jueves, 25 de enero de 2018

Propias cartografías del deseo

…”el hombre es solo la mitad de sí mismo,
la otra mitad es su expresión.”
El poeta y otros ensayos, Ralph Waldo Emerson

“Es tan simbólico que es sospechoso”
Mariano Suarez

“La natura es un templo donde vivos pilares
dejan salir a veces sus confusas palabras;
por allí pasa el hombre entre bosques de símbolos
que lo observan atentos con familiar mirada.”
Correspondencias, Charles Baudelaire

   Soy símbolos y habito símbolos ¿Cuáles son los símbolos que habito? Habito la adicción, el suicidio, el incesto, el cáncer, el aborto, la depresión, la locura, los despertares espirituales  y la poesía. Todos estos símbolos confluyen en mi carne irrigada de nervios, como diría Artaud, donde se define el bien y el mal. El mundo es mi representación
   En el linaje de mi sangre, de parte de mi padre y de mi madre, fluye desde hace varias generaciones el alcoholismo. Me crie con mi abuelo materno y adopté unos cuantos símbolos de él. Soy maestro mayor de obras como él, soy adicto al alcohol y, a parte, a todas las sustancias que alteren el estado de ánimo y psíquico. Creo que también mi interés por la filosofía procede de él. Mi madre me comentaba que a su último hijo intentó llamarlo Sócrates. Mi abuelo paterno también era alcohólico. Su hijo, mi padre, también es alcohólico y adicto a la cocaína. Mi madre fue drogadependiente  desde los 14 años por una epilepsia nunca declarada. Los neurólogos no pudieron acertar en el diagnostico pero igual la medicaban. Nunca se encontró la causa a qué se debían los ataques convulsivos. Ella me comenta que cuando me estaba amamantando por primera vez y el médico que la atendía en la Maternidad Sarda, al ver las pastillas arriba de la mesa de luz, le prohibió seguir con el amamantamiento para que no me pasara el fármaco y la enfermedad.
   Dice Borges en la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz que “cualquier destino por largo o complicado que sea consta en realidad de un solo momento; el momento en el que el hombre sabe para siempre quien es”. Ese momento está mojonado el 16 de abril del 2009.

“Dejé los campos de Camboya
Y me fui a vivir
Con mis padres;
Papá me esperaba en la puerta
Y detrás de él
Apareció mamá.
Basta de guerras, me dije
A mí mismo
Y me rendí.”

     El recuerdo es tan lúcido como el canto de los gorriones en el ciruelo de mi patio esta mañana. Me veo comer a cucharadas soperas (debo tener unos o 2 o 3 años)  un pote de dulce de leche de un cuarto. Esa primera cucharada de dulce de leche, la descarga de adrenalina, la novedosa sensación de bienestar en un cuerpo que todavía no tiene casi ningún registro, es ahí donde el germen de la adicción encuentra su canal para instalarse definitivamente, y va a tomar muchas formas. La profecía del médico se acaba de cumplir. Termino con el pote de dulce de leche y voy al almacén de mi abuela y me robo otro pote y también me lo voy a comer a cucharadas. La incontinencia intestinal va a durar unos cuantos días. Obsesión, compulsión, egocentrismo y materia fecal a cada paso. Diría que ya está casi allanado lo que será el resto de mi vida.
   Me crio mi abuela. Mi madre me dejó a su cuidado porque no soportaba las palizas y violaciones de mi padre. A consecuencia de esas violaciones mi madre optó por abortar, creo yo, dos veces. Es por esta razón  que me llamo Leandro Ezequiel. Salvador Dalí carga con el nombre de su hermano muerto. Al nacer Dalí, su hermano mayor había muerto. Esté se llamaba Salvador, y el padre opto por volver a usar el nombre en el futuro gran pintor. ¿Habrá querido que Salvador Dalí sea el Salvador de la familia? Pareciera que la elección de los nombre no es algo inocente.
    Yo soy producto de esas violaciones.  En mis primeras rebeldías de adolecente, ella, en un ataque de ira y frustración me dice que ha tenido abortos y se ha quedado con el peor hijo. Leandro y Ezequiel pasan a ser una carga, una  marca, una herida de la cual, hasta el día de la fecha trabajo para reparar o sanar. En el poema Nonatos hablo de ellos:

“Si encontrás a mis hermanos
Si encontrás las voces de mis hermanos
Deciles que mamá los amaba
Deciles que toda su vida
La atravesó la culpa y el
Remordimiento.
Toda su vida trato de enmendarlo
Lo más que pudo
Y puedo dar fe de eso”…

“Así que si encontrás los restos de mis hermanos
Entre la materia fecal de
Esa fosa en Quilmes
Rezá un plegaria para niños
Nonatos,
Inocentes,
Y delicados
Yo desde aquí
Trataré de escribir versos para ellos y para mamá
Para que, a pesar de todo
Nos podamos amar
Ellos allá
Y yo acá.”

    La fosa es un baño. Conocí el lugar de esa fosa y la señora que practicaba los abortos en el barrio. No hay secretos en mi vida. El poema no habla de mis hermanos. El poema habla del cáncer y la relación con el aborto. Cuando a mi madre le extirpan parte del tumor en el colon,” una pelota negra del tamaño de una naranja”, dice el cirujano, pienso en el color negro, en la bilis negra como llama Rober Burton a la melancolía. Papá (llamo papá a mi padrastro y padre a mi padre biológico) cuidaba de ella con la limpieza de su bolsa de colostomía. Papá no podrá hacerse cargo de la limpieza de la bolsa y en acompañarla a las quimioterapias. Un paro cardiaco lo tendrá en coma unos días y varias semanas en terapia. Tengo que hacerme cargo de la limpieza de la bolsa. Su colostomía no era una colostomía normal. De su vientre colgó un apéndice, que algunas veces llegó a ser más grande que la bolsa. Entonces: el símbolo. Un pedazo de su cuerpo, un tumor, el recuerdo de esos hijos que optó por no tener y vuelven y se hacen presentes, recordando un pasado que no ha pasado.

“Su tumor (el de mamá) ya ha dejado de crecer
Ya se la ha llevado a una fosa
De cristiana sepultura.”

    Y el símbolo ¿Qué  es lo que debo aprender de ese pedazo de carne?, de limpiar la mierda... ¿Reconciliarme? Con ella, con ellos, con ese peso que también asfixio mi ser.
Que también gangreno mi sangre.
    Sus últimos tres días la acompañé en su agonía. La solté, le dije que descanse, que ya había hecho mucho por mí y por los demás, y que yo me ocuparía de papá, su casa y sus mascotas.

“Y  desde el umbral la despedimos
Ya he pagado sus deudas
A Caronte, el barquero”…
…“Ya sabrás quién sos
Ya sabrás tu nombre
Ya podrás conocer tu rostro
El rostro que tenías antes de que el mundo fuera creado.”

    Todas sus deudas las pagué en mi carne. Pero yo no lo sabía y ella tampoco. Así como sentí es primera descarga de adrenalina en mi cuerpo con el dulce de leche, la sensación se volvió a repetir con las primeras ingestas de alcohol a mis 13 años. Las borracheras de fin de semana, tan inocentes al principio, de a poco fueron ocupando los días de la semana hasta llegar a completarla en su totalidad. La primera vez que tomé whisky fue como esa primera cucharada de dulce de leche, me tomé toda la botella yo solo. Luego del primer trago amargo y caliente se abrió el canal para tratar de aliviar todo el dolor y la angustia que venía acumulando. Para los 18 años se podría decir que era un alcohólico completo. Ya ocupaba el lugar que me habían preparado mis abuelos y mi padre. Cada vez que tomaba no tenía control. No tuve el control hasta que apareció la marihuana. Y otra vez volvía a buscar esa sensación, la del dulce de leche. Otra vez la adrenalina. Pero esta adrenalina era diferente, fue mi medicina en los primeros años. Una medicina que curaba todo mi dolor, toda la angustia acumulada en mi adolescencia, toda esa angustia que me provocaba ocupar el lugar de otros hijos a los que se les había privado la vida. El dolor de no encajar en una familia, el dolor y la impotencia de no saber expresar ese dolor. Así que todo fue tomando su forma. La marihuana me da el valor de a poco, y de a poco comienzo a irme de casa.

     El día se hizo pesado en el campo. Luego de descolar alrededor de 100 bolsas de cebollas, ahora resta cargarlas en el camión. Así son los días en Hilario Ascasubi, trabajar todo el día por poca plata, volver y calmar los dolores articulares con vino. Volvemos arriba de la cebolla viendo el majestuoso espectáculo de la luna dorada e imponente saliendo, pareciera, desde la misma tierra. Entre risas y humo de marihuana el día se sienta a morir. Tengo 21 años y me siento invencible.

   De los 3 amigos con los que empecé a fumar marihuana, 2 están muertos. Ese 2001, el año en que me sentía invencible, el año en que anotaba en filosofía, ese año muere Julián, mi mejor amigo. De la inocente marihuana paso al floripondio (catalogada como La planta de los dioses, una planta que crece en cualquier cantero y de la que no está contemplada en la ley como ilegal) y en dos años lo consumió. Recuerdo cuando mi madre me dio la noticia llorando de que había muerto en Córdoba. La adicción se llevaba a mi primer amigo. Desde ese 5 de noviembre del 2001 hasta el 16 de abril de 2009 todo fue cuesta abajo en mi vida. Como en toda enfermedad, el alivio de las drogas solo funcionó en primera instancia. Luego los efectos no alcanzan para aliviar el dolor de la fiera adolorida que convive en mi interior, esa fiera que despertó el alcohol y que traté de controlar o sanar con la marihuana, millones de fármacos, cocaína, pasta base, floripondio, cucumelo, etc. No debe haber nada más desgastante que combatir una enfermedad con otra enfermedad. Pero la enfermedad de la adicción solo es el síntoma de una enfermedad mucho más profunda. La abstinencia (más de 8 años), el trabajo sobre mí mismo y la práctica de principios  y las debidas enmiendas a la sociedad, de a poco me van brindando la información necesaria para habitar este símbolo.


La colonización del cuerpo

    En las fotos de mis primeros cumpleaños se pueden ver en la mesa gaseosas de marcas varias, algunas ya no se fabrican más. Si me vendaran los ojos y me dieran a probar de todas las marcas de gaseosa, podría acertar a cada una. Coca-cola, Pepsi, Fanta, Mirinda, Crush, Mountain dew, Pindapoy, Teem, Gini, Sprite, 7up, de todas  tengo registros perfectos de su sabor ¿Será por la azúcar? ¿El fantasma del dulce de leche? El principio de abstinencia también lo he llevado a las bebidas gaseosas y sintéticas.

“La primera cucharada de azúcar es
Insuficiente
La segunda es la
Cantidad justa
La tercera es la de
La ansiedad
La cuarta;
La cuarta es la de
La adicción.”

   Cuando voy a la farmacia a buscar los medicamentos para mi padre y veo las cajas de clonazepam, alprazolam o Artane, mi cuerpo también tiene registros perfectos de cada droga. Esas drogas que actúan en el inconsciente, también colonizado por las compañías farmacológicas y la publicidad: “El dolor para, vos no”, “en tu vida no hay tiempo para el dolor”, “si es Bayer es bueno”, “alivio inmediato del dolor”, etc. Todo colonizado. Todo el cuerpo bombardeado. They're fucking with me subliminally.  
   Para dar un ejemplo sobre la colonialización de la farmacología sobre el cuerpo, iré a mi etapa de consumidor del fármaco Artane. Este antiparkinsoniano potente que en su presentación comercial ofrece pastillas de 5 miligramos, y de la cual el adicto busca el efecto solo en un cuarto de la pastilla (1, 25 miligramos). Eso sería una dosis diaria recomendable. Mi pico de consumo llegó a los 15 comprimidos diarios. Esto quiere decir que consumía la dosis de 2 meses en un solo día. El dolor de la fiera adolorida es descomunal…y sin embargo no me curé. El dolor nunca cesó.


Ostracismo

Ostracismo:
1. En la Grecia antigua, destierro a que se condenaba a los ciudadanos que se consideraban sospechosos o peligrosos para la ciudad.
2. Aislamiento voluntario o forzoso de la vida pública que sufre una persona, generalmente motivado por cuestiones políticas.


  Cuando me vi a mí mismo caminado descalzo por la 9 de Julio con una bolsa negra, en donde llevaba una frazada, recién ahí me di cuenta de que había tocado fondo. Desde los 12 años que tenía la fantasía de abandonar mi casa e irme a vivir a la calle. La enfermedad de la adicción es paciente.
    Todos los símbolos que fui enumerando fueron configurando esa subjetividad que describe la nota de La nación del 11 de agosto del 2006. Ese punto de fuga fue también un alivio en ese momento. Fue muy educador ver la caída de todas las instituciones en ese árido desierto de lo real. Yo que fui educado para construir edificios de hasta 4 pisos, que debía ser ingeniero o arquitecto, que debía cumplir con las fantasías de una madre frustrada y de toda una tradición familiar en la sangre, excesivamente pesada, ahí quedé arrojado por la enfermedad de la adicción.
   Cuando comento mi paso por la calle y mi etapa de fumador de pasta base de cocaína, es casi seguro que el interlocutor haga responsable a la pasta base. Pero esto no es verdad. Y otra vez vuelvo a la marihuana. Como no quedarse en un lugar en el que el precio es 10 veces menor. Como no querer ir a Misiones donde el precio es 30 veces menor. Ese era mi destino, Misiones, droga barata, cucumelo…Pero perdí el tren y me quedé 4 años viviendo en las calles de Buenos Aires. El evento lo describo en mi versión de Paso a nivel en Chacarita de Fabián Casas.

“Las monedas se aplastaron
Y volví a recogerlas
Una por una en cada
Paso a nivel
Hasta llegar a La Chacarita
Y poder reconciliarme con ese joven
Atontado o desorientado
Que quiere huir hacia Misiones a perder la cordura
Con el cucumelo.
Lo abracé y caminamos juntos
A pocos metros Fabián Casas observaba la escena
Y escribía un poema
No tan distinto a éste.”
   
    Hoy ese pasado es literatura. No sé si las palabras que escribo puedan llegar a trasmitir lo que en realidad quiero trasmitir. Todas las drogas son duras sean legales o ilegales. Todos los resentimientos envenenan la sangre, sean justificados o injustificados. Toda la violencia contra el cuerpo se paga. No sé si al escribir sobre la humillación que conlleva comer de la basura se entienda lo que quiero trasmitir. O la desesperación  de rascarse la piel lacerada por la sarna. O como arruinó mi sistema nervioso los 25 gramos diarios de marihuana y las 20 botellas de alcohol, la mandíbula acalambrada de tanto tomar cocaína, de mis pulmones desgarrados por la pasta base, de cómo se va fragmentando la realidad, producto de los psicofármacos, al creer que se está encerrado en un laberinto en el cual los murciélagos picoteaban mi cabeza, de esas primeras sensaciones placenteras y maravillosas en donde todo es posible (incluso cambiar al mundo) pero avanzada la película hay que ayudar a un amigo a hacerse el torniquete en el brazo porque la desesperación no le deja encontrar la vena. De llorar desconsoladamente después de que se acaba la última dosis. De tener que visitar a un amigo al cementerio. No sé. Sin embargo voy comprendiendo que la literatura puede ser ese destino que he estado buscando toda mi vida, ese momento que es para siempre. Todo esto forma parte de la gran educación. Las internaciones por sobredosis, la comunidad terapéutica de Punta Alta, haber visto a mi tío en su cama muerto cuando se quitó la vida, el presidio, volver a casa con mis padres, empezar a construir mi casa, la recuperación, acompañarla a mi madre en su enfermedad hasta su último día, cuidar de mi padre, que me diga después del funeral: “Quedate tranquilo Gastón, tu mamá se fue bien con vos”.
    La vida, o quizás el eterno retorno, me dejó viviendo con la persona que más odié en mi vida: mi padrastro al que adopté con mi verdadero padre. Ahora siento lo que es tener que cuidar a alguien y de ocuparme de que no le falte nada. A pesar de todo tengo que agradecerle a él y a mi madre por la vida que tengo. Porque a pesar de todo yo ya estoy acá y no puedo negarlo, ya ocupo un cuerpo, una identidad, un símbolo. No puedo vivir cargando con más resentimientos. Hacerse responsable de la vida de uno es un gran riesgo. Ya no le puedo echar la culpa a mi madre, a la familia, a la sociedad, a dios, a la muerte. Y nombro a la muerte porque me he sentido tan miserable que ni la misma muerte, pareciera, que era digna de ocuparse de mí.
¿Un mundo nuevo es posible? Sí. Gracias al principio de abstinencia puedo habitar de otra manera el capitalismo. Sé que ya no voy a trabajar para el Estado y si lo hiciese lo haría ad honorem. Sé que militar (como verbo o como sustantivo) en política ya no va a ser parte de mí vida. Porque la política hay que metérsela en el cuerpo y yo ya me metí demasiadas cosas en el cuerpo ¿Una política nueva?  Sé que si le debo plata a un amigo y a un usurero, mi deber es con mi amigo: los usureros que esperen. Sé que la plata está tirada en la calle y que si no hay laburo hay que inventarlo, como decía mi finado tío. Sé que escribir es un gesto de superviviencia. Sé que hay que sospechar de las instituciones. Quizás sea pertinente comentar, ahora que la universidad ya cristalizó que el cannabis es salud, que en el 2001, el año en que me sentía invencible, ya mi sangre y mi orina estaba saturada de drogas. Por lo cual no me pareció un problema declarar al psiquiatra de sanidad que era consumidor de drogas, en especial de marihuana. Fue un escándalo. El doctor a cargo, un anciano muy conservador de pelo plateado y gafas pequeñas, me decía que era la primera vez que pasaba que alguien dijera que consumía. Después de una junta médica de 3 días me permitieron el ingreso. Hoy es al revés, todo va a contramano. Hoy, los cobardes y mentirosos que ingresaron antes de esa fecha, están ocupando cómodos cargos y cómodas oficinas y ahora pueden bajar su miseria a la casta aristocrática de la sociedad. Pero que ellos quieran justificar su miseria en su gramática no hace que la marihuana sea menos duras que las otras, aunque se cultive en el patio de la tía Dora. Aunque el Estado la regale en las esquinas o papa pague el prensado de su propio  bolsillo. El resto, la mayoría, va a una sentencia firme. Cárceles, hospitales y la muerte. Es aquí donde veo el verdadero terrorismo de estado. El verdadero plan sistemático para hacer desaparecer personas. Y para mí es real esto. Desde los 21 años veo como mueren mis amigos (hace 2 meses el más reciente). Yo mismo he visto los campos de exterminio en las vías de la 21, Zabaleta, Flores, etc. Los productores de The Walking dead se hubieran ahorrado miles de dólares en extras y locaciones si hubieran venido a estos pagos. Todavía no he visto ningún medio documentar esto. En esta ciudad ya se está haciendo evidente.  Los apellidos de alta alcurnia ya no lo pueden encubrir más. Las plantaciones de autocultivo están haciendo su trabajo. La enfermedad de la adicción es paciente.



Habitar poéticamente

“Escuché a un ruiseñor en el parque;
Quizás fue un ruiseñor,
O un colobrí
O una urraca;
Lo cierto es que corrí
A escribir sobre aquello
En un manuscrito
Para poder ver el pulso
De mi sangre
Y para no olvidarme
De su bello canto.”

     El pulso de mi sangre, donde habitan todos estos símbolos. Solo hace unos años la fiebre bajo su temperatura. Ahora puedo escribir de corrido sin que la ansiedad me traicione y que corresponda con lo que quiero decir. No mencioné que mi madre fue prostituta por muchos años. Me educó, me vistió y me alimento a base de sexo compulsivo. He vivido en cabarets de niño y he conocido a las mujeres, madres, luchadoras. No estoy en posición de juzgar a nadie, ya sea prostituta, adicto, delincuente, indigente, abusador, o cualquier tipo de calaña despreciable. Al fin y al cabo soy un hijo de puta.
    Desde que falleció mi madre no he dejado de escribir un solo día. Pareciera que no solo necesito dotar sentido a las experiencias mías, sino la de los demás. Como si quisiera recuperar esas voces, hacerles justicia, reconciliarme, traer de vuelta, escribirles cartas a todos aquellos a los que también se les privó la voz por la adicción, el dolor, la enfermedad y la rutina.
    La poesía me ha ayudado para sanar esas profundas heridas emocionales. En el poemario de Marina Yuszczuk titulado Madre soltera encontré un indicio:

“Quedar embarazada por error es una forma de quedar embarazada ¿Y qué es un error? Una cosa que no estaba en los planes, eso quiere decir que nadie se lo había imaginado. Algo que se lamenta una vez que sucede, o un deseo tan profundo que no se sabía, y el cuerpo se adelanta y lo realiza.”

   Un deseo profundo. Me quedo con eso, con que soy un deseo profundo de mi madre, a pesar de todo lo que contaminó ese deseo.
    Hay un poema que empecé a escribir en la sala de espera del cardiólogo, la última vez que lo acompañé a mi padre. Habla de los años que viví en la plazoleta de la embajada de Francia. Habla de mi exilio en la calle, de una Argentina surrealista, ácida, cínica. Recorre el golpe del 55, la masacre de José León Suarez, el ahorcamiento de Larraburre, el fusilamiento de Aramburu, los vuelos de la muerte, la embajada de Israel, el 2001 y muchas cosas más. Trato de no interferir en el proceso de escritura. De vez en cuando me acerco al final y, por ahora, parece irrevocable. Dice más o menos así: y de la única revolución/ de la que me siento parte/ es la de cuidar a mi padre/ y honrar la memoria de mi madre.

“El brasero consume
Lentamente la ramitas
Para calentar la pava;
Un brasero hecho con una lata
De tomates, agujereado en
Los costados y una parrilla
Hecha de alambres en
La parte de arriba.
El Chaqueño de poco va poniéndole
Ramas al brasero,
La yerba ya está húmeda,
El porro está armado
Y circulando,
Al lado de la pava se calientan
Los patys de Mac Donalds
Rescatados en la madrugada
Del Patio Bullrich. Un digno desayuno
De cirujas en los terrenos
Más caros de la Argentina.

Los ribustrines, el calor
Del brasero hacen cálida
La vida en la calle,
Las hamburguesas sin sabor
Y el prensado paraguayo
Dejan de lado cualquier
Preocupación.

Una señora pasea a su perro
El perro se acerca a la ronda
Atraído por el sabor de la
Carne calentándose.
Su mirada y el mover de
Su cola son recompensados
Con una hamburguesa;
Se queda esperando por otra
Y la señora dice que está bien,
Que no le demos más. El perro
Ladra agradeciendo la onda y
Se aleja con su dueña.
El perro sabe que en la calle
Todo se comparte.



Lunes 27 de noviembre del 2017         3:21










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