domingo, 8 de enero de 2017

Antropólogo

"Decís que cuando él te golpea no te importa,

porque cuando él te hiere, te sentís viva,
¿es eso?."

Stay, U2





    El antro parece una canción de Franz Ferdinand  en versión death metal. Bien podría ser una versión de Cannibal Corpse; pero Cannibal Corpse con Chris Barnes, no con George Fisher. Me encuentro en el antro con la consciencia totalmente expandida. El responsable de esta expansión a otras dimensiones es el Artane (medicación para el mal de parkinson y llamada en al calle el ácido lisérgico de los pobres). Lineas de pensamiento divergentes brotan desde el vaso de cerveza, atraviesan mi cerebro dañado y aturdido; golpean sobre las otras mesas, el techo, pechean con la música como si fuera una riña de gallos, van hasta el baño y vuelven con una gama de melodías imperceptibles para la consciencia ordinaria. Se detienen sobre el vaso de cerveza, me miran como pidiendo permiso y se sumergen en el vaso, entre la espuma. Vuelve a empezar el ciclo, el vals.

    Pienso en la fusión entre Franz Ferdiand y Cannibal Corpse. Sonrió mientras veo mi cara desencajada en el fondo del vaso. Es una buena fusión. Si en la mañana hubiera escuchado a María Marta Serra Lima estaría ahora en el mismo punto. En este mismo antro, fusionando a la gorda Serra Lima con los Cannibal y sonriendo al reflejo de lo que, en apariencias, debería ser yo.

   El ambiente está denso en el antro. En cualquier momento se pudre. No sé cómo. Sé que va a ocurrir. Otra de las ventajas de esta expansión de consciencia, de la locura, de derribar las puertas de la realidad y la percepción. Una vez saliendo con el gordo Marcos de un Am/Pm que estaba en una esquina, pude visualizar un accidente, no andaba nadie por la calle. Pero al minuto chocan dos autos. Los mismos autos que había visto. Le conté el flash al gordo. Me dijo que yo  provoqué al accidente; es más, me dice que yo mismo materialicé los autos, que estos no existían hasta que los flasheé. Siempre me quedé con la duda. El gordo siempre fue convincente a la hora de defender sus argumentos por más inverosímiles que sean. El gordo vivía de eso. Pero eso es otro tema.

   El tiempo cada vez corre más lento. Todos los objetos aumentan su densidad y peso especifico. Es como esos sueños en los que se quiere correr y las extremidades no responden. La única extremidad que me responde es el brazo derecho para levantar el vaso. El resto ni idea. Ver la realidad de esta manera. saber todos los movimientos que uno va a hacer, lo que va a hacer el resto. Hace años que mi vida trascurre lenta, sabiendo lo que va a pasar. No hay control, es como mirar una película que empieza todos los días y no se sabe cuando va a terminar. La locura es confusa.

   La única certeza es que estoy en el antro. De todos los que están en la mesa solo conozco a uno, el resto nada. Tampoco cómo llegué, con quién y hace cuánto que estoy acá sentado empinando y empinando. Llega otra ronda de cervezas bien cargadas y con mucha espuma."¡A dónde me lleva la vida!", grito levantando el vaso y en honor a la canción de La renga. Mojo mi nariz con espuma de cerveza. Todos levantan sus vasos, mi sonrisa debe estar tan deformada como un cuadro de Dalí. Sigue el jolgorio. Yo vuelvo a mi reflexión anterior. Se está por pudrir todo. Dejo el vaso en la mesa y comienzo a barrer con mis dos ojos achinados que se parecen a dos tajos poco profundos sobre mi cara. Si me vieran desde afuera, yo estaría mirando por un periscopio el avance de las naves enemigas y preparando la estrategia.

   El antro está en un subsuelo. Música peruana al palo. Peruanos drogados y borrachos. Peruanas drogadas y laburando de pungas y yiro. En mi cabeza hay dos capas sonoras. La primera corresponde a la música del local y la otra en al que está corriendo en mi cabeza. En mi mente psicotrópica sigue la mixtura de Cannibal Franz. El nombre perfecto para una banda tributo a dos estilos antagónicos. Mis compañeros de mesa se dan cuenta de la divagación en la que estoy hace rato. Me sorprenden con los ojos achinados mirando a mi alrededor, como queriendo transmitir las brillantes ideas que estoy elaborando. Por un momento creo que hace horas estamos hablando de esta banda tributo y que, la razón por la que estamos reunidos, es el nacimiento del proyecto. Alguien dice algo. Esto lo infiero por que veo como mueve la boca de manera muy lenta y el resto lo escucha atentamente. En efecto, pero por lo visto no hablan del proyecto. Todos vuelven su mirada hacía mí y ríen. Saben que estoy drogado. Se alzan los vasos para brindar. Por qué es el brindis, ni idea. Tengo que recurrir a un poco de energía psíquica extra poder coordinar el choque de los vasos. Sale todo a la perfección. Pero este esfuerzo extra me ha cansado de sobremanera. Suspiro profundamente sintiendo todo el peso de mi cuerpo apoyado en la silla. También siento el peso de la presión atmosférica presionando mi cuerpo. También la fuerza de gravedad atrayéndome hacia el suelo.

  Dejo caer mis dos brazos a mis costados como si estuvieran muertos. Me arqueo sobre la silla y vuelvo a mirar el lugar por donde va a irrumpir la pelea.

   Hay dos peruanos y una peruana en un rincón. Uno de los peruanos le dice algo a la peruana. El peruano se ríe con su compadre. La peruana se siente zarpada y le da un cachetazo. El estruendo de la cachetada tapa a la música y todos se dan vuelta a mirar. El peruano cacheteado agarra a la peruana del cuello y le da una piña tras otra. El otro peruano para parar a su compadre de la ira que no lo deja ver que le está pegando a una mujer; le da una piña al estilo Vulgar Display Of Power  de Pantera. Veo toda la secuencia completa. El peruano cae desparramado tragando sangre. Poesía pura.

   Lo onda expansiva de la piña abarca todo el antro. Una silla vuela y cae sobre los peruanos. Empiezan a volar las botellas y todo se descontrola de manera ricotera. Palos de pool se rompen sobre las espaldas descuidadas. Las botellas cortan caras y antebrazos. Sangre brota de todos lados. Me voy moviendo en cámara lenta. Veo como una botella se dirige a mí. Sé que no me va a tocar. Siento como pasa cerca de mi cabeza y puedo ver la estela de la energía cinética. La botella explota en mil millones de pedazos sobre la cantora y se termina la música. La única música de cámara que se escucha son la de las sillas y mesas astillándose, botellas rotas, gritos de dolor, puteadas.

   La peruana trompeada se incorpora de manera brutal. Tiene la cara hinchada por los golpes, parece un muñeco. Busca con furia en la mirada al peruano cobarde. Ya lo detectó. Se levanta la minifalda, flexiona las rodillas, se corre la tanga y desde el interior de su vulva saca una navaja automática. La imagen es digna del Tomb of the mutilated, uno de los mejores discos de Cannibal Corpse con Chris Barnes. La peruana aprieta el botón de la navaja y sale con furia el acero vengador. La peruana y la navaja son como un perro de pelea ansiosos por cumplir con su propósito: lastimar y matar.

   La escena es digan de La ilíada. La peruana se va abriendo paso en la pelea o quizás la pelea le abre paso para que llegue con su adversario. Llega y 4 o 5 puñaladas son acertadas en el estómago del peruano. Este, en un acto reflejo trata de contener la sangre con sus manos pero es inútil. Homero hubiera eyaculado con esta batalla. La peruana al ver cumplido su propósito se escabulle en la oscuridad con la minifalda levantada y la sangre en la navaja. Nunca más volverá a salir.

   Escapo como puedo por la escalera que da a la salida. En la vereda se escucha el cachengue. Está amaneciendo. Salgo caminando con la sangre alterada. Toda la adrenalina que drenó mi cerebro se está yendo. En la calle no anda nadie. Parece que va a a ser un día agradable. Antes de llegar a la esquina visualizo un choque. Me distraigo con un gato negro  que cruzó frente a mí. Me agarro el testículo izquierdo. Cuando vuelvo mi atención sobre la esquina chocan dos autos. Inmediatamente pienso en el gordo Marco. ¿No habré provocado yo la pelea en el antro?



 





   La fascinación del poeta por Lautréamont, llevó a este a alquilar por un tiempo el departamento de la calle Faubourg-Montmartre  de la ciudad parisina donde murió prematuramente Ducasse. Repitiendo el rito que hizo famoso al conde entre su vecinos, el de tocar el piano a cualquier hora de la madrugada cuando terminaba un canto; nuestro Poeta no tocaba el piano, tocaba con una guitarra antigua con perillas de interruptor eléctrica domiciliaria ,El ojo blindado de Sumo. 

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