domingo, 27 de agosto de 2017

Diarios del Poeta

Lunes    10 de octubre

¿Qué contar esta vez? Tomo el cuaderno y me abandono a la escritura automática , de la cual ya tengo casi dominada la técnica. El inicio del borrador lo comienzo tomando un café en la estación de servicio un lunes feriado y agitado; ya que todos ha salido con su auto a pasear. Pocas personas caminan por las calles. Mucha gente con sus autos se aprestan en la estación de servicio para cargar combustible. Parece que nadie quiere caminar en esta ciudad. Pareciera que caminar fuera una enfermedad y el antídoto de esa enfermedad fuera movilizarse en auto. Reflexiono esto de espalda al lugar donde se encuentra la caja registradora con la respectiva empleada. El dinero de la caja registradora es directamente proporcional a la cantidad de autos que cargan combustible en la playa de surtidores. La estación de servicio se encuentra en una esquina semaforizada. Veo la luz roja deteniendo la marcha, veo las grandes letras rojas de los precios de las diferentes clases de combustibles. A mi espalda sigue el ruido de la caja registradora; sigue el ingreso de dinero, sigue el combustible llegando a los tanques para que la combustión de los gases siga agujereando la capa de ozono ¿Cuándo se detendrá la caja registradora? Con cada ruido de la caja registradora se agranda el agujero de ozono.

   El café se ha terminado. Me fijo en la borra que queda en la taza y pienso si mi destino está predestinado en la taza. Si fuese así, solo tendría que romper la taza y el destino tendría que buscar otra forma. Igualmente, pienso, el destino siempre fue una farsa, al igual que el tiempo, al igual que el espacio, al igual que todas la metafísicas a las que nos someten a diario. "La única metafísica que vale la pena es la literatura", me digo a mí mismo y la anoto entre comillas. El café ha sido estimulante. Abandono la estación se servicio caminando rumbo a la plaza, al lugar donde se encuentra la feria de artesanos.

   Nada nuevo bajo la luz de la luna pálida. El paseo por la feria no ofrece nada especial. Los mismos puestos, las mismas caras sin rostro. Nada.

   Dos perros duermen al lado del poste donde atraca el colectivo. Más de una docena de colillas de cigarrillos los protegen en el sueño perruno. Absolutamente nada de estimulante queda para que me quede un rato más bajo la bóveda oscura del mundo. Cuando llega el colectivo y asciendo, uno de los perros se despierta sobresaltado y ladra. Cuando llego al fondo y observo por la luneta el perro ya se ha acomodado para seguir durmiendo. Me recuesto en el asiento. No tengo que preocuparme, ya que es otro el que maneja.










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