domingo, 12 de junio de 2016


Karma
                                                                                                             
                                                                                    ¿Can you show me where it hurts?
                                                                               Comfortably numb, Pink Floyd



    La tarde es gris, de un gris añejado por la melancolía y potenciado por la desesperación. En el vidrio de la ventana la lluvia se arrastra con un poco más de ánimo que mi estado de ánimo. Hoy están dadas todas las condiciones. Quisiera poder llorar para desahogarme un poco, pero si pudiera lograr llorar llenaría todos los cuencos vacíos del planeta. Y es esta incapacidad, la de no poder llorar y expresar mis sentimientos, la que ha atormentado mi espíritu y obsesionado mi mente con un único pensamiento, un pensamiento lícito e irreversible. Hace un poco más de una hora que estoy en la silla mecedora balanceándome y repitiendo una y otra vez el contenido de mi decisión, una decisión irrevocable: suicidio. Hoy es el día perfecto para morir desangrado.
    Ya es la vez veintena que suena “Only Happy When It Rains” de Garbage en la ventana de Youtube. Desde 1996 me pregunto qué es lo que la hace feliz a Shirley Manson en los días de lluvia, seguramente es una ironía, como mi propia existencia en este momento. Una existencia que se arrastra lánguida y dolorosa, como las gotas de lluvia, que al impactar sobre el vidrio se deslizan a una  muerte perfecta sobre la superficie del alfeizar. Pero la respuesta a esa pregunta ya no importa, si importa la canción, la canción con la que me voy a despedir de este mundo. Ya está decidido: al acabar la canción al fin podré llorar, llorar sangre, y será la primera y última vez que lo haga.
   Miro por última vez  hacia la ventana y trato de retener todos los detalles posibles antes de partir. Ya tengo el elemento para realizar el corte, está sobre la mesa, al lado de mi notebook. Cierro los ojos y respiro profundo. Trato de escuchar mi corazón, trato, trato de escucharlo y poder encontrar alguna razón valida para declinar mi decisión. Al finalizar la canción mi mano se dirige hacia el elemento punzo-cortante, pero antes de llegar a éste veo una notificación en Facebook y una intriga sospechosa me detiene. La aplicación "Un Día Como Hoy" me recuerda todo lo que hice en años anteriores. Dejo suspendida mi decisión por un momento hasta ver los recuerdos que me preparó Facebook. Videos, estados, acontecimientos y fotos que he compartido en años anteriores y hoy vuelven a mí como si algo de eso pudiera convencerme para que no introduzca la delgada hoja afilada en mi antebrazo. Al ir recorriendo la pantalla me detengo en una foto: la foto en la que estoy con mi abuela, mi abuelo y mi madre. Yo contaría con unos dos años en esa foto. Mi abuela me tiene en sus brazos y detrás se encuentra mi abuelo. Por un momento pienso en mi infancia, lo feliz que fui y los momentos que viví, en especial con mi abuela. Por un momento estos recuerdos pueblan mi confuso ser. Pienso en mi abuelo y trato de buscar los recuerdos que tengo de él para poder traerlo conmigo por un instante en este momento difícil. Me doy cuenta que tengo un solo recuerdo vivo de él, y es el de estar en la azotea de nuestra casa en San Francisco Solano donde él está preparando un pastón de albañilería.
    Mi abuelo se llamaba Francisco Franco, como el dictador español. Las crónicas de mi madre y mis tíos me hicieron llegar una descripción, que como toda descripción no llega a representar en su totalidad al hombre que fue, y es esta descripción lo único que conservo de él, sumada a la imagen en la azotea con el pastón de albañilería; imagen que tengo grabada a fuego en mi memoria como un tatuaje que me recuerda ciertos arquetipos de mi identidad. Francisco Franco era maestro mayor de obras (como yo), era adicto al alcohol (como yo), filósofo etílico (como yo, a su último hijo intentó llamarlo Sócrates, el nombre de un gran filósofo le decía a mi abuela), y tantas cosas que no llego a traducir pero siento, siento una gran herencia al observar su mirada en la foto.
   Cierro la ventana de Youtube, estoy harto de escuchar Garbage, estoy harto de no poder cumplir con mi decisión (no es la primera vez que lo intento), estoy harto de vivir, estoy harto de estar harto. Vuelvo a recostarme sobre la silla mecedora con los ojos cerrados: estoy exhausto. Por un momento, casi eterno, percibo que mi mente ha quedado en silencio, un silencio extraño, ya que hace años que no puedo lograr callar las voces obsesivas de mi cabeza, mucho menos la voz del mundo, y éste también se ha callado. Si, silencio, silencio perfecto. La armonía del mundo es perfecta. La siento, no la puedo describir pero la siento. De repente vuelve la voz del mundo, lenta y gradualmente; los sonidos del exterior empiezan a llegar como las olas del mar en un día calmo. La garúa fina, los latidos de mi corazón, el tic tac del reloj, el sonido de la leña quemándose en la salamandra arrojando chasquidos hipnóticos, le devuelven la belleza al mundo. Estos susurros los percibo de manera acompasada, engranajes sonoros, como si cada uno supiera cuanto debe durar  para darle paso al siguiente.
    Catatónico me encuentro abstraído dentro de este vals de sensaciones internas. Es cuando vuelve a mí la imagen de mi abuelo, como si fuera una diapositiva, vuelvo a estar ahí, con él, puedo recordar todo, como era el día, la temperatura, la golosina que le compré en el kiosco, el tono de su voz, recuerdo absolutamente todo. De repente la imagen se empieza concentrar en su mirada y como si me introdujera en un túnel tengo acceso a su vida, sus pensamientos, sus emociones, todos sus recuerdos. Puedo ver su vida en el Paraguay, siempre bebiendo, siempre trabajando en albañilería, siempre fuera de su casa. Siento el vértigo de la revelación al ver su amistad con un alemán que ha escapado de la guerra. Es este alemán el que le transmite sus conocimientos de filosofía. Textos de Platón, Hegel, Heidegger y Nietzsche puedo captar rápidamente en la biblioteca del alemán. También soy testigo de las noches de borracheras mezclada con filosofía, peleas, prostíbulos, cantinas. Lo veo, a mi abuelo, balancearse de un lado para el otro con una botella en la mano diciendo:" yo soy Francisco Franco, maestro mayor de obra". Pero lo mas importante es que puedo sentir su dolor, mi dolor, nuestro dolor, nuestra angustia existencial que nada del mundo puede ni pudo curar; ni siquiera océanos enteros de alcohol.
    Ahora la imagen testigo me lleva hasta su padre, mi bisabuelo, Eduardo Franco. Un español ilustrado, anarquista, pasional como pocos. Ha llegado en barco desde el viejo continente escapando por razones políticas. Llega al Brasil por el puerto de Rio Grande do sul. Puedo ver la travesía en carretas por territorio brasilero hasta llegar al Paraguay. En una estadía cerca de las tolderías guaraní, Eduardo Franco se enamora de una aborigen. Nunca más volverá a España. El nombre de esta aborigen no se me revela, si se revela su vida en las tolderías junto a mi bisabuelo, si se revela todo el linaje de la sangre guaraní, pero de manera emotiva, no recibo imágenes, solo el calor  y el dolor de la raza guaraní; toda la sabiduría que ellos toman de la tierra y que nosotros hemos olvidado. Siento la mixtura de la sangre bramar, siento a la sangre gritar, siento esa energía incontenible que no he podido controlar en mi vida y ahora me confronta para que de una vez por todas pueda cumplir con su propósito.
   Como si fuera una galeria de acontecimientos, la imagen me lleva al otro lado del océano, precisamente a una campiña entre la frontera española y francesa. Veo, y siento, una vida rural y tranquila en Andorra. El idioma vasco, con algo de catalán, francés y portugués me resultan familiares como mi infancia. Al dirigir mi mirada hacia Lisboa reconozco una vida en el mar al servicio de la corona portuguesa, pero de manera poco legible, al igual que los años trabajando como artesano en la construcción de una capilla en las afueras de Oporto. De un salto brusco paso a lo que rápidamente percibo como una batalla. En efecto es una batalla: es la toma del castillo de Alcocer por el Cid Ruy Díaz, el Cid Campeador. Lo puedo ver magnánimo blandiendo su espada y derribando moros en cada estocada. Pero los acontecimientos no me ponen del lado español sino del lado de los moros. Comprendo que mi linaje viene del otro lado del mar Mediterráneo. Ahora, la intuición me dicta que estoy en Córdoba, observando el río Guadalquivir y añorando el oriente desde una habitación plagada de libros y manuscritos en árabe sobre traducciones de Aristóteles. Siento que el propósito en estos días es comprender el significado de las palabras tragedia y comedia. Transpolar estos términos al ámbito del islam es lo que consume mis días en esta vida. Me observo en un espejo de metal. Veo mi cara con turbante y una fulminación sin combustión me desaparece, también desaparece la habitación y los manuscritos y el Guadalquivir.
    Una visión aérea, como el vuelo de un pájaro, me lleva sobre la costa ibérica desde Málaga, pasando por Marbella, Gibraltar y Tánger, y a cada lugar un recuerdo le pertenece. En Orán combatí a dos leones hasta darles muerte, en Argelia fui escriba, en Túnez alquimista, en Alejandría vi arder la biblioteca, carpintero en tierra santa; los bajeles de Darío me llevan hasta la costa de Maratón para que una flecha, con más razón que pasión, me lacere. Infinitas caravanas me llevan por los océanos de fuego de Siria, Iraq e Irán. Cuevas desconocidas me albergan en las montañas de Afganistán. El valle del Indo me prepara para la purificación espiritual. Preparado, ahora, de frente al Ganges, me encuentro meditando. Mirando (sin usar lo ojos), sintiendo (sin usar los sentidos),  el bello espectáculo que se encuentra del otro lado del velo. Y en todas las personas donde poso mi mirada puedo ver la infinita serie de acontecimientos; las veces que nacieron y murieron, todo lo que fueron y serán, al igual que yo, que soy todos y todos soy yo. Veo mi vida atravesada como si fuera una malla, donde todo confluye y donde todo es posible, y como ráfagas de imágenes recuerdo todos los lugares donde nací, todos lo cementerios que habité; todos lo idiomas que hablé, todas las vidas en donde callé; todas las prisiones donde estuve, todas las veces que juzgué; todos los hijos que fui, todos los padres que me toco ser; las naciones que defendí y los oficios que ejercí; todos los animales y espíritus también. Comprendo que he sido todas las cosas: la pluma del escritor y el látigo del verdugo; los clavos del redentor y la chispa del primer fuego; los escudos y lanzas y la flecha de Paris, al igual que el talón de Aquiles; las naves de Erik el Rojo, como así también las fenicias. No hubo lugar donde no haya estado: desde la estepa rusa hasta la Patagónica, desde el Kilimanjaro hasta el Gran Cañón del Colorado, desde las Islas Galápagos hasta la Gran Muralla China.
    Sin abrir los ojos el mundo se aleja de mí,  y observo como todo este cumulo cabe dentro de una partícula, una partícula misteriosa y silenciosa, que atraviesa la infinitud del infinito espacio hasta llegar a valles de sangre transparente donde elefantes sin forma se purifican en sigilosas lluvias de cerámica; estos me miran y desaparecen dejando estelas multicolores que queman los mil y un nombres que tuve. Del otro lado de un portal secreto convergen tornados de almas con millones de rostros sin cara, y en cada cara hay un millón de rostros. Las historias de nubes antiguas se proyectan sobre campos de algodón muerto, en una sucesión ininteligible, sin comienzo ni fin, y sin historias; tampoco nubes. Cayendo sobre una escalera sin peldaños, el anfiteatro se materializa solamente para mostrarme que todas estas voluptuosidades son arrastradas por el pincel de un demiurgo ebrio de locura; que al salpicar el paño lo derrite y las gotas del paño derretido forman infinitos universos. Es entonces cuando la partícula se lleva consigo misma a toda esta madeja de abstracciones; es entonces cuando soy consciente de la soledad de esta partícula que viaja por toda la vastedad universal conocida, y mucho más por la no conocida. Soy consciente que la soledad y la melancolía de esta partícula que no se asemeja en nada, en comparación a mi melancolía. Soy consciente, al igual que la partícula, que tengo un propósito. Lo comprendo porque siento la serenidad de esta partícula misteriosa, silenciosa e infinita que viaja solamente para cumplir con su destino; y siento que yo también tengo que cumplir con un propósito, un destino.
    La partícula, ahora, se ha detenido. Es que ya no hay espacio que recorrer ni tiempo que fatigar. Solo le queda un trabajo que realizar: alumbrar una escena, una última escena. En la escena hay un niño con una rosa en su mano, en uno de los pétalos de la rosa hay una gota de rocío. Comprendo, sin asombro, que el niño soy yo, también soy la rosa con su pétalo; y también soy la gota de rocío.
     Con violencia delicada me despierta el ringtone de "Papa Don´t Take No Mess", de James Brown. Tardo un par de segundos en rehabilitarme, y cuando dispongo de fuerzas y voluntad para comprender otra vez donde estoy, atiendo. En la pantalla del teléfono se lee Guillermina Franco, mi madre. El contenido de la conversación es siempre la misma, no es lo mismo mi estado anímico. Una eclosión de sentimientos benévolos fluyen dentro de mí; mi madre también lo percibe. Me pregunta si estoy bien, y contesto afirmativamente de manera sincera, no solo para cumplir con una formalidad cordial, no sin sentir el verdadero sentido de la palabra "bien" y no sin sentirme realmente  "bien". Mientras conversamos noto como el cielo se empieza a despejar y los rayos solares empiezan a bañar la habitación lentamente. Noto como mi corazón se inflama de inocente alegría. Noto en el espejo que se encuentra del otro lado de la habitación que estoy sonriendo mientras hablo con mi madre.Esto si que es una novedad. Le digo que la quiero mucho y que al anochecer iré a comer con ella. Nos despedimos. Siento que algo ha cambiado, que soy otro. Vuelvo a recostarme plácidamente sobre la mecedora analizando sin mucho rigor los pocos pensamientos que percibo. Me quedo en silencio un par de minutos. Al querer levantarme me doy cuenta que no dispongo de fuerzas y un pánico aterrador me consume instantáneamente, no solamente eso, sino que otra vez se ha callado el mundo, y eso multiplica el pánico. Por un segundo, quizás dos, la pesadilla parece real. Pero al silencio mudo sobrevive el tic tac del reloj, y entre cada compás una bella melodía angelical se empieza a filtrar, y la bella melodía me envuelve con un manto que puedo ver al verme en el espejo; el manto me eleva hacia la esquina superior de la habitación donde me espera una voz, y la voz me dicta: "10, 9, 8, lentamente empezás a despertar. 7, 6, 5, cada vez estás más despierto. Empezá a respirar profundamente. 4, 3, 2, regresando cada vez más, cada vez más despierto, mové un poco los dedos de tus manos. 1, abrí tus ojos”.


" A salvo en la luz que me rodea
Libre del miedo y del dolor
Mi mente subconsciente
Comienza a girar a través del tiempo
Para volver a unir el pasado una vez mas"

Regression, Metropolis part 2: Scenes From a Memory         Dream Theater



Gastón Leandro Ezequiel Vázquez        Jueves 9 de Junio de 2016       21:27

No hay comentarios.:

Una navidad diferente

  “Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti” Friedrich Nietzsche        Pasó por la puerta principa...