jueves, 3 de enero de 2019

La ley de la ferocidad (Parte 1)

    " Miro el cajón y la sangre sube quemándome la cara, dejándome los brazos vacíos, caídos. Yo estoy tan muerto de miedo como mi padre de vida. No quería tomar, padre, lo último que hubiera querido es tomar, es dejar que ese cielo del odio vuelva a derramar la misma lluvia de odio sobre mí."

La ley de la ferocidad, Pablo Ramos.





     El empleado de la funeraria pide que dejemos la sala, van a cerrar el ataúd. Mi prima lo ayuda a mi padre a bajar por el ascensor. Yo me quedo afuera de la sala mientras escucho como sellan la madera. Es definitivo, ya no hay vuelta atrás. Nunca lo hubo, pero hasta esta momento me resistía. Me quedo parado sin que los empelados adviertan mi presencia. Hasta ahora viene todo bien. Mi padre está resistiendo a todo. Pero todavía me preocupa el entierro, el capítulo final. No hace menos de un mes que tuvo un paro cardíaco. Estuvo 4 día en coma. No se sabía con que secuelas iba a quedar. Y cuando se recupera y vuelve a casa con mamá; a mamá la noquéa su cáncer de colon. Fue un mes de mucho stress para ella. La quimioterapia, el cuidado de las bolsas de colostomía que se le rompían todos los días. El peso de la desgracia y la sensación de finitud a la que nos enfrenta la enfermedad.  
   Ahora debo despedir a mi madre con templanza. No descuidar a mi padre. Ser un puntal para él. Él, desde el momento en que recibió la noticia me deja a mí para que me encargue de todo los arreglos. Todavía se siente muy débil y esto lo ha devastado. Yo también estoy devastado pero sigo igual. Hay amigos y familiares a mi lado acompañándonos.

   El entierro fue rápido. Lloré desconsoladamente, mi padre también. La dejamos en la tierra del cementerio para que finalmente descanse en paz a pesar de su última voluntad. Ella quería que la cremaran, pero como no se había divorciado de su primer marido había que traerlo de Buenos Aires para que firme la conformidad. Esto era un precio que yo no iba a pagar y tuve que decidirlo con mi padre. 
   Luego del entierro estuvimos acompañados por amigos y familiares. Cuando se retiran nos disponemos a dormir una siesta. Creo que dormí y descanse bien por un par de horas. Calculo que mi padre también. La tarde es agradable. Es 16 de noviembre de 2016. Preparo un termo de mate y me siento a la mesa. Mi padre se levanta de la cama y se sienta a la mesa. Por primera vez (pareciera) nos miramos el uno al otro. Noto su mirada abatida, vulnerable:"¿Y ahora que hacemos?", me dice y eso lo dice todo. Estamos solos en una casa devastada. Las paredes y el techo están pero los escombros solo lo vemos nosotros. De esto también me tengo que hacer cargo. No importa. A partir de ahora debo tomar las riendas de la situación para que mi padre no se deprima y la casa no se reduzca a cenizas. Le propongo vender la casa y que se venga a vivir conmigo a Villa Hipódromo. Le muestro casas prefabricadas, planos varios, otras opciones. De vez en cuando me mira como diciendo"ahora dependo de vos". Si.  Y yo de vos, le digo con la mirada. 








    El 11 de octubre termino de leer La ley de la ferocidad. La historia me atrapa desde la primera hoja. La leo en 4 días. Al finalizarla, inmediatamente le escribo a Pablo Ramos para asistir a su talleres. Siento que quiero ser escritor. Tengo 4 cuentos terminados y 2 podrían ser decentes. Le dejo el mensaje por el chat privado de Facebook a la espera de su respuesta. Es martes y ya empiezo a buscar la manera de tomarme vacaciones en el trabajo y ver como asisto, por lo menos, a 4 talleres en el mes. 
    La respuesta de Pablo llega el viernes a eso de las 11.30. Ya está decidido. Pienso sentar a mi madre y a mi padre y decirles de mi proyecto de querer ser escritor. Pero antes tengo que ir a la universidad a cursar Metafísica. Afuera llueve. Hoy voy a dejar la bicicleta para ir en colectivo. A las 12 me llama mi madre diciéndome que está en la guardia del Hospital municipal con Luis, mi padre. Dice que le duele el pecho y hace más de una hora que están esperando. Cuelgo y voy a tomar el colectivo para ir al hospital. Mi proyecto de escritor se disuelve instantáneamente. No sé que pienso o siento. Todo el viaje hasta el centro lo trascurro suspendido. Sin embargo dudo en si seguir hasta la universidad y tomar el síntoma de mi padre como algo pasajero o ir directamente al hospital. Cuando me bajo en Fitz Roy y Brown siento que ya no hay vuelta atrás. Voy a hacia algo que ya he vivido más de una vez. Sigue lloviendo. Tomo un taxi y a eso de las 13 llego a la guardia.
   Mi madre está afuera fumando. Me saluda y me dice que hace una hora y media que están esperando, que le hicieron el triage pero no lo pasaron adentro. A mi padre le duele mucho el pecho. Me acerco y no tiene buena cara, se nota que está sufriendo. La guardia está llena, no abarrotada como otras veces. De la puerta sale gente pero ninguno entra. Solo un pediatra hace pasar a un nene con su madre. Ya han pasado 20 minutos y los nervios me corcomen la carne. Solo espero que abran la puerta y digan:"Semerano". Pero no.
   A mi padre le duele el pecho porque está infartado. Pero para el joven que estudio más de 5 años , ese síntoma, sumado a que tiene 69 años, no es de importancia para que lo atiendan de urgencia. Finalmente colapsa. Se le ha tapado una arteria y tiene un paro cardíaco al lado mío. Cae  de costado al suelo convulsionando. Lo límites del tiempo y el espacio se me hacen difusos. Corro hacia  la señora que está en la recepción. Voy hacia la puerta de la guardia y creo que la abro a la fuerza, quizás pateándola. Mi madre trata de animarlo como puede. Está llorando. Lo arrastro a mi padre hacia adentro. Es muy pesado. Alguien me ayuda a entrarlo y subirlo a una camilla. Pareciera que no hay nadie en el hospital. Lo dejo en la camilla y entro al show room a los gritos pidiendo un médico. Viene uno hacia mí con cara de enojado preguntándome como entré. Le digo que mi padre tiene convulsiones. Apenas lo ve el médico dice algo así como "código rojo"o "Clave roja". Aparecen médicos de todos lados. Ya hay una legión de médicos sobre él. Un guardia de seguridad nos pide que salgamos a la sala de espera. Mamá no deja de llorar. Salimos afuera y mi madre no deja de repetir que hace dos horas que le estaban diciendo en la recepción y en el  triage que le dolía mucho el pecho. La abrazo  y no digo nada; puede que estemos en una situación que no tenga retorno. El guardia de seguridad me pregunta como se llama mi padre y si se había anunciado. Mi madre le repite a él y a la recepcionista que hace dos horas que están esperando. El guardia vuelve a preguntar el apellido de mi padre. Parece una tomada de pelo. Llega una doctora del equipo que lo está asistiendo. Nos dice que tuvo un paro cardíaco. Mi madre vuelve a repetir toda la secuencia desde la mañana. La doctora nos dice que hay que esperar, que lo están reanimando. Nos dice unas palabras de aliento y nos entrega la ropa de mi padre en una bolsa de consorcio verde. Lo único que queda es esperar. ¿Esperar qué?






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