martes, 7 de marzo de 2017

Borges y las musas de Homero

    Se mira al espejo y trata de recuperar los detalles de sus propias facciones. Nota como el parpado derecho ha caído levemente. Finge seriedad y moral republicana frente al espejo y a sí mismo; pero no le sale. Se siente culpable, mentiroso y traidor a la confianza de su íntimo amigo; a pesar que en ocasiones, como esta, no le cae bien. Cree que Bioy está aprovechando su creciente fama para impulsar su carrera literaria a costa de él. No le cuesta mucho trabajo llegar a la conclusión de que es un escritor mediocre. Eduardo Mallea y hasta Ezequiel Martínez Estrada lo superan sin ninguna dificultad. Todavía no se puede explicar cuáles son los fundamentos de la amistad que los tiene reunidos esta noche, una noche especial para escribir, y no para estar en esta lúgubre quinta. Llega a pensar que no son amigos. Quizás su amigo en realidad pueda llegar a ser un simulacro. Una de las tantas ideas que lo atormentan y, en algún que otro relato, va plasmando esa ansiedad creciente por realidades dentro de realidades, o fantasías dentro de fantasías. Se siente  estresado. La primera dosis que inhaló no le ha hecho ningún efecto, solo hacerle caer el parpado derecho. Toma desde el fondo de su bolsillo un pastillero de plata con la leyenda latina “Nosce Te Ipsum” en la tapa. Debajo de la cubierta se aloja el finísimo y potente alcaloide que mitiga su estrés y ansiedad, pero a la vez le va privando de la visión crónicamente. Una pequeña cuchara, también de plata, se encarga de recoger el polvo del recipiente y no dejar derramar nada hasta que llegue al orificio nasal y queme sutilmente el tabique, dejando preparadas las gotas que irán cayendo por la garganta cuando se les sea requerida por el distinguido escritor. La inhalación violenta lo deja estático frente al espejo. Mira al recipiente y la cuchara y recuerda  de manera automática el momento en que un orfebre cocainómano y admirador se lo regaló en un baño de Ginebra al reconocer al escritor y al adicto. Guarda los elementos en el bolsillo cuando una revelación se le hace presente a su espíritu. Se da cuenta que Bioy, siempre, le cuenta sus ideas para que él en su opinión le resuelva sus relatos, como ahora con la idea de la novela en primera persona. Se ha dado cuenta de la manipulación a la que lo tiene sometido su amigo. Pero como en toda relación enfermiza, él, siempre termina cediendo e, incluso, mejorando sus mediocres ideas.
    Nota la evidencia  de su culpa en uno de sus orificios nasales. A pesar de todo siente que le debe algo de respeto a su amigo, ya que Bioy no aprueba su hábito. Abre el grifo de bronce y deja caer algunas gotas. Toma algunas, las que puede, con sus dedos y las lleva hasta su nariz. Limpia solo la parte visible. No quiere que decante todo el residuo del polvo inca ahora. Al querer cerrar el grifo de bronce, éste, se le escapa de la mano y golpea con el lavamanos de losa. No es la primera vez que ocurre y no es la primera vez que piensa por qué Bioy no manda a arreglar la grifería. El ruido del golpe viene acompañado de una epifanía delicada, misteriosa y dulce. Siente en ese momento de éxtasis narcótico que puede tener acceso al mundo de un relato fantástico descomunal. Lo siente en su pecho, lo siente al mirarse al espejo, lo siente en esas zonas de su campo visual que van deteriorándose pero a la vez le brindan la simbología abstracta a la que solamente él tiene acceso y puede traducir en estupendos relatos. Recoge el grifo y lo eleva, no mucho, y lo deja caer sobre la losa. Quiere recuperar la fonética del golpe. A pesar de estar perdiendo la visión gradualmente sus oídos cada vez están más sensibles. Se agacha un poco para no perder ningún detalle sonoro. "Tlón". Una vez más. "Tlón". La angustia le cruza el pecho al mirarse al espejo. Se ha nublado significativamente su visión. Pareciera que cuando más quisiera penetrar en el abismo del espejo más perdiera la visión. La angustia que siente le da evidencias suficientes de la atrocidad que encierran los espejos. Entonces se pone firme apoyándose en su bastón de laca. Quiere enunciar la primera oración para que la arquitectura del relato comience a fluir; pero tiene la garganta totalmente anestesiada y esa primera oración ha quedado detenida en su pecho. Finalmente enuncia la oración balbuceada y recitada con tono poético: “Debo a la conjunción de un espejo...".
  Al salir al pasillo, al fondo de éste, otro espejo acecha con sospecha trémula la existencia morosa del escritor. Siente que dos gotas del clorhidrato bajan por la laringe estremeciendo su sistema nervioso. Pasando cerca del espejo siente como el relato va susurrándole oraciones: "El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía...". Se acerca murmurando a la sala donde se encuentra Bioy, sin que éste note su presencia.
   Bioy se encuentra arrobado en su sillón Luis XV con un cigarrillo de marihuana del tamaño de un puro cubano. La sala se encuentra totalmente inundada por el humo del cannabis. Tiene los ojos cristalizados y la mirada perdida en algún punto de la habitación. Jorge se acomoda sin que su amigo se percate de su presencia. Lo observa como sostiene el cigarrillo. Piensa que está sosteniendo un pincel y no se anima a dar el primer trazo, mientras el humo se lleva a otra categoría ontológica esas ideas que flotan en la habitación. Solo por un instante, Jorge, piensa que su amigo en un monje zen.
   Los dos escritores se encuentran en la misma habitación. Ninguno de los dos habla. Bioy no advierte la presencia de su amigo, y Jorge no quiere molestarlo. La iluminación tenue de la sala predispone para disfrutar de la comodidad lánguida del silencio. Jorge toma la botella de whisky y se sirve una medida doble de Jhonny Walker. Esta maniobra lo saca a Bioy de su letargo y mira con distancia, como si no reconociera donde se encuentra, hasta que se adapta a la realidad de la sala. Luego del segundo trago siente como va recuperando la comodidad en su propio cuerpo. Jorge quiere comunicarle a su amigo la revelación que ha tenido frente al espejo. El argumento que fluye dentro de él, incluso otras ideas que formarían parte de su próximo volumen. Pero comete una equivocación. Al iniciar la conversación lo llama "Adolfo". Bioy se da cuenta que ha consumido esa mierda en el baño. Lo mira con repugnancia. Lo echaría ahora mismo, pero Bioy lo necesita para que pueda resolverle el problema que tiene con su novela en primera persona. Jorge trata de trasmitirle todo lo que experimentado en el baño: el espejo, la atrocidad, la revelación, la onomatopeya, tlón. Bioy lo regaña como si fuera una criatura. Le vuelve a advertir que si sigue consumiendo esa porquería se va a quedar ciego más rápido. Jorge asiente como si fuera una criatura.
   El efecto del alcohol envalentona a Borges. En realidad no le importa mucho la opinión de su amigo ahora. Lo que le importa es poder darle forma a las ideas que lo están poblando en su interior. Comienza con el espejo y la atrocidad que encierran. Sigue con el sonido del grifo en el lavamanos. ¿Vos qué pensás Adolfo?, Borges busca algún retorno en su amigo. Busca en él esas referencias históricas o alguna anécdota que pueda servirle para escribir su relato. Bioy Casares le dice que lo deje de hinchar las pelotas, que esta noche quiere disfrutar, que está lleno de problemas y no quiere pensar en literatura o futuros relatos. Por el rabillo del ojo ve la  decepción de su amigo y se arrepiente de ser tan duro con él. Se serena y comienza  a buscar dentro de su vasto registro de información intelectual algo que pueda servirle a Jorge. Entre la difusa luz, el humo denso y dulce y sus neuronas empastadas por la dopamina; Bioy encuentra el recuerdo de una enciclopedia y el nombre de un país: Uqbar. Sin darle muchas vueltas al asunto enuncia que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado  a los espejos y la cópula abominables porque multiplican el número de los hombres. Borges le pregunta Bioy  el origen de esa sentencia, pero Bioy ha caído nuevamente en su distinguido mal humor y se retrae lentamente en el sopor de la marihuana dejando a su amigo a la deriva con su entusiasmo literario.
   Borges se sirve otra copa. Con una mano sostiene el trago y con la otra su bastón de laca. Las últimas gotas de cocaína han desaparecido. Inspira para corroborarlo. Mientras tanto las musas de Homero comienzan a poblar la habitación. Puede ver como se proyecta su relato. El título: Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius puebla de palabras su imaginación. Se podría decir que las musas destellan Ficciones en la categoría ontológica donde se encuentran Jorge y Adolfo. Se podría decir que el relato está instalado en la realidad. Solamente queda sentarse a escribir en la soledad de la biblioteca familiar.
  Sin salir de su arrobamiento, Bioy, contempla junto a Jorge la danza de las musas que los llevan por jardines que se bifurcan, un rostro con facciones indígenas que recuerda absolutamente todo, Babilonia, Alemania, junto a ruinas de ceniza y un mago color ceniza; brújulas y espadas se confunden en el cielorraso. Bioy le pasa el cigarrillo de marihuana  a Borges. Borges aspira el humo y lo contiene en sus pulmones. Repite la operación tres veces. La última y decisiva lo lleva a casi poder tocar a las musas con sus propias manos. Bioy está tan extrañado que un hilo de saliva le recorre la mejilla derecha. La visión de Borges ha quedado totalmente secuestrada por las ficciones de las musas. Tiene los ojos ciegos; cristalizados, aún no ha expirado el humo de la última calada. Al hacerlo, el humo baña a las voluptuosas figuras de las musas y éstas sonríen a los dos escritores y se disuelven por una de las esquinas superiores de la habitación. Borges está fascinado. Quiere articular palabra pero no puede. Balbucea. La mandíbula anestesiada se resiste a decir la palabra. Finalmente lo logra y la enuncia hacia el lugar donde se encontraban las musas. Formidable, dice Borges totalmente ciego.





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