domingo, 22 de mayo de 2016

Ensayo sobre la muerte


 Y yo ya no esperaba a nadie


Entre
las risas del aquelarre,


El
diablo y la muerte


Se
me fueron amigando.





    Vastas,
profundas y voluptuosas son las imágenes que producen la muerte en la fértil
llanura de mi conciencia. De todas las posibilidades que me permita la
gramática, y el rigor que conlleva esta empresa, solamente ensayaré las que se
presenten a mi espíritu en esta noche. Dicho esto vale aclarar que las líneas
de este ensayo transcurrirán, en su mayoría por experiencias personales y
reflexiones de la misma índole. Y ya que se me permite indagar sobre la
cuestión, solo pondré como objeción, que el tema sea tratado con la debida
fuerza de espíritu para poder llevar, al que solicite esta lectura, una visión
un tanto más poética y romántica de la muerte.


   Sin más
preámbulos comenzaré la serie ubicándola en un acontecimiento decisivo  en mi vida. El 11 de marzo de 2008 desperté
en  la Plaza de la República, frente al
Obelisco porteño después de una larga carrera por las profundidades del alma
humana. El hecho de que este evento sea decisivo es porque durante todo el
tiempo que conté con mis 27 años había estado esperando la muerte gloriosa, la
muerte del club de los 27 del cual yo me sentía parte; una muerte por excesos:
como los iconos del rock que idolatraba. Pero esto era la capa superficial de
esta relación que empezó mucho tiempo atrás, en mi infancia más precisamente.


   La muerte 
se presentó en la cama que compartía con mi abuela hacia fines de
octubre de 1988. Ellos debían dirimir sus cuestiones. Y la parca se presentó a
la cita sin invitación ni previo aviso, o por lo menos uno lo cree así. La
cuestión es que el proceso habrá sido turbulento, lleno de  acusaciones, lleno de apelaciones, veredicto
y sentencia final, ya que la agonía duro más de una semana; más específicamente
termino el 5 de noviembre de 1988. Era este mi primer enfrentamiento con la
muerte y el ritual funerario. Era esta la primera vez que sentía la partida de
un ser querido, la primera vez que sentía la angustia en su mayor exponente. La
primera vez que debía escuchar el llanto desconsolado de mis familiares. La
primera vez que debía ver la carne inerte de aquello que alguna vez tuvo vida y
ya no lo tenía,  la primera vez que tenía
que aceptar que ella ya no volvería; que una vez cerrado el ataúd no habría
vuelta atrás, que una vez que los funebreros hagan descender el ataúd y la
tierra empiece a golpear la madera, y éste vaya desapareciendo de a poco, debía
aceptar a la muerte como algo que es parte de la vida. Hoy, 27 años después,
podría decir que es la vida. La muerte es la poesía de la vida.


   Tuve una infancia feliz en los suburbios de
Quilmes, en  mi añorado barrio de San
Francisco Solano. Mi abuela fue la primera figura materna que adopté. Los
recuerdos más bellos, o quizás  mi
memoria ha ido adornando con nostalgia y melancolía, son de esa época. Con lo
cual debo confesar que la infancia feliz se interrumpió luego de que ella
partiera. Ya nada volvería a ser lo mismo. Ser consciente de la caducidad de la
carne hizo que este sentimiento lo llevara a mi propia carne, a mi propio
corazón, a preguntarme al tocar mi corazón cómo será la transición, cómo será
dejar de respirar y sentir el ahogo, la desesperación, el abandono del cuerpo y
esa zona tan misteriosamente y tan poblada de 
interpretaciones, algunas románticas, algunas oscuras como el manto de
la noche. La muerte me hizo consciente de que todo tiene un fin y mientras dure
la escena hay que tratar de disfrutar lo máximo que se pueda de esta  aventura arriesgada que se llama vida. Sin
embargo esta verdad, a mis 8 años de edad, fue demasiado para mi alma precoz.
Pero en algún momento debía llegar. Era cuestión de tiempo. En cuestión de
tiempo también apareció la fascinación por la muerte.


   Las caminatas por el cementerio, las fotos
añejadas por el tiempo, el musgo sobre el granito y el mármol, la paz y el
murmullo de las palomas, los cortejos fúnebres, sepulturas, nichos y panteones empezaron
a formar parte de mi nueva consciencia. Siempre trataba de escapar de mi madre
para poder explorar las tumbas, mirar las fotos y las fechas, fantasear de cómo
se verían esos cadáveres después de tantos años. En unas de estas incursiones
por los panteones donde se encuentran los nichos con sus respectivas osamentas
encontré un nicho sin su puerta, con lo cual tenía acceso a los huesos del
difunto. Descubrir la tapa y ver los restos de lo que alguna vez fue un ser
humano que piensa, siente, ama, odia, sueña, fue también revelador. Ahí estaba
yo despojado del yo (si es que existe algo que se pueda definir como “yo”),
esto también era una imagen digna de poesía, el niño y la osamenta, digna de
unas cuantas metáforas para los artistas del lenguaje.


  En la
adolescencia la  angustia existencial de
buscar una propia identidad, el tema de la muerte cobró gran significación, más
en la música, en la estética, en mis pensamientos y sentimientos. Fue en este
momento cuando empecé a contemplar seriamente la idea de la muerte. Los
conflictos familiares y mi incapacidad para poder expresarme abiertamente
gestaron en mi ser una tendencia autodestructiva que marcaría toda mi vida.
Recuerdo como quería morir, ponerle fin a esta farsa que en ese momento era mi
vida, (o yo así lo creía), tanto dolor que asfixiaba  mi pecho, tantas palabras que quería expresar
y no tenía los medios, así  que el
suicidio se presentaba como única opción. Solo una vez lo intenté de forma
drástica. Con el pasar de los años estos sentimientos  fueron tomando otras formas, formas
narcóticas que me permitieron sobrellevar el dolor de vivir; luego comprendí
que esta manera también se trataba de un suicidio lento, progresivo.


    Después de terminar mis estudios secundarios
empezó la experiencia de vivir fuera de la casa de mis padres. Es en este punto
donde empecé a sentir la carrera desenfrenada que terminaría muchos años
después. La muerte nunca dejó de estar ahí. La muerte siempre estaba y está
presente. Fue en esta época cuando aparecieron esas pequeñas dosis de
analgésicos ilegales, que después fueron enormes dosis. La tentación de lo
prohibido y la curiosidad por eso de lo que tantos hablan por fin había llegado
a mis manos, o yo lo había  estado
buscando para ser sincero con este ensayo.


    Al fallecer un tío muy querido por mí, yo ya
era consciente de que los familiares en algún momento van a partir. En ese
momento ya lo tenía aceptado. Lo que no tenía aceptado era que un amigo podría
llegar a morir. Y ese momento también llegó. Ese dolor también llegó. Hoy a la
distancia puedo ver que, aparte de los narcóticos, mi espíritu se estaba
gangrenando con la ponzoña de los resentimientos que arrastraba desde muchos
años atrás. Pero como darse cuenta después de tantos años de dolor cuando el
efecto mágico y placentero de los venenos ciudadanos son tan efectivos y
baratos para estos malestares del espíritu que ni la familia, ni los doctores,
ni la justicia pueden tratar.


  Así empezó
un descenso que hizo que empezara a vivir una vida a medias, o una muerte en
vida, que también es un tipo de muerte, de todas formas era esto lo que estaba
buscando.





Recorrí
las calles sin un rumbo cierto


A
veces dormido, a veces despierto





   Durante años caminé sin rumbo, buscando el
placer del estímulo externo, tratando de encontrar un sentido a la vida. Pero
ese sentido estaba cada vez más tergiversado por la locura de un espíritu
convulsionado que a toda costa  desea, o
bien despertar, o bien consumirse en las llamas de la fiebre. Pero los valles
de la muerte, son de asfalto y concreto, y la muerte está siempre al acecho, o
no, pero en lo que respecta a  mi
búsqueda, enfrenté cara a cara a la muerte, más de una vez y en más de una
forma. Resulta extraño al escribir estas líneas que hoy, al estar disfrutando
plenamente de la vida tenga que estar recordando a  mis familiares muertos, a mis amigos,
compañeros de esa época que ya no están en este plano, y en especial recordarme
a mí mismo en estas memorias, con los respectivos sentimientos de agonía y
autodestrucción. No pasa un día, más si la melancolía  se hace presente, que no piense en la muerte
y esa búsqueda tan desenfrenada que marcó mi pasado y más sabiendo que ella
tuvo más de una oportunidad para hacerse de un botín. Y oportunidades hubo de
sobra, en cada esquina, en cada pasillo oscuro donde compraba pequeñas dosis de
muerte y donde la muerte también estaba presente; y también ejercía su poder
sobre las almas condenadas de la noche. A pesar de todos los narcóticos, las
balas, las puñaladas, peleas y el estrago de la depresión en mi sistema
nervioso no pude cumplir con mi propósito: el de morir.


  Hace unos
cuantos años que me he reconciliado con la muerte. En realidad que me he
reconciliado conmigo mismo. Después de épocas de tribulaciones, el tiempo  de paz es indispensable para poder crear otra
versión de mi propia historia; historia que también  es parte de todas las personas que he ido
dejando atrás o que también dejan de estar, para estar en otro lado. Creo
también que la memoria engaña a la muerte, porque es mi memoria siempre estoy
con mi abuela en aquel barrio de mi infancia, lo mismo con mis tíos, mis amigos
y compañeros de andanzas: ellos viven en mi memoria. Una de las imágenes
presentes a la hora de redactar este ensayo era el de ir corriendo hacia el
abismo y lanzarme sobre él. Lo extraño es que cada vez que me acercaba el borde
del mismo, el abismo se iba corriendo hacia adelante. De esta manera podría
concluir que la muerte es como el borde del abismo, y cada vez que voy dando un
paso hacia adelante el borde se va corriendo. Y la muerte se hará presente  cuando el borde se detenga. Mientras tanto la
vida debe ser digna de ser vivida, aceptando las adversidades como un camino
hacia la paz. Viviendo de a un día a la vez, disfrutando de a un momento a la
vez.





Dormir,
morir…dormir, tal vez soñar.







Bahía Blanca      
28 de septiembre de 2015      
04:11


















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