorar un rato.
    Cuando el hermano del Pipo se recompone, le dice que el cuerpo de su hermano lo tiene que ir a reconocer al hospital Fernández. El hermano le agradece por haber llamado. Le pregunta como se llama. Gastón, dice. Le pregunta en dónde lo puede encontrar. Él piensa, hace un silencio y corta.


   Llega a la Juncal antes del mediodía. Se sienta en en el pilar de luz tumbado que sirve como banco. Toma el devil stick, hace un par de movimientos para entrar en calor y cuando corta el semáforo sale a escena. Recoge monedas de dos autos. Vuelve al banco. Mira la mochila del Pipo, la abre y saca sus pelotas. Una está perdiendo arroz. Busca la cinta aisladora en la mochila y le pone unas cuantas vueltas de cinta para que no siga perdiendo arroz y el juego no se desequilibre al malabarear. Hoy va a ser un día de homenaje, piensa. Toma las pelotas y comienza a moverlas en el aire. Cuando ya tiene el control de estas empieza a hacer las figuras que hacía el pipo. No son complicadas, son 4 y sencillas.
  Sale al semáforo. Durante la rutina se recuerda a sí mismo cuando había empezado en los semáforos con pelotas similares a estas, y una rutina parecida a esta. En algunos momentos se desdobla. Se ve a sí mismo desde el banco. Por momentos lo ve al Pipo haciendo su rutina, lo ve saludando y cobrando entre los autos. Incluso lo ve al Pipo acercase y decirle: "Armate un faso rancho".   El semáforo corta y los autos avanzan. La imagen y el recuerdo del Pipo pareciera que se van con esos autos que se pierden entre los edificios de Juncal.
    Toma un billete que le pasan desde un Audi. Mientras está saliendo ve al Abuelo que viene de hacer las compras con unas cuantas bolsas. Cuando llega hasta donde está él, él se acerca y le ayuda con las bolsas. El Abuelo le pregunta como anda mientras cruzan Cerrito para ir a su casa. Le dice que bien. El Abuelo pregunta por el Pipo. Mientras le relata ve como las lágrimas corren por la cara del Abuelo. El Abuelo le dice que se quede tranquilo y que cualquier cosa que necesite, dinero o ayuda para hacer algún trámite con el cuerpo no dude en avisarle. Él le dice que de eso se va a ocupar el hermano. El Abuelo lo mira con compasión y le da un billete como todos los días. Vuelve corriendo al semáforo. Sigue con  la rutina, sigue juntando billetes  y monedas. Hace un recuento. Busca en la palmera el envase de cerveza y se va hasta el chino.
    Se arma un faso. Por momentos siente la presencia del Pipo, hasta su voz cree llegar a escuchar. Pero mira al semáforo y no está. Mira abajo de la palmera y no está fumando base. Mira por 9 de Julio y no viene de la villa desesperado. Mira al lado suyo y no está.
    Cuando termina la cerveza junta toda la plata y vuelve al chino. Le cambia todas las monedas por billetes. Se va hasta Plaza San Martín a tomar el subte. Llega y baja las escaleras. Se acerca al cobani que está en el molinete y le pregunta si lo deja pasar, que va hasta Independencia. El cobani no dice nada, solo le abre la puerta y lo deja pasar. El tren llega y se introduce rápido. Pasan las estaciones. Recuerda el sueño y puede verlo al Pipo rascarse los granos y comerse la piel. Sonríe y nadie se da cuenta de lo que a él le está pasando.
   Llega a Constitución. Sube las escaleras. El hall es un hormiguero. Al acercarse a lo molinetes ve que uno de los empleados está distraído. Pasa como si nada. El empleado no se entera. El trayecto es corto, se baja en Hipólito Irigoyen.

   
    La villa está tranquila. Se mete en el pasillo. Unos pintas están volviendo de comprar. Golpea en el portón de la Karina. La Karina no le abre, le dice desde el otro lado que no hay nada, que vaya a verlo a hermano. En la canchita está el Chino con dos mulos. Se lo ve contento. Le da la mano y le pide cuatro bolsas y dos piedras de faso. El Chino le pide las giladas a uno de sus mulos y se las pasa. Le paga, se vuelven a saludar y se va con toda la falopa. Cuando va por el pasillo se abre una bolsa y se la toma en dos saques. Guarda el resto de la merca en las medias. A una de las pelotas le saca cinta y mete las piedras por la ranura. Se va hasta Iriarte a tomar el 70. El bondi viene casi vacío. Se acomoda en el asiento de atrás junto a la ventana. La merca es buena. Apoya la cabeza en el vidrió. Siente la presencia del Pipo.



   Llega a la Juncal casi de noche. Se va hasta el chino a comprar una cerveza antes que cierre.
   El trámite es rápido. Vuelve y ya está la gente haciendo la cola en la plazoleta esperando el pan y facturas de La exposición. Se sienta en el banco a ver como la gente llega a la espera del pan. Abre otra bolsa, se toma un saque y un trago de cerveza. Busca la piedra de faso. Corta la mitad, lo desmorruga y lo arma con dos papelillos. Mientras lo prende y fuma llega la canasta de la panadería:ya son las nueve. Fuma caladas largas, las expulsa hacia arriba. Toma cerveza y escupe al piso. La realidad cambia, siente como está cambiando mientras fuma. Un cartonero de la 31 viene subiendo por Juncal. Le pregunta si sale una seca. Él le dice que sí. El cartonero acomoda su carro de ruedas de auto y se acerca a fumar. El pinta también fuma caladas largas. Se lo vuelve a pasar y él le dice que se lo quede. El cartonero agradece la onda. Lo apaga y se lo guarda en el bolsillo. También se pierde entre los edificios como la presencia del Pipo.
    Termina la cerveza y se va a mear abajo de la palmera. Cuando termina ve que la gente ya se ha llevado todo el pan y el canasto está volviendo a la panadería. Agarra la mochila del Pipo, mete las pelotas adentro y toma su mochila. Se cruza a la plazoleta. Busca en un canasto de basura algo para hacer un pozo. No encuentra nada. Sigue buscando y lo más práctico que encuentra es un pedazo de rama. Comienza a cavar. Hace un pozo no muy profundo. Abre la mochila del Pipo, busca las pelotas y las deja en el pozo. Al de las pelotas deja una bolsa de merca y una piedra de faso. Antes de ponerle la tierra encima se arma otro faso. Lo neva con un poco de merca. Tapa el pozo. Acomoda bien la tierra y prende el porro. Fuma una calada larga. Piensa. Fuma una calada larga. Siente. Fuma una calada larga y se le cristalizan los ojos. Vuelve a fumar y el pecho, como si fuera un a represa fisurada que no puede contener el agua que presiona desde el interior, expulsa todo el dolor contenido. Cae de rodillas frente al pozo que contiene los juguetes del Pipo. El pecho se le hace un fuelle. Llora desconsoladamente. En su boca se juntan las lágrimas y los mocos. Mocos que se traga por tener cocaína adherida. Vuelve a fumar, los ojos parecieran que van a estallar como su pecho. Todos los recuerdos destellan por su mente. Pero lo que tiene más presente es su voz en el sueño diciéndole: "Me voy con mi mamá rancho, me voy con mi mamá". Sigue llorando.
    Se recompone. Toma la mochila del Pipo y la tira en el canasto de basura. La bolsa que le queda se la toma de un saque. Sigue mirando al sepulcro simbólico. Fuma y su mirada dice la despedida, que se cuide, que se volverán a ver otra vez. Toma su mochila y se la cruza por el pecho. Mete la mano en el bolsillo, saca un montón de monedas, las mira un  segundo y las vuelve al bolsillo. "Adiós hermano", dice en su pensamiento. Se da vuelta y camina en dirección al Obelisco. Con el la mochila cruzada por su espalda y el los flecos del devil stick que salen de la mochila se aleja del Pipo. Se va a alejando arrojando humo hacia la cúpula oscura de la noche porteña. Se va alejando mientras los títulos empiezan a pasar por la pantalla y empieza a sonar Ciudad de pobres corazones de Fito Páez.



"En esta puta ciudad todo se incendia y se va,
matan a pobres corazones.
En esta sucia ciudad no hay que seguir ni parar,
ciudad de locos corazones.

No quiero salir a fumar,
no quiero salir a la calle con vos.
No quiero empezar a pensar
quién puso la yerba en ese viejo cajón.

Buen día lexotanil,
buen día señora, buen día doctor.
Maldito sea tu amor
tu inmenso reino y tu ansiado dolor.

¿Qué es lo que quieren de mí,
qué es lo que quieren saber?
No me verás arrodillado.

Dicen que ya no soy más yo,
que estoy más loco que ayer,

y matan a pobres corazones."


Fin 






 

La fortaleza

La última fila de ladrillos

Está pegada y firme.



La fortaleza me resguardará.



El trabajo de toda

Una vida ha concluido.



Cada ladrillo seleccionado

Perfectamente

Sirve al propósito.

Cada resentimiento seleccionado

Perfectamente

Hacen indestructible

A la fortaleza.



En su interior no llega

La luz

Ni las emociones

NI el lenguaje:

En su interior no hacen falta.



La fortaleza me protege

En su vientre.

Lo humano no me lastima

Y no lastimo a nadie.



Pero...

¿Cuánto tiempo se puede

Vivir sin luz

Sin emociones

Sin lenguaje

Sin lo humano?



Vuelvo al último ladrillo pegado;

Me cuesta el triple de esfuerzo

Despegarlo.



¿Cuánto tiempo me llevará

Deconstruir

Esta fortaleza?


















La fortaleza

La última fila de ladrillos
Está pegada y firme.

La fortaleza me resguardará.

El trabajo de toda
Una vida ha concluido.

Cada ladrillo seleccionado
Perfectamente
Sirve al propósito.
Cada resentimiento seleccionado
Perfectamente
Hacen indestructible
A la fortaleza.

En su interior no llega
La luz
Ni las emociones
NI el lenguaje:
En su interior no hacen falta.

La fortaleza me protege
En su vientre.
Lo humano no me lastima
Y no lastimo a nadie.

Pero...
¿Cuánto tiempo se puede
Vivir sin luz
Sin emociones
Sin lenguaje
Sin lo humano?

Vuelvo al último ladrillo pegado;
Me cuesta el triple de esfuerzo
Despegarlo.

¿Cuánto tiempo me llevará
Deconstruir
Esta fortaleza?







miércoles, 31 de octubre de 2018

Un simulacro de poeta

Pretende tomar la lapicera

E  impregnar con su respiración

Al lenguaje que va abriendo

Surcos sobre la hoja.



Su mirada busca palabras

En vano;

Ahí afuera el lenguaje

No existe.



Las cosas no tienen nombre

No se autodefinen:

Pero sabe de astucias

Algo puede tramar.



(Se sabe dentro del lenguaje

Afuera nada se sabe)



Trata de replicar

(Desde el interior

Del lenguaje)

La tarde agradable

El perro que vigila en el portón

El fuego en el horno de barro

El calor concentrándose

En las paredes

La masa que leuda y la siesta

Que hacen los gatos por la casa.



La astucia parece funcionar

(Dentro del lenguaje)

Lo sabrán apreciar

Los que posean lenguaje

(El resto no)



Y a todas esas cosas

Que el lenguaje nombra,

Los que utilizamos el lenguaje

Quedamos dopados al

Ir cubriendo con sonidos guturales

El vacío y absurdo de la existencia.







La noche teñida de estrellas

Y ladridos de perros

Se funde con el pasto del patio.



Intuye un sentimiento

Intuye una palabra

Intuye un sonido gutural

Y cuando quiere pensarlo

Para enunciarlo

El perro del vecino aulla

A la luna cansina.



Prefiere esa palabra

Ese sonido gutural

Para definir su sentimiento;

El perro del vecino

También es poeta.










Un simulacro de poeta
Pretende tomar la lapicera
E  impregnar con su respiración
Al lenguaje que va abriendo
Surcos sobre la hoja.

Su mirada busca palabras
En vano;
Ahí afuera el lenguaje
No existe.

Las cosas no tienen nombre
No se autodefinen:
Pero sabe de astucias
Algo puede tramar.

(Se sabe dentro del lenguaje
Afuera nada se sabe)

Trata de replicar
(Desde el interior
Del lenguaje)
La tarde agradable
El perro que vigila en el portón
El fuego en el horno de barro
El calor concentrándose
En las paredes
La masa que leuda y la siesta
Que hacen los gatos por la casa.

La astucia parece funcionar
(Dentro del lenguaje)
Lo sabrán apreciar
Los que posean lenguaje
(El resto no)

Y a todas esas cosas
Que el lenguaje nombra,
Los que utilizamos el lenguaje
Quedamos dopados al
Ir cubriendo con sonidos guturales
El vacío y absurdo de la existencia.



La noche teñida de estrellas
Y ladridos de perros
Se funde con el pasto del patio.

Intuye un sentimiento
Intuye una palabra
Intuye un sonido gutural
Y cuando quiere pensarlo
Para enunciarlo
El perro del vecino aulla
A la luna cansina.

Prefiere esa palabra
Ese sonido gutural
Para definir su sentimiento;
El perro del vecino
También es poeta.




lunes, 29 de octubre de 2018

La duda


     Es jueves
y mi tía nos visita. Viene con mis primas y Tamara que está en su panza con 3
meses. Hace poco que se  mudó del Rucci a
Villa Serra. Mientras merendamos con mis primas ella y mamá toman mate. Dice
que hay algo en la casa que no le gusta. Dice que a la noche escucha ruidos.
Mamá le dice que no debe ser nada. Cambian de tema y antes de anochecer se
retiran.


   En cuestión
de un mes la visita de los jueves se convierte en un hábito e informes
detallados de lo que ocurre en la casa y durante la madrugada. La casa se
manifiesta, eso es lo que no le gusta a mi tía. Aparte porque ella es la única
que presencia estas manifestaciones. Ni mi tío ni mis primas escuchan o ven
algo. Mi tío cuando opina del asunto dice que está loca.


   Uno de las
manifestaciones más recurrentes es la de escuchar el ruido de las ollas en el
bajomesada, como cuando uno está buscando algo en particular y remueve todos
los utensillos hasta dar con el buscado. En una de esas noches se escucha que
la alacena se ha caído y todo se ha desparramado por el piso. Mi tía se levanta
y al prender la luz no hay nada en el piso. Abre la alacena y todo está ordenado
en su interior. 


   En otra
noche escucha ruidos en el comedor. Se levanta y prende la luz del comedor. No
hay absolutamente nada. Ahora escucha ruidos en su pieza. Mis primas duermen,
no se enteran de nada. Mi tío trabaja en un gomería y viene una vez a la semana
a dejar plata. Así que se pasa casi toda una noche yendo y viniendo de la pieza
al comedor.


Finalmente se duerme rezando y tomando un crucifijo
en su mano pegado a su pecho.


     Los
acontecimientos llegan a su punto máximo cuando estando de día y en el comedor
mirando la televisión y mis primas sentadas al lado de ella, el modular se
mueve unos centímetros. Esta es la primera vez que mis primas presencian las
manifestaciones. Sin embargo mi tío sigue insistiendo que está loca.


****











     Mi abuela
no la está pasando bien en Buenos Aires y se viene a vivir con mamá y conmigo
en nuestra casa del barrio Noroeste. Mamá tampoco está pasando un buen momento
con su pareja. Al tipo este nuevo esquema no le gusta y deja la casa.


    Mi tía nos
dice que nos vayamos a vivir con ella. Así que terminamos viviendo todos juntos
en su casa. Mamá decide irse a trabajar al sur y me deja al cuidado de mi
abuela y mi tía. Durante este tiempo las manifestaciones parecen haberse
detenido. Mi tía cada vez que las recuerda y le comenta a alguien, entre mi tío
y mi abuela le dicen que está loca. Pero no se lo dicen en serio. Lo dicen para
minimizar la situación, restarle importancia. Mi tía ahora está tranquila, hace
mucho que no escucha nada.


      El ruido
la despierta. Otra vez se siente el ruido de las ollas en el bajomesada, otra
vez se siente las cosas caerse de la alacena, otra vez prender la luz y abrir
las puertas y confirmar que todo está ordenado, otra vez rezar y dormir con el
crucifijo pegado al pecho.





***





     Yo duermo
con mi abuela en el comedor. Hicimos una pequeña habitación en el medio de la
sala. Mi tío llega como todas la semanas. Dice que se va a quedar un par de
días para hacer unos trámites. En la mesa de la cocina estamos todos. Con mis
primas tomamos la leche y los grandes toman mate. Mi tía cuenta lo que estuvo pasando
en la noche. Mi abuela es escéptica y mi tío se lo toma a la joda. Mi tía se
levanta de la mesa enojada y se mete al baño. El día pasa y la noche también
vuelve a pasar. 


    Al otro
día, como todas las mañanas, nos encontramos desayunando. Estamos esperando el
informe de la noche. Mi tía está seria, no dice nada. Mi tío ceba un mate, se
lo pasa a mi abuela y se prende un cigarrillo.


-¿Qué hacía Sebastiana anoche en la cocina arrastrando
los pies? Como si se estuviera limpiando-, dice mientras ceba otro mate y se lo
pasa a mi tía.


-Yo pensé que eras vos-, le dice mi abuela.


    Se quedan
mirando fijo. Todos nos quedamos en silencio. No vuela una mosca.




Mi tía se levanta para ir al baño y mi tío se ceba
otro mate. El asunto no se menciona más.












La duda

     Es jueves y mi tía nos visita. Viene con mis primas y Tamara que está en su panza con 3 meses. Hace poco que se  mudó del Rucci a Villa Serra. Mientras merendamos con mis primas ella y mamá toman mate. Dice que hay algo en la casa que no le gusta. Dice que a la noche escucha ruidos. Mamá le dice que no debe ser nada. Cambian de tema y antes de anochecer se retiran.
   En cuestión de un mes la visita de los jueves se convierte en un hábito e informes detallados de lo que ocurre en la casa y durante la madrugada. La casa se manifiesta, eso es lo que no le gusta a mi tía. Aparte porque ella es la única que presencia estas manifestaciones. Ni mi tío ni mis primas escuchan o ven algo. Mi tío cuando opina del asunto dice que está loca.
   Uno de las manifestaciones más recurrentes es la de escuchar el ruido de las ollas en el bajomesada, como cuando uno está buscando algo en particular y remueve todos los utensillos hasta dar con el buscado. En una de esas noches se escucha que la alacena se ha caído y todo se ha desparramado por el piso. Mi tía se levanta y al prender la luz no hay nada en el piso. Abre la alacena y todo está ordenado en su interior. 
   En otra noche escucha ruidos en el comedor. Se levanta y prende la luz del comedor. No hay absolutamente nada. Ahora escucha ruidos en su pieza. Mis primas duermen, no se enteran de nada. Mi tío trabaja en un gomería y viene una vez a la semana a dejar plata. Así que se pasa casi toda una noche yendo y viniendo de la pieza al comedor.
Finalmente se duerme rezando y tomando un crucifijo en su mano pegado a su pecho.
     Los acontecimientos llegan a su punto máximo cuando estando de día y en el comedor mirando la televisión y mis primas sentadas al lado de ella, el modular se mueve unos centímetros. Esta es la primera vez que mis primas presencian las manifestaciones. Sin embargo mi tío sigue insistiendo que está loca.
****



     Mi abuela no la está pasando bien en Buenos Aires y se viene a vivir con mamá y conmigo en nuestra casa del barrio Noroeste. Mamá tampoco está pasando un buen momento con su pareja. Al tipo este nuevo esquema no le gusta y deja la casa.
    Mi tía nos dice que nos vayamos a vivir con ella. Así que terminamos viviendo todos juntos en su casa. Mamá decide irse a trabajar al sur y me deja al cuidado de mi abuela y mi tía. Durante este tiempo las manifestaciones parecen haberse detenido. Mi tía cada vez que las recuerda y le comenta a alguien, entre mi tío y mi abuela le dicen que está loca. Pero no se lo dicen en serio. Lo dicen para minimizar la situación, restarle importancia. Mi tía ahora está tranquila, hace mucho que no escucha nada.
      El ruido la despierta. Otra vez se siente el ruido de las ollas en el bajomesada, otra vez se siente las cosas caerse de la alacena, otra vez prender la luz y abrir las puertas y confirmar que todo está ordenado, otra vez rezar y dormir con el crucifijo pegado al pecho.

***

     Yo duermo con mi abuela en el comedor. Hicimos una pequeña habitación en el medio de la sala. Mi tío llega como todas la semanas. Dice que se va a quedar un par de días para hacer unos trámites. En la mesa de la cocina estamos todos. Con mis primas tomamos la leche y los grandes toman mate. Mi tía cuenta lo que estuvo pasando en la noche. Mi abuela es escéptica y mi tío se lo toma a la joda. Mi tía se levanta de la mesa enojada y se mete al baño. El día pasa y la noche también vuelve a pasar. 
    Al otro día, como todas las mañanas, nos encontramos desayunando. Estamos esperando el informe de la noche. Mi tía está seria, no dice nada. Mi tío ceba un mate, se lo pasa a mi abuela y se prende un cigarrillo.
-¿Qué hacía Sebastiana anoche en la cocina arrastrando los pies? Como si se estuviera limpiando-, dice mientras ceba otro mate y se lo pasa a mi tía.
-Yo pensé que eras vos-, le dice mi abuela.
    Se quedan mirando fijo. Todos nos quedamos en silencio. No vuela una mosca.

Mi tía se levanta para ir al baño y mi tío se ceba otro mate. El asunto no se menciona más.



domingo, 28 de octubre de 2018

Tiroteos


Una chapa sobre el contrapiso


Para que las brasas del carbón


No la reviente;


Mi tío aviva el fuego


Con una cubierta


De un disco de vinilo


De los Wawancó.





Es mediados de los 80’s


Alfonsín y el Plan Austral.





Todos los domingos


Se comía asado


En la casa de mi abuela,


No recuerdo un domingo


En que haya faltado.


Una casa de laburantes


De triunfadores


Que nacieron a la vera


Del Río Pilcomayo


En la extrema miseria


Y ahora cada uno


Se ha ganado su lugar


En la calles salvajes de Buenos Aires.





No sé bien a qué se


Ha debido.


No recuerdo fotos de Perón


O Evita;


Alfonsín o los militares


O un loro que cante


La marcha peronista


En la casa de mi abuela.





Recuerdo la palabra: razzia, sida, droga


Recuerdo que cada uno de mis


Tíos tenía un fierro:


22, 38, ithakas


Recuerdo unos cuantos tiroteos.





Mi vida en la calle fue


Parecida a mi infancia


Y a la infancia de mis tíos.





A pesar de vivir en la


Extrema miseria


No faltaba el asado


El vino y la falopa.





No recuerdo fotos de Kirchner, Duhalde


O un loro que cante M.M.L.P.Q.T.P;


Recuerdo, eso sí,


Unos cuantos tiroteos.





Hace unos días hice una changa


Compré una tira de asado


Chorizo y morcilla


Para comer con mi viejito.





El trámite fue rápido


A la parrigas.





Mientras se cocinaba


Recordaba a mi tío avivando


Las brasas con el disco


De los Wawancó.





Afuera se escucha


Desde el otro barrio


Unas cuantas balas de un tiroteo.





Parece que nada cambia.


A pesar de los cambios de gobierno


El sonido de los tiroteos




Siempre es el mismo.












Tiroteos

Una chapa sobre el contrapiso
Para que las brasas del carbón
No la reviente;
Mi tío aviva el fuego
Con una cubierta
De un disco de vinilo
De los Wawancó.

Es mediados de los 80’s
Alfonsín y el Plan Austral.

Todos los domingos
Se comía asado
En la casa de mi abuela,
No recuerdo un domingo
En que haya faltado.
Una casa de laburantes
De triunfadores
Que nacieron a la vera
Del Río Pilcomayo
En la extrema miseria
Y ahora cada uno
Se ha ganado su lugar
En la calles salvajes de Buenos Aires.

No sé bien a qué se
Ha debido.
No recuerdo fotos de Perón
O Evita;
Alfonsín o los militares
O un loro que cante
La marcha peronista
En la casa de mi abuela.

Recuerdo la palabra: razzia, sida, droga
Recuerdo que cada uno de mis
Tíos tenía un fierro:
22, 38, ithakas
Recuerdo unos cuantos tiroteos.

Mi vida en la calle fue
Parecida a mi infancia
Y a la infancia de mis tíos.

A pesar de vivir en la
Extrema miseria
No faltaba el asado
El vino y la falopa.

No recuerdo fotos de Kirchner, Duhalde
O un loro que cante M.M.L.P.Q.T.P;
Recuerdo, eso sí,
Unos cuantos tiroteos.

Hace unos días hice una changa
Compré una tira de asado
Chorizo y morcilla
Para comer con mi viejito.

El trámite fue rápido
A la parrigas.

Mientras se cocinaba
Recordaba a mi tío avivando
Las brasas con el disco
De los Wawancó.

Afuera se escucha
Desde el otro barrio
Unas cuantas balas de un tiroteo.

Parece que nada cambia.
A pesar de los cambios de gobierno
El sonido de los tiroteos

Siempre es el mismo.



16 años

 Me dijeron  Que tenía una condición  Física, mental y espiritual. Que era una alergia del cuerpo Una obsesión de la mente Un lugar oscuro d...