miércoles, 10 de mayo de 2017

El chino

   1
No entendo

   Son las ocho de la mañana. Tomamos la última bolsa de cáscara de huevo con el Chaqueño. El Chaqueño cupa toda la bolsa y la tira al lado de las últimas 30 bolsas. No hay merca más rica que la cascara de huevo. Esta merca la bajan de Soldati unos tranzas paraguayos en San Telmo. A comparación de la peruana, esta cocaína está bien dosificada en el corte. Se sabe que no la cortan con pastillas, ketamina, anfetaminas o veneno para ratas. El corte por ahora es un misterio. Lo que si se sabe es que contiene la cantidad justa del venerado polvo inca; ya que se puede disfrutar de su efecto  mientras nos dedicábamos a todos los actos ilícitos que nos ofrece el hampa: robos, secuestros, extorsión, plata falsa, escruches, salideras, venta de buzones, mejicaneadas, etc. Todo negocio trucho que se realiza desde Monserrat  hasta Dock Sud, nosotros (el Chaqueño y yo) siempre o casi siempre somos partícipes de esta fabulosa maquinaria criminal. Es la  época dorada de los negocios ilegales bien hechos y remunerados, y son gracias a esta cocaína.
    Rechino los dientes.  Evidencia que necesito otra dosis (calculo que el Chaqueño también). Hay seguir tomando merca, en especial cáscara de huevo. El dato no menor es que estamos bastante empeñados con los paraguayos, ya que le sacamos de chamuyo unas quince bolsas fiadas. Así que no tenemos crédito con los narcos y mucho menos plata para ir a comprar a otro lado. Las demás lineas son descanso. Merca demasiado cortada: gilada gilada. Para levantar hay que tomarse 10 bolsas seguidas. Aunque parezca raro pasábamos de tener quinientos mil pesos a no tener nada, todo en cuestión de horas: una relación pornográfica con la plata y las drogas.
    Pasamos la noche en la rancheada que está en la plazoleta de San Juan y Defensa justo enfrente del mercado chino con el que tenemos un negocio pendiente. Uno de los tantos camiones con ramos generales que fue víctima de piratas del asfalto en Camino de Cintura, fue a parar a las góndolas del mercado chino en cuestión. En este caso fuimos intermediarios con mi compañero. La banda que cometió el atraco ya había cobrado la persua. Solo quedábamos cobrar nosotros una comisión por haber vendido la mercadería en un solo movimiento. El Chino, dueño del mercado, había pagado el camión en unas cuatrocientas lucas y nos había prometido una cometa de diez lucas, que justamente en este momento nos venía como anillo al dedo. Una ráfaga de adrenalina me recorre el cuerpo al darme cuenta de que a unos pocos metros tenemos la solución para evitar la manija. Lo miro al Chaqueño:
  -¿Trajiste el fierro?, lo voy a encarar al Chino para que nos de la plata.
El Chaqueño me pasa el fierro, reviso el cargador y lo introduzco en la culata. Me lo pongo en la cintura y  cruzo para el mercado.
    La sensación de empezar una pelea o un tiroteo produce una conversión en el espíritu del hombre que desencadena una cantidad tal de adrenalina que es posible hacer estallar el corazón del hombre más templado del mundo. Blandir un arma también es una adicción tanto o mejor que las drogas. Esta conversión espiritual  la pudo percibir el chinito que estaba atendiendo en la caja del mercado, ya que cuando iba cruzando la calle salió a impedir que entrara en el mercado (mi semblante no evidenciaba buenas intenciones).
    -¡No!, ¡no!, ¡fuela!, ¡fuela!, ¡choro!, ¡choro!
    -¡¿Dónde está el Chino?!
    -¡Fuela! no tá!
    -¡Ah, no está!, vamos a ver si no está.
    Lo hice a un lado al chinito y fui para el fondo del mercado (donde más podría estar el Chino). Al lado de la carnicería había un pasillo. El carnicero me miró pero no le di tiempo a nada. Me introduje en el pasillo y al salir me estaban esperando dos chinitos con posturas de artistas marciales experimentados .Ésta imagen me dejo helado por un segundo (de estos chinos se puede esperar cualquier cosa pensé), entonces agarré el fierro y sin sacarlo de mi cintura lo enseñé, no lo saqué, solo lo agarré y pasé de costado entre los dos chinos mirándolos  al pasar sobre mi hombro izquierdo. El instante que duró esta escena me pareció eterno, sin embargo salí airoso. Al abrir la siguiente puerta descubrí que esa era la oficina del Chino. Oficina es una manera muy generosa de describir lo que estaba viendo ya que lo que tenía que ser un escritorio no era otra cosa que una puerta placa apoyada sobre dos caballetes donde reinaba un desorden de  papeles y remitos. Parece que también funcionaba como depósito porque había mercadería por todos lados. El olor a rancio y meada de ratas era insoportable. El Chino primero miró el fierro y después a mí. Quedó totalmente petrificado.
   -¿Y chino, te olvidaste de mí?- dije moviendo el fierro agitándolo como si fuera un saludo.
   -¡Fuela!¡fuela!- decía el Chino como queriéndome sacar con las manos.
   -Aguanta Chino, vine a buscar la plata que me debés ¿Tenés la plata?- le dije guardando el fierro en la cintura.
   -¡Fuela!¡fuela!- decía totalmente histérico.
   - La plata Chino, la plata... ¡¿Tenés la plata?!
   -¡Fuela! ¡Fuela! ¡No entendo! ¡No entendo!
   -¿Cómo que no entedés? La plata que me debés del camión que te vendimos. Le pagaste en efectivo a los otros giles; te dejé un par de días para que nos juntés la plata y te haces el otro. Hace tres días que estoy en la rancheada de acá enfrente y veo como bajás mercadería a lo loco. Le pagás al de la birra, al del pan, al de la carne, al de la coca y no tenés la plata nuestra.
   Si había sufrido una conversión en mi espíritu al entrar ahora había tenido otra. Era un tema más que delicado que este chino no me quiera dar la plata. Confieso que lo hubiera matado ahí mismo, pero necesitaba la plata para comprar cocaína y después de todo no valía la pena encanar por un chino amarrete. Algo se me iba a ocurrir.  En eso el Chino gritó algo en chino y por la puerta por donde había entrado apareció un chino agitando los brazos. Lo único que atiné a hacer fue sacar el fierro y darle un cañazo en la nariz. Así como entró salió por la misma puerta escupiendo sangre y algunos dientes.
   -¿Y chino? ¿Qué hacemos con la plata?- haberle roto la nariz al chinito relajó mi sistema nervioso por un momento.
   - ¡No entendo! ¡No entendo!
   -No entendés, mira vos- se produjo un instante de silencio en donde se me ocurrió la manera de cobrarnos la plata -, tengo otro camión con la misma mercadería-, el Chino abrió los ojos como dos huevos fritos y se vendió solo. Se hacía el que no entendía.
    -¡¿Cameón?! ¡¿Londe?! ¡¿Londe?!
    -¡Ah! ¡Viste que entendés! -, rodeé el precario escritorio sin dejar de mirar al Chino.  Con el fierro le di dos golpecitos en la cabeza-, vos sos un turro chinito, vos entendés lo que te conviene. Una gota de transpiración comenzaba a recorrerle la cara.
    -¿Londe cameón?-, decía el Chino sin dejar de mirar al fierro.
    -Lo tengo en Avellaneda, en un mayorista. Estás de suerte Chinito. Ésta mercadería sale blanqueada, así que no vas a tener problema. Te va salir trescientas lucas ¿Te va Chino?
    -Ti, ti ¿Cuándo cameón?-, decía el Chino como si fuera un nene que va a recibir un juguete.
    -Esta madrugada. Tenete un camión con chasis nomás. A las cuatro te paso a buscar y vamos hasta Avellaneda. Tenés que traer la plata porque en el depósito si no pagamos no nos pueden hacer la factura para retirarla. La mercadería es mía pero el arreglo que tengo con el depósito es ese para que no los partan a ellos también.
    -Beno, beno, a las cuato-, volvíamos a ser socios de confianza con el Chino.
    -Si Chino, a las cuatro, nos vemos. Acordate de llevar la plata.
    Si me contesto algo no lo escuche. Al ir saliendo lo vi al chino que le rompí  la nariz y a los otros dos que se hacían los Bruce Lee. Nada dijeron.
    Al salir vi al Chaqueño que venia del lado de la plaza Dorrego.
    -Vamos para el conventillo a comprar gilada- dijo totalmente nervioso y ansioso.
    -No tenemos plata, el Chino no me pagó.
    -Yo tengo. Tengo cincuenta lucas. Recién partí a un gil.
    De camino al conventillo me contó la jugarreta que se había mandado mientras yo estaba con el Chino. Por su lado él había salido a buscar algo de plata. Dio la vuelta a la manzana y se apoyó en un auto mientras prendía un cigarrillo. Por esas casualidades que hay en el mundo del hampa alguien le preguntó si sabía de algún auto en venta. A esta pregunta el Chaqueño vio la oportunidad y le dijo que el auto donde él estaba apoyado era de él, y, ¡oh casualidad!, estaba a la venta. Averiguó que el punto tenía encima cincuenta mil pesos. Entonces le pidió que le entregara la plata para llevárselo al gestor y que este le diera las llaves del auto para que lo pudieran ver por dentro, porque justamente "que casualidad que no tenía la llaves encima. Recién venia de dejárselas al gestor ya que lo tenían prácticamente vendido", y con el chamuyo de:"bueno, como sos vos, te lo vendo a vos. Dame la plata así la dejamos con el  gestor mientras miramos el auto y no andas con la plata encima". Pudo quedarse con la plata del punto sin que éste se diera cuanta de las verdaderas intenciones del Chaqueño. Parece inverosímil pero estas situaciones son moneda corriente en las calles de Buenos Aires. En efecto, el Chaqueño le vendió un auto estacionado que no era de él, todo sin mostrar ningún papel, ni siquiera las llaves y sin ningún tipo de violencia.
    Nuestro siguiente paso era llegar al conventillo, pagar lo que debíamos y pegar unas cuantas bolsas de cascara de huevo. Para las cuatro de la mañana todavía faltaba mucho, así que el asunto del camión del Chino quedaría en segundo plano. De acá hasta las cuatro de la mañana podía  pasar cualquier cosa.


2

Malandras callejeros


"La plata está en la calle, solo hay que salir a buscarla"


      El día transcurrió con agitación desde que lo dejé al Chino. Después del auto estacionado que vendió el Chaqueño hicimos dos laburos piolas más: un departamento que nos entregó el mismo dueño y dos kilos de falso faso.
     La cuestión del departamento fue bastante sencilla. Al dueño lo habíamos conocido en Maluco, en el baño, mientras peinábamos unas cuantas líneas de cocaína en el lavamanos. Haberle convidado unas cuantas dosis nos hizo acreedores de muchos litros de cerveza y su total confianza. No lo habíamos vuelto a ver hasta esa mañana, cuando volvíamos de pagar lo que debíamos  a los paraguayos y comprar treinta bolsas más. Apenas nos reconoció  nos invitó al Hipopótamo a tomar unas cervezas y ofrecernos un negocio. Nos comentó, entre cervezas e idas y venidas al baño, que la separación con su actual esposa lo estaba volviendo loco y estaba dispuesto a hacerle algún daño a ella y su actual pareja. Nuestro benefactor nos dijo que hasta que la separación se hiciera efectiva le estaba dejando habitar un departamento por la zona de Almagro. El trabajo era aprovechar la franja de horario de la tarde para arrasar con todos los valores del departamento y así truncar un poco el futuro de la nueva pareja.
    Un trabajo impecable. Hasta el portero tuvo participación, por supuesto arreglado por nuestro contratista. Al llegar al edificio nos estaba esperando con la llave y nos dijo que si llegasen a aparecer los ocupantes del departamento nos avisaría llamando al teléfono del piso. A esto había que sumarle que nos consiguió un flete para cargar todos lo que considerásemos de valor. El flete nos esperaría en el estacionamiento. No quedó nada sin que no tomásemos, desde los electrodomésticos, hasta el contenido de la caja fuerte, del cual teníamos la combinación para abrirla. Joyas, dólares y oro, todo fue a parar a nuestras arcas; todo fue reducido en una hora, todo fue reducido a cascara de huevo. Otra vez llegábamos a lo de los paraguayos a comprar cocaína.
     El falso faso requirió un poco de metodología. Unos chetos que conocíamos poco (casi nada diría, ya que una sola vez habíamos fumado unos porros en  plaza Dorrego), nos cruzaron por la zona del Bajo Porteño, por Paseo Colón más específicamente. Estos personajes andaban buscando una línea para comprar marihuana por kilo. Con miradas silenciosas y cómplices ya sabíamos que hacer con el Chaqueño. Nuestra aparición en su camino fue una bendición para nosotros; para ellos una maldición, ya que el contacto con los narcos del barrio lo teníamos nosotros.  Así que nos llevamos su dinero con la promesa de volver en una hora más o menos: tiempo suficiente para preparar la jugarreta ¿En qué   consistía la jugarreta? Consistía en envolver dos pedazos de madera con faso .Y en realidad compramos dos kilos de faso pero solo habremos usado unos cien gramos para preparar la farsa. Al momento de hacer entrega los citamos en el bar Británico, frente al Parque Lezama, solo para entregar los dos ladrillotes, no sin antes tomar un par de cervezas y regalarles una par de bolsas de cascara de huevo. Está más que claro que la acción de regalarles la cocaína era para que se paranoiquearan y no descubrieran el engaño. En efecto después de la cuarta cerveza y las idas y venidas al baño para tomar la cascara, el efecto del narcótico hizo  estragos en el  sistema nervioso de los desafortunados chetos. No paraban de mirar para afuera y transpiraban como si estuvieran en un baño turco. Al final se fueron, agradecieron la onda y se  perdieron por la calle Brasil, como quien va para Constitución y como quien va totalmente endurecido por la droga. Si nos habremos reído con el Chaqueño de esa imagen final, los dos mirando a través del vidrio del bar, con la plata y con casi la totalidad  de la marihuana.       De esta manera iba declinando el día. Ahora quedaba preparar la función para el Chino.


3

Corrientes y Larrea


"Los objetos hacen presión sobre los sentidos"


     La medianoche nos encontró totalmente drogados en el conventillo de Corrientes y Larrea. El Chaqueño  apenas podía hablar; por mi parte no estaba muy distante de ese estado, salvo que mi espíritu estaba sufriendo una trasformación un tanto diferente.
     El aspecto del aguantadero donde estábamos era de lo más babilónico. Gente tirada en el piso, chetos que no sé qué hacían ahí, un par de travas practicando sexo oral al que lo desease a la vista de todos, alguno que se retorcía de sobredosis y a nadie le importaba, minas merqueras y nosotros en medio de ese antro.
    De repente, para mí, el tiempo había empezado a trascurrir más lento, los personajes se movían más lento. Los sonidos empezaron a llegar a mí en forma de burbujas y en tonalidades diversas. Mi sistema nervioso estaba a punto de colapsar. Lo único que atiné a hacer fue ir esta una pequeña ventana por donde se podía ver hacia Larrea. Necesitaba  respirar y mirar para el exterior, si seguía mirando esas escenas destilando lisérgia en estado puro me iba a volver totalmente loco, más de lo que ya estaba. Un instante que me pareció eterno, observé la poca humanidad que transitaba la calle Larrea: algunos paqueros, algunos cartoneros, algunas burbujas sonoras de color rosada que al llegar cerca de mi rostro explotaban y formaban símbolos imposibles de clasificar con ningún tipo de lenguaje. Los símbolos quedaban un rato suspendidos en el aire y luego se introducían en mi cuerpo  por la parte de mi estómago. Sobre los techos, miles de duendes  eléctricos bailaban y reían. Luego, entre ellos mismos se aniquilaban en un festín de sangre agria, dando paso a diáfanos arco iris que salpicaban con sus destellos toda la ciudad de Buenos Aires. Después de un rato de mirar por la ventana, la presión de los objetos sobre mis sentidos hizo que empezará a sentir la tensión de las estructuras de los edificios lindantes, el asfalto irradiando calor, el olor de las cloacas, sonidos de cucarachas y ratas rechinando en la basura. Fue entonces cuando sentí  como se fisuraba mi sistema nervioso, como una grieta que se va abriendo paso en un lago congelado, de esa manera la grieta en mí se iba abriendo desde la parte baja de la espalda hasta la parte superior de mi cráneo. Finalmente había llegado, ahí estaba, destilando adrenalina y sintiendo como mi corazón estaba por estallar. Eternidad; perpetua eternidad en medio de una ciudad tan solitaria como me sentía yo en ese momento.

    “Vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó”

    Y luego había comenzado a descender.
    Mis ideas se empezaron a aclarar. La agitación cesó y fue en ese momento cuando se evidenció mi propósito: tenía que ir a buscar la plata del Chino. Ya eran las tres de la mañana y yo volvía a funcionar de manera sistemática y fría. Fui al rescate del Chaqueño.
    -Vamos Chaco-, como pude lo rescaté al Chaqueño y lo ayudé a caminar un poco (quedaba poco tiempo para empezar la función). 
     Empezamos a descender por las escaleras. Los conventillos son como los pasillos de una villa solo que de manera vertical: uno puede encontrar gente durmiendo, basura, guachines fumando base, alguna pibita prostituyéndose por una dosis de paco, los tranzas son infaltables, alguno que ha recibido una puñalada, rastreros, etc.
    Al llegar a la vereda nos dirigimos hacia Corrientes y fuimos  buscar algo de escabio en algún quiosco para poder bajar de toda la locura; era impresionante la papuza que tenía, calculo que el Chaqueño también. En el primero que encontramos pedimos dos cervezas y creo que las tomamos en un par de tragos; en menos de veinte minutos nos tomamos cinco cervezas. Ya estábamos listos para la operación "Chino". Aprovechando que ya podíamos hablar bien repasamos toda la estrategia. Bajé a la avenida rechinando los dientes y paré un taxi:
    -¿A dónde vas?-, dijo el tachero.
    -San Juan y defensa-, el tachero emprendió la marcha y creo que no dije ninguna palabra.



4
Ahora vengo

    A las cuatro en  punto estaba descendiendo del taxi sobre el lado de San Juan. Pagué, le deseé buenos noches al tachero, doblé por defensa y observé que había un camión estacionado frente al mercado chino. "Esta regalado el Chino", pensé. La persiana estaba baja pero se podía ver que algo de actividad había en el mercado chino. Di unos golpes sobre la persiana metálica y se abrió la pequeña puerta que se encuentra en el medio de la misma, un chino se agacho para observarme desde adentro y le dio  aviso al Chino en cuestión.
    -¿Y Chino, todo bien?-, dije moqueando cocaína y sacándome una piedra de la nariz que me la pasé por los dientes.
    - Ti, ti, vamo, vamo, cameón afuela-, señalaba hacia la vereda donde se encontraba el camión.
    Subimos al camión con el Chino y un chófer, también chino.
    - Londe cameón, ¿londe mecadeia?, decía el Chino ansioso.
    -Agarrá la autopista para el lado de Avellaneda, después de bajar el puente vamos a ir por Mitre hasta Centenario-, dicho esto miré la hora en el teléfono. 
    El Chino dio las instrucciones a su chófer en chino. Emprendimos el viaje por la desolada autopista, carente de actividad por la hora que era. Los chinos conversaban en su idioma vaya a saber uno de qué. El plan que teníamos con el chaqueño era que más o menos pasado los veinte minutos de las cuatro, él  me iba a llamar para simular el cobro de una deuda y lo íbamos a dramatizar por teléfono para producir un efecto psicológico sobre el Chino, el mensaje sería:" más vale que no te hagas el vivo con nosotros Chino, somos capaces de cualquier cosa cuando el tema es la plata". Sonó mi teléfono y se levantó el telón:
   -¿Qué onda, te dijo dónde está la plata?-, dije siguiendo el guión que teníamos con el Chaqueño.
   - No, no dice nada, dice que el hermano sabe dónde está la plata.
   Como buenos manipuladores la conversación la estábamos teniendo por el altavoz para que el Chino y su chófer escucharan todo el drama que estaba sufriendo nuestro acreedor imaginario.
   -Bueno, córtale un dedo, vas a ver cómo te dice todo.
   -¡Escuchaste!, ¡escuchaste la concha de tu madre!, ¿¡querés que te corte un dedo?! -, el Chaqueño gritaba de manera convincente. Más de una vez habíamos simulado esta escena en otras oportunidades y siempre había surtido el efecto deseado en nuestras víctimas: Miedo
   -¡Pero no sé dónde está la plata, mi hermano la debe tener!-, decía el falso acreedor. El chaqueño seguro que estaba con otro drogadicto al que, seguro con la promesa de darle droga, había convencido para que interpretara a nuestro desafortunado acreedor. La función estaba transcurriendo según lo planeado.
     -Mandale fruta-, dije.  Esta era la orden para que el chaqueño cortara el dedo imaginario.
     -¡Ah!¡Ah!, me duele!,¡me duele!-, el chanta también gritaba de manera convincente. Si fuera por mí les daría un oscar a los dos sin pensarlo.
     -¡Me vas a decir donde está la plata la concha bien de tu madre!-, el Chaqueño gritaba al estilo de Harvey Keitel en Perros de la calle.
     -¡No sé!¡No sé!, llamalo a mi hermano, él debe saber-, juro que me agarró una tentación de risa al imaginarme al Chaqueño con el teléfono y al otro drogadicto gritando, pero me tuve que contener para que el Chino no sospechara de la farsa. Por el reflejo del parabrisas pude ver la cara del Chino, me estaba mirando de costado con cara más que seria.
    - ¿Y qué hago?-, preguntó el Chaqueño.
    -Hacele la tortura de la rata, con el balde y el soplete, esa que vimos en Rápido y Furioso la otra vez.
   Corté y me hice el serio con el Chino, como si en realidad hubiera pasado la escena de la tortura y yo hubiera tomado una decisión drástica la cual las circunstancias me obligaron a tomarla.
   -Y bueno Chino, así son las cosas: por las buenas o por las malas- dije suspirando.
   Noté que me miró con una expresión rígida mezclada con resentimiento. Se volvió hacia su chofer y comenzó un dialogo, quizás sobre alguna clase tortura que nosotros no conocíamos (o yo  quise creer eso). Para concluir abrí una bolsa de cascara de huevo y me la tome un solo saque: hasta que llegamos al mercado, el Chino y su chofer no dijeron nada.
      Al llegar a Centenario le avisé al Chino para que le indicara a su chofer que doblara a la derecha. Éste recibió la indicación y dobló por Centenario. En pocos minutos ya estábamos llegando a Camino General Belgrano. En el mercado mayorista se podía observar actividad ya que se encontraban unos cuantos camiones en las dársenas, algunos descendiendo mercadería, otros retirando. Le indique al Chino que nos estacionáramos por las dársenas que estaban del lado de Camino General Belgrano. Por fin habíamos llegado, había llegado el momento decisivo.
   -Dame la plata Chino que voy a buscar la orden para retirar la mercadería.
   Todas las artimañas que había usado desde el día anterior hicieron efecto en ese momento, incluso la falsa tortura; el Chino me entregó la plata en una mochila y hasta estaba contento, seguramente pensando en el gran negocio que estaba por hacer y en todas las ganancias que iba a tener. Simulé que contabilizaba la plata.
    -Ahora vengo chino-, me cargué la mochila al hombro y fui hasta las dársenas que dan a Centenario. Ya lo había perdido de vista al Chino y a su chofer. En el portón de acceso me estaba esperando el Chaqueño en una moto. De dónde había sacado esa moto, nunca lo supe.
   -¿Te dio la plata?, dijo el Chaqueño con acento de chaqueño.
   -Sí, acá la tengo-, levanté la mochila como si fuera una presa recién cazada.
   -Vamos al conventillo, hay uno giles que quieren comprar merca piola, de ahí nos vamos a una chacota en Palermo-, el resto de la noche ya estaba planeada. Ya teníamos nuevos puntos para aprovecharnos al máximo.
    De esta manera nos cobramos la plata que nos debía el Chino. Sin ningún tipo de violencia (solo psicológica). El Chino esperó. Al ver que no volvía con la orden para retirar la mercadería seguramente empezó a hacer preguntas y al obtener respuestas negativas a sus demandas cayó en la cuenta de que había sido engañado.


    Las dos semanas siguientes lo pasamos en la rancheada enfrente del mercado chino. Con la propia plata del Chino comprábamos escabio en el mercado chino del Chino,  con lo cual el daño financiero era mayor. De vez en cuando el Chino salía a la vereda y nos observaba  como abríamos las bolsas de cascara de huevo y tomábamos delante de él mismo. El Chino se llevaba la una mano a la barbilla y la otra a la espalda y asentía para él mismo y se volvía para adentro del mercado. Por un par de meses no pudimos hacer negocios con los chinos de la zona sur, pero eso no fue problema para nosotros: negocios y en especial los ilegales abundan en Buenos Aires.   




      El cuento apareció por primer vez en la revista El exilio de las mariposas venusinas. Se dice que Mario Vargas LLosa reclamó por la autoría del relato. Aunque su manuscrito (que no difería tanto al del Poeta) fue llevado hasta instancias judiciales. Al no haberse publicado nunca el texto del distinguido escritor peruano, todos los fallos recayeron en favor del Poeta. Vargas Llosa no pudo soportar que el Poeta publicara un texto igual al de él y, encima, la crítica lo alagara. Algunos dicen que eso fue lo que más le molestó. Sin embargo Vargas Llosa lo invito a pelear al Poeta en bar de Londres, donde los dos artistas se habían cruzado después de una noche de excesos. Los testigos de esa pelea declararon que ninguno de los dos pudo acertar un puñetazo en la cara del otro. Al final terminaron bebiendo juntos en un departamento del Old Windsor, rodeados de travestis, cocaína y hachís marroquí.





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